viernes, 17 de marzo de 2017

Principio 34: Los milagros le devuelven a la mente su plenitud.

PRINCIPIO 34

Los milagros le devuelven a la mente su plenitud. Al expiar su sensación de carencia establecen perfecta protección. La fortaleza del espíritu no da cabida a intromisiones.


He de reconocer, que el tema de debate que nos ofrece este Principio, la plenitud y la carencia, es para mí verdaderamente significativo, pues me resuena de una manera especial, despertando sensaciones y emociones que alimenta mi vinculación con el ego, el miedo.

Seréis muchos los que se identifiquéis conmigo y descubráis vuestro caballo de batalla en la ilusoria emoción del miedo a la escasez, procedente de la falsa creencia en la carencia y en la separación.

El Curso, lo llama la ilusión de las necesidades y lo desarrolla en el Capítulo I, en el apartado VI:

“La idea de carencia implica que crees que estarías mejor en un estado que de alguna manera fuese diferente de aquel en el que ahora te encuentras. Antes de la "separación", que es lo que sig­nifica la "caída", no se carecía de nada. No había necesidades de ninguna clase. Las necesidades surgen debido únicamente a que tú te privas a ti mismo. Actúas de acuerdo con el orden particu­lar de necesidades que tú mismo estableces. Esto, a su vez, depende de la percepción que tienes de lo que eres.
La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya te habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que te vas integrando te vuelves uno, y tus necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto”.

Cuando hacemos  algo para remediar lo que percibimos como una insuficiencia, estamos afirmando tácitamente que creemos en la separación.

Cualquier división en la mente conlleva por fuerza el rechazo de una parte de ella misma, y eso es lo que es la creencia en la separación. La plenitud de Dios, que constituye Su paz, no puede ser apreciada salvo por una mente íntegra que reconozca la plenitud de la creación de Dios. Mediante ese reconocimiento, dicha mente conoce a su Creador”. (T.6.II.1:3)

Es curioso, que experimentemos la carencia, la escasez, en el mundo fabricado por el ego, el mundo de la forma, y encontremos la causa de la creencia en la necesidad, precisamente en la división de la mente que da lugar al error de estar separado del Creador. Con esto queremos decir, que mientras pensemos en términos de división, la abundancia que seamos capaces de almacenar será efímera, pues no está sustentada por la fuerza que da cohesión a todo, el amor o lo que es lo mismo, la Unidad.

El secreto de la abundancia (condición natural del Espíritu) se encuentra en la visión de la Unidad, de la Inocencia y de la Impecabilidad.

Dios creó a Sus Hijos extendiendo Su Pensamiento y conser­vando las extensiones de Su Pensamiento en Su Mente. Todos Sus Pensamientos están, por lo tanto, perfectamente unidos den­tro de sí mismos y entre sí. El Espíritu Santo nos capacita para poder percibir esta plenitud ahora. Dios nos creó para que creásemos. No podemos extender Su Reino hasta que no conozcamos la plenitud de éste.

Con relación al párrafo anterior, quisiera hacer referencia a un punto expresado en el Curso que considero relevante de cara a las aportaciones que vamos a hacer sobre el término “plenitud”. Es el siguiente: “Debe observarse con especial atención que Dios tiene solamente un Hijo. Si todas las creaciones de Dios son Hijos Suyos, cada una de ellas tiene que ser parte integral de toda la Filiación. La Filia­ción, en su unicidad, transciende la suma de sus partes. Este hecho, no obstante, queda velado mientras falte una sola de ellas. Por eso es por lo que, en última instancia, el conflicto no se puede resolver hasta que todas las partes de la Filiación hayan retor­nado. Sólo entonces podrá comprenderse lo que, en el verdadero sentido de la palabra, significa la plenitud. Cualquier parte de la Filiación puede creer, en el error o en la incompleción si así lo elige. Sin embargo, si lo hace, estará creyendo en la existencia de algo que no existe. Lo que corrige este error es la Expiación”.

Efectivamente, la plenitud, la abundancia, no es posible mientras que percibamos a nuestros hermanos de filiación separados de nosotros. Comprender este punto, nos permitirá comprender, igualmente, que cuando damos a otro, no perdemos. Dios tiene solamente un Hijo, y aquello que demos a uno de nuestros hermanos, es como si nos lo diésemos a nosotros mismos.

El egoísmo es cosa del ego, pero la plenitud del Ser pertenece al ámbito del espí­ritu porque así es como Dios lo creó.

Nuestra plenitud es ilimitada por­que el estado de ser es infinito. Sin embargo, desconocemos la plenitud de nuestro propio Ser.

Una mente dividida no puede percibir su lle­nura, y necesita que el milagro de su plenitud alboree en ella y la cure. Esto vuelve a despertar la plenitud en dicha mente y al aceptar dicha plenitud se reincorpora al Reino. Cuando apreciamos por completo la llenura de Ser de nuestra mente, el egoísmo se vuelve imposible y la extensión inevitable. El poder de la plenitud es la extensión.

La plenitud es indi­visible, pero no podemos saber de la plenitud que gozamos hasta que no la veamos por todas partes. No podremos entender  lo que es la Plenitud a menos que seamos pleno, y ninguna parte del Hijo puede ser excluida si su deseo es conocer la Plenitud de su Padre.

Lo que el ego da nunca emana de una sensación de abundancia porque él fue engendrado precisa­mente como un sustituto de ésta. Por eso es por lo que el concepto de "obtener" surgió en su sistema de pensamiento. Los apetitos son mecanismos para "obtener" que representan la nece­sidad del ego de ratificarse a sí mismo. Esto es cierto tanto en el caso de los apetitos corporales como en el de las llamadas "necesi­dades más elevadas del ego". El origen de los apetitos corporales no es físico. El ego considera al cuerpo como su hogar, y trata de satisfacerse a sí mismo a través de él. Pero la idea de que eso es posible es una decisión de la mente, que está completamente con­fundida acerca de lo que realmente es posible.

El Curso nos insta a compartir  nuestra abundancia libre­mente y enseñar a nuestros hermanos a conocer  la suya.  A no compartir sus ilusiones de escasez, pues, de lo contrario, nos percibiremos a nosotros mismo como alguien necesitado.

El Espíritu Santo sabe que lo "tenemos" todo y que lo "somos" todo. Cualquier distinción al respecto es significativa solamente cuando la idea de "obtener", que implica carencia, ha sido previa­mente aceptada.

Nuestro Hermano Mayor, Jesús, nos indica a través del Curso: “Aquellos que dan testimonio de mí están expresando, por medio de los mila­gros que obran, que han dejado de creer en la carencia en favor de la abundancia que han aprendido les pertenece”.

La plenitud cura porque es algo propio de la mente. La curación es señal de que quieres reinstaurar la plenitud. Y el hecho de que estés dispuesto ello elo que te permite oír la Voz del Espíritu Santo, Cuyo mensaje es la plenitud.

Todas las capacidades deben entregársele, al Espí­ritu Santo, Quien sabe cómo usarlas debidamente. Las usa exclu­sivamente para curar porque únicamente te conoce en tu plenitud. Al curar aprendes lo que es la plenitud, y al aprender lo que es la plenitud, aprendes a recordar a Dios. Te has olvidado de Él, pero el Espíritu Santo entiende que tu olvido tiene que ser transfor­mado en una forma de recordar.

La Expiación no es el precio de tu plenitud; es, no obstante, el precio de ser consciente de tu plenitud.

miércoles, 15 de marzo de 2017

¿Qué harías si fuese hoy el último día de tu vida?


No es que  me guste el deporte de riesgo, ni llevar las cosas a una situación extrema, pero la vida me enseña, que en tales situaciones, me refiero a situaciones que consideramos “dramáticas”, todos nuestros recursos internos parecen despertar y cuando esto ocurre, nuestra conciencia se enriquece con valores que permanecían en nuestro interior, en espera de ser “llamados a la acción”.
En unos momentos de reflexión, me he preguntado,  ¿cómo actuaría si me quedase tan sólo un día de vida?… ¿qué cosas haría?

Tendría 24 horas, 1440 minutos, 86.400 segundos,  para realizar aquello  que yo considere lo más importante de mi vida. Es cierto que no tendría mucho tiempo para realizar largos viajes, y emular las peripecias que protagonizaron Jack Nicholson y Morgan Freeman en la película “Ahora o nunca”.
Tan sólo un día…

Se me viene a la cabeza que podría emplearlo en pagar las deudas pendientes, las materiales y las espirituales… Las materiales tendré que dejarlas para otra ocasión, quizás para otra vida…, pues si tuviese el dinero suficiente para pagarlas en tan corto plazo de tiempo, hace tiempo que hubiesen dejado de ser deudas, pues no soy persona que le guste deber dinero a nadie…

Sin embargo, las espirituales, esas deudas son otra cosa… Tendría que pedir perdón a todas aquellas personas a las que he ofendido, a las que he hecho daño con mis acciones y omisiones… Tendré que citarme con todos mis enemigos…, entre los que se encuentran también, mis falsos amigos… Si soy capaz de no olvidarme de ninguno de ellos, si soy capaz de reunirlos a todos, les pediré de corazón que me perdonen… Ahora comprendo que la vida, puede resultar muy corta para dejar las cosas pendientes… y no merece la pena “irnos a dormir” cuando el rencor y el odio se apodera de nuestro corazón desvelando nuestros sueños.
Podría resultar interesante esa idea, sin duda mi alma quedaría liberada del peso de la culpa que se origina tras saberse un deudor… Sin embargo, no siento quietud, ese estado de plenitud que aflora en nuestra mente y en nuestro corazón, cuando tenemos la plena certeza de que estamos haciendo las cosas bien. Me falta algo…, y creo saber qué es.

Me gustaría ser agradecido… Recuerdo el refrán: “Es de bien nacido ser agradecido”. Sí, quiero dar gracias a todos los seres que he conocido… A mis amigos y a mis enemigos… A mis seres queridos,  a los que me siento unido por lazos de sangre y a los que me unen lazos del corazón… A todos, quiero dar gracias a Todos, también a aquellos con los que no he tenido el gusto de conocer personalmente, pero que sus palabras, sus gestos, sus experiencias, han aportado contenido a mi vida…  A todos quiero dar gracias por lo que me han dado…
Podría poner fin a mi búsqueda… sentir gratitud por todo cuanto me ha sido dado, parece haber colmado mis necesidades. Habría sabido vivir esa hora, esos minutos, esos segundos, con total plenitud… Sin embargo, algo ha ocurrido en mi vida en el día de hoy, que me ha hecho ver una nueva perspectiva…

Me gustaría ser agradecido… Sí, mi propuesta sigue siendo la misma, pero la orientación de mi gratitud será diferente… Quiero dar gracias a Todos, sí a mis amigos y enemigos, a mis seres queridos y también a los que no he tenido el placer de conocer personalmente. A todos quiero dar gracias, pero no por lo que me han dado, sino por haberme ofrecido la oportunidad de dar…
Quiero agradecerte a tí…, que me des la oportunidad de compartir estas líneas contigo…

La hora, los minutos, los segundo, se han agotado y el día toca a su fin…, no importa, pues se que vendrán otros días y que podré gozar de la oportunidad de vivir cada hora, cada minuto, cada segundo, como si fuesen mi último día: GRACIAS.

martes, 14 de marzo de 2017

Principio 33: Los milagros te honran porque eres digno de ser amado.

 PRINCIPIO 33 

Los milagros te honran porque eres digno de ser amado. Desvanecen las ilusiones que albergas acerca de ti mismo y perciben la luz en ti. De esta forma, al liberarte de tus pesadillas, expían tus errores. Al liberar a tu mente de la prisión de tus ilusiones te restauran la cordura.


Este Principio nos ofrece la oportunidad de abordar un tema esencial como es el de las “ilusiones”.

De las definiciones que nos aporta el diccionario de la Real Academia Española sobre el término “ilusión”, me quedo con la siguiente: “Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”.

Tanto el Texto del Curso de Milagros, como el Libro de Ejercicios prestan una especial atención al tema de la “realidad” y de la “ilusión”, de hecho, ambos, dan comienzo refiriéndose a dichos conceptos:

Texto UCDM – Introducción:

2. Este curso puede, por lo tanto, resumirse muy simplemente de la siguiente manera:
           
2Nada real puede ser amenazado.
3Nada irreal existe.
4En esto radica la paz de Dios

Libro de Ejercicios:

Lección 1
Nada de lo que veo en esta habitación [en esta calle, desde esta ventana, en este lugar] significa nada.

La definición dada por la RAE, nos aclara que la ilusión es una representación “sin verdadera realidad”, o lo que es lo mismo, irreal. Podemos determinar, que tan solo lo real es verdad y que lo irreal es ilusión. Si consultamos el término “verdad” en el diccionario de la RAE, entre sus significados, nos gustaría resaltar el siguiente: “Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna”.

Diremos pues que una cosa es real, es verdad, cuando no cambia.

Entonces, la pregunta, qué debemos hacernos es: el mundo, ¿es real o una ilusión?

Veamos qué nos aporta el Libro de Ejercicios sobre esta cuestión.

¿Qué es el mundo?


1. El mundo es una percepción falsa. 2Nació de un error, y no ha abandonado su fuente. 3Persistirá mientras se siga abrigando el pensamiento que le dio vida. 4Cuando el pensamiento de separa­ción haya sido sustituido por uno de verdadero perdón, el mundo se verá de una manera completamente distinta; de una manera, que conduce a la verdad en la que el mundo no puede sino desaparecer junto con todos sus errores. 5Ahora su fuente ha desaparecido, al igual que sus efectos.
2. El mundo se fabricó como un acto de agresión contra Dios. 2Es el símbolo del miedo. 3Mas ¿qué es el miedo sino la ausencia de amor? 4El mundo, por lo tanto, se fabricó con la intención de que fuese un lugar en el que Dios no pudiese entrar y en el que Su Hijo pudiese estar separado de Él. 5Esa fue la cuna de la percep­ción, pues el conocimiento no podría haber sido la causa de pen­samientos tan descabellados. 6Mas los ojos engañan, y los oídos oyen falsedades. 7Ahora es muy posible cometer errores porque se ha perdido la certeza.
3. Y para sustituirla nacieron los mecanismos de la ilusión, 2que ahora van en pos de lo que se les ha encomendado buscar. 3Su finalidad es servir el propósito para el que se fabricó el mundo, de modo que diese testimonio de él y lo hiciera real. 4Dichos meca­nismos ven en sus ilusiones una sólida base donde existe la ver­dad y donde se mantiene aparte de las mentiras. 5No obstante, no informan más que de ilusiones, las cuales se mantienen separadas de la verdad.
4. Del mismo modo en que el propósito de la vista fue alejarte de la verdad, puede asimismo tener otro propósito. 2Todo sonido se convierte en la llamada de Dios, y Aquel a quien Dios designó como el Salvador del mundo puede conferirle a toda percepción un nuevo propósito. 3Sigue Su Luz, y verás el mundo tal como Él lo ve. 4Oye sólo Su Voz en todo lo que te habla. 5Y deja que Él te conceda la paz y la certeza que tú desechaste, pero que el Cielo salvaguardó para ti en Él.
5. No nos quedemos tranquilos hasta que el mundo se haya unido a nuestra nueva percepción. 2No nos demos por satisfechos hasta que el perdón sea total. 3Y no intentemos cambiar nuestra función. 4Tenemos que salvar al mundo. 5Pues nosotros que lo fabricamos tenemos que contemplarlo a través de los ojos de Cristo, de modo que aquello que se concibió para que muriese pueda ser restituido a la vida eterna.

La mente que ve ilusiones piensa que éstas son reales. Existen en cuanto que son pensamientos. Sin embargo, no son reales porque la mente que piensa estos pensamientos se encuentra separada de Dios.

El perdón es lo único que representa la verdad en medio de las ilusiones del mundo. El perdón ve su insustancialidad, y mira más allá de las miles de formas en que pueden presentarse. Ve las mentiras, pero no se deja engañar por ellas. No hace caso de los alaridos auto-acusadores de los pecadores enloquecidos por la culpabilidad. Los mira con ojos serenos, y simplemente les dice: "Hermano mío, lo que crees no es verdad".

Las ilusiones forjan más ilusiones. Excepto una: Pues el perdón es la ilusión que constituye la res­puesta a todas las demás ilusiones.
El perdón desvanece todos los demás sueños, y aunque en sí es un sueño, no da lugar a más sueños. Todas las ilusiones, salvo ésta, no pueden sino multiplicarse de mil en mil. Pero con ésta, a todas las demás les llega su fin.

La verdad está exenta de ilusiones y, por lo tanto, mora dentro  del Reino. Todo lo que está fuera del Reino es ilusorio.


Las ilusiones son inversiones. Perdurarán mientras les sigamos atribuyendo valor. Todos los valores son relativos, mas todos son poderosos porque son juicios mentales. La única manera de desvanecer las ilusiones es retirando de ellas todo el valor que les hemos otorgado. Al hacer eso dejan de tener vida para nosotros porque las hemos expulsado de nuestra mente. Mientras sigamos incluyéndolas en nuestra mente estaremos infundiéndoles vida.

La única manera de liberarse de las ilusiones es dejando de creer en ellas. Las ilusiones no son sino creencias en algo que no existe. Y el aparente conflicto entre la verdad y la ilusión solo puede ser resuelto separándonos de la ilusión y no de la verdad.

Nadie puede escapar de las ilusiones a menos que las examine, pues no examinarlas es la manera de protegerlas. No hay necesi­dad de sentirse amedrentado por ellas, pues no son peligrosas. Estamos listos para examinar más detenidamente el sistema de pensamiento del ego porque juntos disponemos de la lámpara que lo desvanecerá, y, puesto que te has dado cuenta de que no lo deseas, debes estar listo para ello. Mantengámonos muy calma­dos al hacer esto, pues lo único que estamos haciendo es bus­cando honestamente la verdad. La "dinámica" del ego será nuestra lección por algún tiempo, pues debemos primero exami­narla para poder así ver más allá de ella, ya que le has otorgado realidad. Juntos desvaneceremos calmadamente este error, y después miraremos más allá de él hacia la verdad”. (T.11.V.1:6)

Podemos decir, que el primer paso en el proceso de deshacer lo ilusorio es cuestionarlo. En este sentido, el milagro -la res­puesta correcta- lo corrige.

Mientras que la negación del Ser da lugar a ilusiones, la corrección del error nos libera de ellas. El propósito de la Expiación es desvanecer las ilusiones, no considerarlas reales y luego per­donarlas.

El milagro sitúa a la realidad en el lugar que le corresponde. A la realidad le corresponde estar, únicamente en el espíritu, y el mila­gro reconoce únicamente la verdad. De este modo desvanece las ilusiones que albergamos con respecto a nosotros mismo, y nos pone en comunión con nosotros mismo y con Dios. El milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. Así se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que son simplemente una falta de amor. Nuestra mente puede estar poseí­da por ilusiones, pero nuestro espíritu es eternamente libre.

El amor no es una ilusión. Es un hecho. Si ha habido desilu­sión es porque realmente nunca hubo amor, sino odio, pues el odio es una ilusión y lo que puede cambiar nunca pudo ser amor.

El núcleo de la ilusión de la separación reside simplemente en la fantasía de que es posible destruir el significado del amor. Y a menos que se restaure en nosotros el significado del amor, no podremos conocernos a nosotros mismo. La separa­ción no es más que la decisión de no conocernos. Todo este sistema de pensamiento es una experiencia de aprendizaje cuidadosamente urdida, diseñada para apartarnos de la verdad y conducirnos a las fantasías.

¿Cómo llevar las fantasías ante la verdad?

Para dar respuesta a esta interesante cuestión, nos remitiremos al Capítulo 17 del Curso, dedicado al Perdón y la Relación Santa:

La traición que el Hijo de Dios cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus "pecados" no son sino el producto de su propia imaginación. Su realidad es eternamente inmacu­lada. El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que tiene lugar en sueños no tiene lugar real­mente. Es imposible convencer al que sueña de que esto es así, pues los sueños son lo que son debido a la ilusión de que son rea­les. Sólo al despertar se libera uno completamente de ellos, pues sólo entonces resulta perfectamente evidente el hecho de que no afectaron en modo alguno la realidad y de que no la han cam­biado. Las fantasías cambian la realidad. Ese es su propósito. En realidad no lo pueden hacer, pero sí pueden hacerlo en la mente que quiere que la realidad sea diferente.
Tu deseo de cambiar la realidad es, por lo tanto, lo único que es temible, pues al desear que la realidad cambie crees que tu deseo se ha cumplido. En cierto sentido, esta extraña perspectiva da testimonio de tu poder. Mas cuando lo distorsionas y lo utili­zas en favor del "mal", haces también que sea algo irreal para ti. No puedes serle fiel a dos amos que te piden cosas contradicto­rias. Lo que usas en beneficio de las fantasías, se lo niegas a la verdad. Mas lo que le entregas a la verdad para que ésta lo use en tu beneficio, se encuentra a salvo de las fantasías”.

La verdad no tiene significado dentro de lo ilusorio. El marco de referencia para entender su significado tiene que ser ella misma. Cuando tratamos de llevar la verdad ante las ilusiones, estamos tratando de hacer que las ilusiones sean reales y de conser­varlas justificando nuestra creencia en ellas. Llevar las fantasías ante la verdad, no obstante, es permitir que la verdad nos muestre que las ilusiones son irreales, lo cual nos permite entonces liberarnos de ellas.

No hay conexión alguna entre la verdad y las ilusiones. Esto será así eternamente, por mucho que intentemos que haya conexión entre ellas. Pero las ilusiones están siempre conectadas entre sí, tal como lo está la verdad. Tanto las ilusiones como la verdad gozan de cohesión interna y constituyen un sistema de pensa­miento completo en sí mismo, aunque totalmente desconectado del otro. Percibir esto es reconocer dónde se encuentra la separa­ción, y dónde debe subsanarse. El resultado de una idea no está nunca separado de su fuente. La idea de la separación dio lugar al cuerpo y permanece conectada a él, haciendo que éste enferme debido a la identificación de la mente con él. Creemos que estamos protegiendo al cuerpo, al ocultar esta conexión, ya que ocultarla parece mantener nuestra identificación a salvo del "ataque" de la ver­dad.

La ilusión es un pensamiento erróneo, una decisión errónea y en este sentido me gustaría referir lo que el Curso nos enseña sobre este particular al expresar lo siguiente:

El deseo de ser especial es el gran dictador de las decisiones erróneas. He aquí la gran ilusión de lo que tú eres y de lo que tu hermano es. Y he aquí también lo que hace que se ame al cuerpo y se le considere algo que vale la pena conservar. Ser especial es una postura que requiere defensa. Las ilusiones la pueden atacar y es indudable que lo hacen. Pues aquello en lo que tu hermano se tiene que convertir para que tú puedas seguir siendo especial es una ilusión”. (T.24.I.5:6)

Hemos dicho anteriormente, que el Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. Las ilusiones son sueños precisamente porque no son verdad. El hecho de que la verdad esté ausente de todas ellas por igual es la base del milagro, lo cual quiere decir que hemos entendido que los sueños, sueños son, y que escaparnos de ellos depende, no del sueño en sí, sino de que despertemos.

El milagro establece que estamos teniendo un sueño y que su con­tenido no es real. Éste es un paso crucial a la hora de lidiar con ilusiones. Nadie tiene miedo de ellas cuando nos damos cuenta de que fuimos quien las inventamos.

¿Cómo se superan las ilusiones?

Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad. Las ilusiones se opo­nen a lo que no puede sino ser verdad. La oposición procede de ellas, no de la realidad. La realidad no se opone a nada. Lo que simplemente "es" no necesita defensa ni ofrece ninguna. Sólo las ilusiones necesitan defensa debido a su debilidad. Mas ¿cómo podría ser difícil recorrer el camino de la verdad cuando la debi­lidad es el único obstáculo? Tú eres el fuerte en este aparente conflicto y no necesitas ninguna defensa. Tampoco deseas nada que necesite defensa, pues cualquier cosa que necesite defensa te debilitará”.  (T.22.V.1:12)

Nunca te olvides de que cuando sientes surgir la necesidad de defenderte de algo es que te has identificado a ti mismo con una ilusión. Consecuentemente, crees ser débil porque estás solo. Ése es el costo de todas las ilusiones. No hay ninguna que no esté basada en la creencia de que estás separado; ninguna que no pa­rezca interponerse, densa, sólida e inamovible, entre tu hermano y tú; ni ninguna que la verdad no pueda pasar por alto felizmente y con tal facilidad, que tienes que quedar convencido de que no es nada, a pesar de lo que pensabas que era. Si perdonas a tu hermano, esto es lo que inevitablemente sucederá. Pues es tu renuen­cia a pasar por alto aquello que parece interponerse entre vosotros lo que hace que parezca impenetrable y lo que defiende la ilusión de su inamovilidad”. (T.22.V.6:8)

Para poner fin a este artículo quisiera compartir unos párrafos extraídos del Capítulo 16 del Texto del Curso y de la Lección 272 del Libro de Ejercicios, respectivamente. Prometo que os gustarán:

Perdónanos nuestras ilusiones, Padre, y ayúdanos a aceptar nuestra verdadera relación Contigo, en la que no hay ilusiones y en la que jamás puede infiltrarse ninguna. Nuestra santidad es la Tuya. ¿Qué puede haber en nosotros que necesite perdón si Tu perdón es perfecto? El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar Tu perdón y Tu amor. No nos dejes caer en la tentación, pues la tentación del Hijo de Dios no es Tu Voluntad. Y déjanos recibir únicamente lo que Tú has dado, y aceptar sólo eso en las mentes que Tú creaste y que amas. Amén”. (T.16.VII.12:7)

“Padre, la verdad me pertenece. Mi hogar se estableció en el Cielo mediante tu voluntad y la mía. ¿Podrían contentarme los sueños? ¿Podrían brindarme felicidad las ilusiones? ¿Qué otra cosa sino Tu recuerdo podría satisfacer a Tu Hijo? No me contentaré con menos de lo que Tú me has dado. Tu Amor, por siempre dulce y sereno, me rodea y me mantiene a salvo eternamente. El Hijo de Dios no puede sino ser tal como Tú lo creaste.

Hoy dejamos atrás las ilusiones. Y si oímos a la tentación lla­marnos e invitarnos a que nos entretengamos con un sueño, nos haremos a un lado y nos preguntaremos si nosotros, los Hijos de Dios, podríamos contentarnos con sueños cuando podemos ele­gir el Cielo con la misma facilidad que el infierno. Y el amor reemplazará gustosamente todo temor”. (L.pII.272.1:8;2:2)

lunes, 13 de marzo de 2017

Principio 32: Yo inspiro todos los milagros, que en realidad son intercesiones.

PRINCIPIO 32

Yo inspiro todos los milagros, que en realidad son intercesiones. Interceden en favor de tu santidad y santifican tus percepciones. Al ubicarte más allá de las leyes físicas te elevan a la esfera del orden celestial. En ese orden tú eres perfecto.


Jesús deja muy claro, en este Principio, que él es la fuente de los milagros. Desde el punto de vista de la función, el Espíritu Santo y Jesús son sinónimos. Ambos realizan la función de ser el Maestro interno o la Voz interior que nos conducirá a casa. Jesús nos dice que él es la manifestación del Espíritu Santo (C-6.1:1). Él no es el Espíritu Santo sino la manifestación de Este. Decir que Jesús es la manifestación del Espíritu Santo es decir también que él es la manifestación del Amor de Dios.

El desarrollo de este Principio, me sugiere varios temas en los que me gustaría profundizar. En primer lugar, me gustaría acercarme a la figura de Jesús y para ello, me remitiré a la aportación que se recoge en el texto El Manual del Maestro.

Por otro lado, me gustaría tratar el concepto “perfecto”, el estado natural del orden celestial donde nos eleva los milagros.

Por último, quisiera analizar el término “inspiración”, el cual se utiliza en algunas ocasiones a lo largo del Curso, como por ejemplo en el Capítulo I, en el punto II: 

“El resultado de una dedicación genuina es la inspiración, pala­bra que, si se entiende correctamente, es lo opuesto a la fatiga. Estar fatigado es estar des-animado, mas estar inspirado es estar en el espíritu. Ser egocéntrico es estar des-animado, mas estar centrado en Sí Mismo, en el buen sentido de la expresión, es estar inspirado o en el espíritu. Los verdaderamente inspirados están iluminados y no pueden morar en las tinieblas.

Puedes hablar desde el espíritu o desde el ego, según elijas. Si hablas desde el espíritu es que has decidido acatar las palabras "Detente y reconoce que yo soy Dios". Éstas son palabras inspi­radas porque reflejan conocimiento. Si hablas desde el ego estás renegando del conocimiento en vez de ratificándolo, y, por lo tanto, estás des-animándote. No te embarques en viajes inútiles, pues ciertamente no llevan a ninguna parte. Puede que el ego los desee, pero el espíritu no puede emprenderlos porque nunca está dispuesto a apartarse de sus Cimientos”.

Como bien nos enseña el párrafo anterior, estar inspirado es estar en el espíritu, la propia esencia de Dios.

El mismo Jesús, nos revela que “como hombre, y también como una de las creaciones de Dios, su recto pensar, que procedió del Espíritu Santo o Inspiración Universal, le enseñó en primer lugar y ante todo, que esta Inspiración es para todos”. 

Podemos decir pues, que “la inspiración procede del Espíritu Santo, y la cer­teza de Dios, tal como lo estipulan Sus leyes. Ambas cosas, por lo tanto, proceden de la misma Fuente, porque la inspiración pro­cede de la Voz que habla en favor de Dios, y la certeza, de las leyes de Dios”.

Dando continuidad a la idea de la inspiración con relación al espíritu, me gustaría enlazarlo con la idea de la perfección. En este sentido, debemos referir, que todo lo que es verdadero es eterno y no puede cambiar ni ser cambiado. El espíritu es, por lo tanto, inalterable porque ya es perfecto, pero la mente puede elegir a quién desea servir. El único límite en su elección es que no puede servir a dos amos.

Si consultamos el texto del Curso en el Capítulo 2, párrafo I, podemos leer: “En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto”.

Entre Dios y Sus creaciones existe una perfecta interdependencia. ÉI depende de ellas porque las creó perfectas. Les dio Su paz para que nada las pudiese alterar ni engañar.

Los que son perfectos no tienen necesidad de nada, y nosotros no podemos experimentar la perfección como algo difícil de alcanzar, puesto que eso es lo que somos. 
En el Capítulo 10 del Curso, concretamente en el punto IV, dedicado al fin de la enfermedad, se expresa lo siguiente: 

“La enfermedad y la perfección son irreconcilia­bles. Si Dios te creó perfecto, eres perfecto. Si crees que puedes estar enfermo, has antepuesto otros dioses a Él. Dios no está en guerra con el dios de la enfermedad que inventaste, pero tú sí. Este dios es el símbolo de tu decisión de oponerte a Dios, y tienes miedo de él porque no se le puede reconciliar con la Voluntad de Dios. Si lo atacas, harás que sea real para ti. Pero si te niegas a adorarlo, sea cual sea la forma en que se presente ante ti, o el lugar donde creas verlo, desaparecerá en la nada de donde provino”.

Si Dios creó a Su Hijo perfecto, así es como debemos aprender a consi­derarlo para que podamos conocer su realidad. Y como parte de la Filiación, así es como tenemos que considerarnos a nosotros mismo para que podamos conocer la nuestra.

Para finalizar las aportaciones del Curso sobre el tema de la perfección, me gustaría hacer referencia a lo recogido en el Capítulo 30, en el punto VI, dedicado a la justificación del perdón:

“El Hijo de Dios es perfecto, ya que de otro modo no podría ser el Hijo de Dios. Y no lo podrás conocer mientras creas que no merece librarse de todas las consecuencias y manifestaciones de la culpabilidad. De la única forma que debes pensar acerca de él si quieres conocer la verdad acerca de ti mismo es así:

Te doy las gracias, Padre, por Tu perfecto Hijo, pues en su gloria veré la mía propia.

He aquí la jubilosa afirmación de que no hay ninguna forma de mal que pueda prevalecer sobre la Voluntad de Dios, el feliz reconocimiento de que la culpabilidad no ha triunfado porque tú hayas deseado que las ilusiones sean reales. ¿Y qué es esto sino una simple afirmación de la verdad?”

Paso a continuación al tercero de los aspectos que quiero exponer en el desarrollo de este Principio, la figura de Jesús.

Como adelanté al comienzo de este escrito, recurriré al Manual del Maestro para extraer la información que nos ilustrará sobre la figura de Jesús.

“No necesitas ayuda para entrar en el Cielo, pues jamás te ausentaste de él. Pero sí necesitas una ayuda que proceda de más allá de ti, pues te encuentras limitado por falsas creencias con respecto a tu Identidad, la cual sólo Dios estableció en la realidad. Los ayudantes que se te proveen varían de forma, aunque ante el altar son uno Solo. Más allá de cada uno de ellos se encuentra un Pensamiento de Dios, y esto jamás ha de cambiar. Pero sus nombres difieren por un tiempo, puesto que el tiempo necesita símbolos, siendo de por sí irreal. Sus nombres son legión, pero no nos extenderemos más allá de los nombres que el curso en sí emplea. Dios no provee ayuda, pues no sabe de necesidades. Sin embargo, Él crea todos los Ayudantes que Su Hijo pueda necesitar, mientras éste siga creyendo que sus fantasías son reales. Dale gracias a Dios por ellos, pues son quienes te conducirán de regreso a tu hogar.

El nombre de Jesús es el nombre de uno que, siendo hombre, vio la faz de Cristo en todos sus hermanos y recordó a Dios. Al identificarse con Cristo, dejó de ser un hombre y se volvió uno con Dios. El hombre era una ilusión, pues parecía ser un ser separado que caminaba por su cuenta, dentro de un cuerpo que aparentemente mantenía a su ser separado de su Ser, como hacen todas las ilusiones. Pero ¿quién puede salvar a menos que, al ver las ilusiones, las identifique como lo que son? Jesús sigue siendo un Salvador porque vio lo falso y no lo aceptó como la verdad. Cristo necesitó su forma para poder presentarse ante los hombres y salvarlos de sus ilusiones.

En su completa identificación con el Cristo - el perfecto Hijo de Dios, Su única creación y Su felicidad, por siempre como Él y uno con Él - Jesús se convirtió en lo que todos vosotros no podéis sino ser. Mostró el camino para que le siguieras. Él te conduce de regreso a Dios porque vio el camino ante sí y lo siguió. Jesús hizo una clara distinción, todavía velada para ti, entre lo falso y lo verdadero. Te ofreció una demostración palpable de que es imposible matar al Hijo de Dios, y de que el pecado, la maldad, la malicia, el miedo o la muerte no pueden alterar su vida en modo alguno.

Todos tus pecados, por lo tanto, te han sido perdonados, ya que jamás tuvieron consecuencia alguna. Y así, no fueron más que sueños. Levántate con aquel que te mostró esto, ya que se lo debes por haber compartido contigo tus sueños para que pudieran ser disipados, y todavía los comparte, para mantenerse en unión contigo.

¿Es él el Cristo? Por supuesto que sí, junto contigo. Su vida en la tierra no fue lo suficientemente larga como para poder enseñar la poderosa lección que aprendió por todos vosotros. Más él permanecerá contigo para conducirte desde el infierno que tú hiciste hasta Dios. Y cuando unas tu voluntad a la suya, verás a través de su visión, pues los ojos de Cristo se comparten. Caminar con él es algo tan natural como caminar con un hermano al que conoces desde que naciste, pues eso es en verdad lo que él es. Se han hecho amargos ídolos de aquel que sólo quiere ser un hermano para el mundo. Perdónale tus fantasías, y comprende lo mucho que amarías a un hermano así. Pues él por fin le brindará descanso a tu mente y la llevará contigo ante tu Dios.

¿Es él el único Ayudante de Dios? ¡Por supuesto que no! Pues Cristo adoptará muchas formas con diferentes nombres hasta que se reconozca la unicidad de todas ellas. Mas para ti, Jesús es el portador del único mensaje de Cristo acerca del Amor de Dios. No tienes necesidad de ningún otro. Es posible leer sus palabras y beneficiarse de ellas sin aceptarle en tu vida. Mas él te ayudaría todavía más si compartieses con él tus penas y alegrías, y renunciases a ambas para hallar la paz de Dios. Con todo, lo que él quiere que aprendas más que nada sigue siendo la lección que vino a enseñar, la cual reza así:

La muerte no existe porque el Hijo de Dios es como su Padre. No puedes hacer nada que pueda alterar el Amor Eterno. Olvida tus sueños de pecado y de culpabilidad, y en su lugar ven conmigo a compartir la resurrección del Hijo de Dios. Y trae contigo todos aquellos que Él te ha enviado para que cuides de ellos como yo cuido de ti”.

Una cuestión que suele plantearse el estudiante del Curso es la siguiente:

¿Hay diferencia entre Jesús y el Espíritu Santo? ¿Importa a quién de ellos voy a buscar ayuda?

“La diferencia entre Jesús y el Espíritu Santo es de tipo teológico, no de tipo práctico. Conforme a la teoría del Curso, Dios creó al Espíritu Santo en respuesta a la idea de la separación en la mente de Su Hijo. Naturalmente, en realidad, tal descripción en Un Curso de Milagros es metafórica pues ¿cómo puede Dios dar respuesta a lo que nunca ha ocurrido? En todo caso, se puede entender más propiamente al Espíritu Santo como el recuerdo del Amor de Dios y de la verdadera Identidad del Hijo como Cristo que él llevó consigo en su sueño. El Espíritu Santo es, por tanto, un principio o idea en la mente del Hijo que le recuerda que lo que cree de sí mismo y de su Creador es falso. Esta corrección es lo que se conoce en Un Curso de Milagros como el principio de la Expiación.

Jesús, por otra parte, forma parte de la Filiación, y es tan tangible y tan específico como la creencia del Hijo sobre sí mismo. Es la parte de la mente única del Hijo que se acordó de reírse, de la idea diminuta y enloquecida. Y por lo tanto Jesús se convierte en una manifestación del principio de la Expiación, o de la presencia más abstracta del Espíritu Santo. Esto es lo que quiere decir la clarificación de términos con la afirmación ya citada de que el Espíritu Santo ha designado a Jesús como el líder para llevar a cabo Su plan; (C-6.2:2), y lo que significa el pasaje del texto que se refiere directamente a Jesús:

El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor [el Espíritu Santo] y la Expiación fue un acto de amor [Jesús]; (T-2.II.4:2-3).

No hay diferencia, sin embargo, al nivel práctico. Tanto Jesús como el Espíritu Santo sirven  como nuestros Maestros internos a quienes acudir en busca de ayuda para aprender a perdonar. El Espíritu Santo ofrece al estudiante un Maestro más abstracto si Jesús es un problema, mientras que Jesús es una forma más específica y personal con quien relacionarse. Cualquiera de los dos es válido, pues Su función sigue siendo la misma. No obstante, si Jesús es, en efecto, un personaje problemático para los estudiantes de su Curso, estaría muy en línea con los propios principios del Curso que los estudiantes miren a ver por qué no quieren perdonarlo. Así pueden explorar las raíces más profundas de esa ausencia de perdón para que puedan ser deshechas, igual que cualquier ausencia de perdón que esté presente dentro de sus mentes”.

domingo, 12 de marzo de 2017

Principio 31: Los milagros deben inspirar gratitud, no reverencia.

PRINCIPIO 31

Los milagros deben inspirar gratitud, no reverencia. Debes dar gracias a Dios por lo que realmente eres. Los Hijos de Dios son santos, y los milagros honran su santidad, que ellos pueden ocultar, mas nunca perder.


En ocasiones, no siempre he tenido claro el modo en cómo debía dirigirme a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a los Ángeles, en general, a cualquier representante de lo Superior, en mi vida. Desde pequeño, me habían enseñado a postrarme de rodilla ante todo símbolo divino.

En este Principio, Un Curso de Milagros nos ofrece información sobre este particular, lo que me permite dedicar las siguientes líneas a tres conceptos que están estrechamente relacionados con este tema y que sin duda nos aclarará cualquier duda que podamos albergar.

Vamos a hablar de la “reverencia”, de la “gratitud o gracia” y de la “santidad”.

Comenzaremos compartiendo el párrafo 3, del punto II en el Capítulo 1, donde el Curso nos señala:

“La reverencia se debe reservar sólo para la revelación, a la que se puede aplicar perfecta y correctamente. No es una reacción apropiada hacia los milagros porque un estado de reverencia es un estado de veneración, lo cual implica que uno de rango infe­rior se encuentra ante su Creador. Tú eres una creación perfecta y deberías sentir reverencia solamente en presencia del Creador de la perfección. El milagro es, por lo tanto, un gesto de amor entre iguales. Los que son iguales no deben sentir reverencia los unos por los otros, pues la reverencia implica desigualdad. Por consi­guiente, no es una reacción apropiada hacia mí. Un hermano mayor merece respeto por su mayor experiencia, y obediencia por su mayor sabiduría. También merece ser amado por ser un her­mano, y devoción si es devoto. Es tan sólo mi devoción por ti lo que me hace merecedor de la tuya. No hay nada con respecto a mí que tú no puedas alcanzar. No tengo nada que no proceda de Dios. La diferencia entre nosotros por ahora estriba en que yo no tengo nada más. Esto me coloca en un estado que en ti es sólo latente”.

Este punto deja bastante claro, que mientras la reverencia es el modo adecuado para dirigirnos a nuestro Creador, no lo es así, si nos dirigimos a Cristo, por su condición de igual, de hermano, lo que hace que el gesto apropiado sea el respeto, la obediencia, la devoción y el amor.

En ese nivel de igualdad, de filiación, de unidad, existe un vínculo que nos une, el amor y de ese elevado sentimiento emana de forma natural, la expresión de la gracia, la aptitud de la gratitud y el gesto de agradecimiento.

En este sentido podemos decir,  que la gratitud hacia nuestro hermano es la única ofrenda que quiere nuestro Hermano Mayor –Cristo-. Él se la llevará a Dios por nosotros, sabiendo que conocer a nuestro hermano es conocer a Dios.
Si  estamos agradecidos a nuestro hermano, le estaremos agradecidos a Dios por lo que El creó. Mediante la gratitud podremos llegar a conocer a nuestro hermano, y un momento de verdadero reconocimiento convierte a todo el mundo en nuestro hermano porque cada uno de ellos es Hijo de nuestro Padre.
  
Cristo no indica en el Curso, que  Él no necesita gratitud, en cambio, nosotros necesitamos desarrollar nuestra mer­mada capacidad de estar agradecido, o no podremos apreciar a Dios. Él no necesita que lo apreciemos, pero nosotros sí. No se puede amar lo que no se aprecia, pues el miedo hace que sea imposible apreciar nada. Cuando tenemos miedo de lo que somos  no lo apre­cias, y, por lo tanto, lo rechazas. Como resultado de ello, enseñamos rechazo.
   
Nos refiere el Curso, que “la única reacción apropiada hacia un hermano es apreciarlo. Debes estarle agradecido tanto por sus pensamientos de amor como por sus peticiones de ayuda, pues ambas cosas, si las perci­bes correctamente, son capaces de traer amor a tu conciencia”.

Si recurrimos al Libro de Ejercicios, encontramos una Lección dedicada a la Gracia. Recurriré a ella y la expondré en su integridad, pues su contenido nos enseñará el alcance espiritual de la gratitud.

LECCIÓN 123

Gracias Padre por los regalos que me has concedido.

1. Sintámonos agradecidos hoy. 2Hemos llegado a sendas más lle­vaderas y a caminos más despejados. 3Ya no nos asalta el pensa­miento de volver atrás, ni resistimos implacablemente a la verdad. 4Aún hay cierta vacilación, algunas objeciones menores y cierta indecisión, pero puedes sentirte agradecido por tus logros, los cuales son mucho más grandes de lo que te imaginas.
2. Dedicar ahora un día a sentirte agradecido te aportará el benefi­cio adicional de poder tener un atisbo de lo grande que ha sido tu progreso y de los regalos que has recibido. 2Alégrate hoy, con amoroso agradecimiento, de que tu Padre no te haya abandonado a tu suerte, ni de que te haya dejado solo vagando en las tinieblas. 3Agradece que te haya salvado del ser que creíste haber hecho para que ocupara Su lugar y el de Su creación. 4Dale gracias hoy.
3. Da gracias de que Él no te haya abandonado, y de que Su Amor ha de refulgir por siempre sobre ti, eternamente inmutable. 2Da gracias asimismo por tu inmutabilidad, pues el Hijo que Él ama es tan inmutable como Él Mismo. 3Agradece que se te haya salvado. 4Alégrate de tener una función que desempeñar en la salvación. 5Siéntete agradecido de que tu valía exceda con mucho los míse­ros regalos que le diste a quien Dios creó como Su Hijo y de que excede también los mezquinos juicios que emitiste en contra suya.
4. Elevaremos hoy nuestros corazones llenos de agradecimiento por encima de la desesperanza, y alzaremos nuestros ojos agra­decidos, que ya no mirarán al suelo. 2Hoy entonaremos el himno de gratitud, en honor al Ser que Dios ha dispuesto que sea nues­tra verdadera Identidad en Él. 3Hoy le sonreiremos a todo aquel que veamos y marcharemos con paso ligero según seguimos ade­lante a llevar a cabo nuestro cometido.
5. No caminamos solos. 2damos gracias de que a nuestra sole­dad haya venido un Amigo a traernos la Palabra salvadora de Dios. 3Gracias a ti por escucharlo. 4Su Palabra es muda si no se la oye. 5Al darle las gracias a Él se te dan a ti también. 6Un mensaje que no se haya oído no puede salvar al mundo, por muy poderosa que sea la Voz que lo comunique o por muy amoroso que sea el mensaje.
6. Gracias a ti que has oído, pues así te vuelves el mensajero que lleva la Voz de Él consigo y que la deja resonar por todo el mundo. 2Acepta hoy las gracias que Dios te da, al darle tú las gracias a Él. 3Pues Él quiere ofrecerte las gracias que tú le das, puesto que acepta tus regalos llenos de amorosa gratitud y te los devuelve multiplicados miles y cientos de miles de veces más. 4Él bendecirá tus regalos compartiéndolos contigo. 5Y así, el poder y fortaleza de éstos crecerán hasta llenar el mundo de gozo y gratitud.
7. Acepta las gracias que Él te da y dale las tuyas durante quince minutos en dos ocasiones hoy. 2comprenderás a Quién le das las gracias, y a Quién le da Él las gracias según tú se las das a Él. 3Esta santa media hora que le dediques te será devuelta a razón de años por cada segundo; y debido a las gracias que le das, tendrá el poder de brindarle la salvación al mundo miles y miles de años más pronto.
8. Acepta las gracias que Él te da, y comprenderás con cuánto amor te conserva en Su Mente, cuán profundo e infinito es el cuidado que te prodiga y cuán perfecta es Su gratitud hacia ti. 2Acuérdate de pensar en Él cada hora y de darle las gracias por todo lo que Él le ha dado a Su Hijo para que éste pueda elevarse por encima del mundo, y recordar a su Padre y a su Ser.

Ante tales y hermosas palabras, no podemos menos que elevar la siguiente oración: “Padre, te doy gracias por lo que soy, por haber conservado mi Identidad inalterada e impecable en medio de todos los pensamientos de pecado que mi alocada mente inventó. te doy gracias también por haberme salvado de ellos. Amén”.

Dijimos al principio que hablaríamos de la santidad. Y lo vamos a hacer a continuación. Para ello, vamos a escudriñar, nuevamente, el Libro de Ejercicios y extraeremos el contenido de aquellas Lecciones donde se haga referencia a este aspecto.


En la Lección 36: “Mi santidad envuelve todo lo que veo”, se recoge lo siguiente: “Eres santo porque tu mente es parte de la de Dios. puesto que eres santo, tu visión no puede sino ser santa también. "Impecabilidad" quiere decir libre de pecado. No se puede estar libre de pecado sólo un poco. O bien eres impecable o bien no lo eres. Si tu mente es parte de la de Dios tienes que ser impecable, pues de otra forma parte de Su Mente sería pecaminosa. Tu visión está vinculada a Su santidad, no a tu ego, y, por lo tanto, no tiene nada que ver con tu cuerpo”.

Dios nos creó a Su Imagen y Semejanza. Si Dios es Santo, Su Hijo, fruto de la expansión de la Mente de su Padre, también lo es. La impecabilidad está asociada a la santidad.

En la Lección 37: ”Mi santidad bendice al mundo”, se nos enseña lo siguiente: “Tu propósito es ver el mundo a través de tu propia santi­dad. De este modo, tú y el mundo sois bendecidos juntos. Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada; todo el mundo se beneficia a través de tu santa visión. Tu santa visión significa el fin del sacrificio porque les ofrece a todos su justo merecido. él tiene derecho a todo, ya que ése es su sagrado derecho como Hijo de Dios.
No hay ninguna otra manera de poder eliminar la idea de sacri­ficio del pensamiento del mundo. Cualquier otra manera de ver inevitablemente exige el que algo o alguien pague. Como resul­tado de ello, el que percibe sale perdiendo. Y no tiene ni idea de por qué está perdiendo. Su plenitud, sin embargo, le es restau­rada a su conciencia a través de tu visión. Tu santidad le bendice al no exigir nada de él. Los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada.
Tu santidad es la salvación del mundo. Te permite enseñarle al mundo que es uno contigo, sin predicarle ni decirle nada, sino simplemente mediante tu sereno reconocimiento de que en tu santidad todas las cosas son bendecidas junto contigo”.

El hecho de que tratemos al mundo desde la visión de la santidad, estamos ofreciendo el regalo que ha de permitirle negar el sacrificio y aceptar la bendición de saberse inocentes e inmaculados.

Si avanzamos en nuestro objetivo, llegamos a la Lección 38, “No hay nada que mi santidad no pueda hacer”, donde se recoge lo siguiente: “Tu santidad invierte todas las leyes del mundo. Está más allá de cualquier restricción de tiempo, espacio, distancia, así como de cualquier clase de límite. El poder de tu santidad es ilimitado porque te establece a ti como Hijo de Dios, en unión con la Mente de su Creador.
Mediante tu santidad el poder de Dios se pone de manifiesto. Mediante tu santidad el poder de Dios se vuelve accesible. Y no hay nada que el poder de Dios no pueda hacer. Tu santidad, por lo tanto, puede eliminar todo dolor, acabar con todo pesar y resol­ver todo problema. Puede hacer eso en conexión contigo o con cualquier otra persona. Tiene el mismo poder para ayudar a cual­quiera porque su poder para salvar a cualquiera es el mismo.
Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó. Tú eres santo porque todas las cosas que Él creó son santas. todas las cosas que Él creó son santas porque tú eres santo. En los ejercicios de hoy vamos a aplicar el poder de tu santidad a cualquier clase de problema, dificultad o sufrimiento que te venga a la mente tanto si tiene que ver contigo como con otro. No haremos distin­ciones porque no hay distinciones”.

Deberíamos recordar permanentemente esta afirmación: No hay nada que mi santidad no pueda hacer. En verdad nos lleva a confirmar la certeza de lo que somos: Santos Hijos de Dios. Nuestra santidad niega al ego y a sus falsas creencias y pensamientos. Nuestra santidad reinstaura la unidad y pone fin a la separación en nuestra mente.

La siguiente Lección, la 39, “Mi santidad es mi salvación” y refiere lo siguiente: “(…) Hemos dicho ya que tu santidad es la salvación del mundo. ¿Y qué hay de tu propia salvación? No puedes dar lo que no tienes. Un salvador tiene que haberse salvado. ¿De qué otro modo, si no, podría enseñar lo que es la salvación? Los ejercicios de hoy van dirigidos a ti, en reconocimiento de que tu salvación es crucial para la salvación del mundo. A medida que apliques los ejerci­cios a tu mundo, el mundo entero se beneficiará.
Tu santidad es la respuesta a toda pregunta que jamás se haya hecho, se esté haciendo ahora o se haga en el futuro. Tu santidad significa el fin de la culpabilidad y, por ende, el fin del infierno. Tu santidad es la salvación del mundo, así como la tuya. ¿Cómo podrías tú -a quien le pertenece tu santidad- ser excluido de ella? Dios no conoce lo profano. ¿Sería posible que Él no cono­ciese a Su Hijo?

Si sentimos culpabilidad estamos identificados con el ego y no con nuestra condición santa. Si sentimos culpabilidad es señal inequívoca de que nos creemos pecadores y merecedores del castigo divino. Si es eso lo que hemos dado, es eso lo que recibimos. Si damos “pecado” cosechamos “culpabilidad” o lo que es lo mismo, nos estamos condenando a nosotros mismos.
Nuestra santidad es nuestra salvación pues, nos libera de la culpa y deshace el error de la falsa creencia en el pecado, en la separación.


Con la Lección 299, “La santidad eterna mora en mí”, ponemos fin a este recorrido: “Mi santidad está mucho más allá de mi propia capacidad de comprender o saber lo que es. No obstante, Dios, mi Padre, Quien la creó, reconoce que mi santidad es la Suya. Nuestra Voluntad conjunta comprende lo que es. Y nuestra Voluntad conjunta sabe que así es.

Padre, mi santidad no procede de mí. No es mía para dejar que el pecado la destruya. No es mía para dejar que sea el blanco del ataque. Las ilusiones pueden ocultarla, pero no pueden extinguir su fulgor ni atenuar su luz. Se yergue por siempre perfecta e intacta. En ella todas las cosas sanan, pues siguen siendo tal como Tú las creaste. Y puedo conocer mi santidad, pues fui creado por la Santidad Misma, y puedo conocer mi Fuente porque Tu Voluntad es que se Te conozca”.

Pongo fin a esta entrega, con esta bella oración:

“Padre, somos como Tú. En nosotros no hay crueldad, puesto que en Ti no la hay. Tu paz es nuestra. Y bendecimos al mundo con lo que hemos recibido exclusivamente de Ti. Elegimos una vez más, y elegi­mos asimismo por todos nuestros hermanos, sabiendo que son uno con nosotros. Les brindamos Tu salvación tal como la hemos recibido ahora. Y damos gracias por ellos que nos completan. En ellos vemos Tu gloria y en ellos hallamos nuestra paz. Somos santos porque Tu santidad nos ha liberado. Y Te damos gracias por ello. Amén".