jueves, 2 de marzo de 2017

Significado Astrológico del Carnaval

Etimológicamente, encontramos dos referencias históricas relacionadas con el término carnaval:

  • Del latín vulgar, carne-levare, que significa “abandonar la carne” propuesto en la Edad Media por la Iglesia Católica.
  • Palabra italiana, carnevale, que significaba la época en la que se podía comer carne. Este concepto es el más utilizado en nuestros días.
¿Con qué definición debemos quedarnos? ¿Es posible que ambas definiciones sean correctas? 

Para dar una respuesta a estas cuestiones, tendremos que recurrir a la Astrología y tener en cuenta, que el carnaval coincide con el tránsito del Sol sobre el signo de Piscis. Si estudiamos las características de este signo, comprenderemos que, en efecto, es posible que ambas definiciones sean correctas, ya que, nos encontramos en la morada donde nuestra consciencia debe dar expresión a las emociones a niveles externos, es decir, tenemos que permitir que nuestros sentimientos y deseos, esos mismos que durante la etapa anterior, la escorpiana, han permanecido acallados en nuestro interior formando parte de nuestra personalidad emotiva, salgan al exterior y sean compartidos por los demás. 

A nadie se le escapa que, en el dominio de la emociones encontramos nuestro gran caballo de batalla. Cuando albergamos un sentimiento que no es acorde con el medio que nos rodea, solemos ocultarlo en nuestro interior, lo reprimimos, hasta encontrar la manera de satisfacerlo sin provocar una situación que nos produzca daño. Así de este modo, al relacionarnos con un mundo de normas y preceptos, nos vemos en la necesidad de mantener "controlados" esos sentimientos que no son bien vistos. 

El papel del carnaval, guarda una estrecha relación con la necesidad de encontrar una válvula de escape para esos sentimientos reprimidos. Cuando el signo del elemento Agua-Emociones, se activa, nos invita igualmente a sacar al exterior esos sentimientos, de modo, que tomando consciencia de ellos, podamos conocer su verdadero valor. 

“Carnevale”, o la época en la que se puede comer carne, nos está indicando, la misma invitación a la que nos referimos con relación al signo de Piscis. Es bueno, para el desarrollo de la consciencia, que nuestras emociones se vean satisfecha y para ello tendremos que adoptar esos rasgos externos que den cabida a las mismas. Tal vez tengamos que cubrir nuestro rostro con un antifaz o con una careta, tal vez, nuestra personalidad pasajera quede oculta tras un disfraz..., todo ello, forma parte de la dinámica oculta del signo Piscis. 

Ahora bien, no podemos olvidar que la dualidad de Piscis queda tutelada cabalísticamente por el Séfira Binah, cuya representación estelar en el proceso creativo, nos lleva a tomar consciencia del sentido de la Ley y el Orden. Por lo tanto, en Piscis encontramos un mensaje importante y de gran valor espiritual, el de la responsabilidad de nuestras acciones, ya que éstas, condicionarán nuestro presente inmediato, esto es nuestro futuro, pues, cosechamos lo que anteriormente hemos sembrado.

La Ley de Causa y Efecto, está muy vigente en la dinámica de Piscis, pues es en este signo, como hemos visto anteriormente, que damos salida a nuestros deseos, a nuestros sentimientos, a nuestro poder creador. Si la calidad de esos deseos es elevada, tengamos por seguro, que nuestra cosecha será digna y nos aportará un enorme beneficio espiritual alcanzado por la vía del amor; si en cambio, nuestras emociones son de baja calidad, entonces, nuestra cosecha nos aportará, igualmente, un importante beneficio espiritual, con la diferencia, de que nos llegará por la vía del rigor. 

Siendo así, tendremos que abordar el término "carne-levare", o lo que lo mismo, abandonar la carne, y con ello estaremos siendo fiel a las enseñanzas y atribuciones de Binah-Ley. La “carne” a la que se refiere el término carnaval no es otra que la se expresa a través de nuestro "cuerpo emocional", dando lugar al potencial de los deseos. Se dice, que las consciencias elevadas prescinden de comer, literalmente, carne. Su dieta es a base de vegetales. Pero el significado de comer “carne”, va más allá del puramente literal, está refiriéndose a la necesidad de alimentar nuestra consciencia con la energía de los deseos, pues por lo general, cuando nos alimentamos de ellos, nuestro comportamiento es egoísta y posesivo. 

Con la celebración del carnaval, estamos pues abordando un trayecto en el que tendremos la oportunidad de conquistar una etapa difícil e importante de la consciencia Crística, la consciencia del Amor. No en vano, el carnaval es el tiempo que precede a una etapa, no menos interesante, como es la Cuaresma, donde la naturaleza espiritual protagoniza uno de los episodios más memorables dentro de su proceso evolutivo. Pero este tema, lo abordaremos en una nueva ocasión.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Principio 26:Los milagros representan tu liberación del miedo.

PRINCIPIO 26

Los milagros representan tu liberación del miedo. "Expiar" significa "des-hacer." Deshacer el miedo es un aspecto esencial del poder expiatorio de los milagros.



Cuando analizamos el Principio 22, adelantábamos que dedicaríamos un capítulo al estudio del miedo, y lo prometido es deuda.

En la entrega anterior, en el análisis del Principio 25, decíamos que cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación.

Pasemos a desmenuzar el significado del miedo, lo que nos llevará a comprender su origen y los efectos a los que da lugar en nuestras vidas. El párrafo anterior nos aporta una primera pista, al indicarnos que el miedo es la consecuencia de una elección. Es muy importante tomar consciencia de este matiz, pues nos permite reconocer, que el miedo no es algo que nos viene de afuera, no es algo que nos ataca y del cual debamos defendernos, tan solo es una elección. Yo añadiría que es una libre elección.

En la Introducción del Curso, podemos leer: Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”. Esta afirmación nos hace una primera presentación de lo que es el miedo, indicándonos que el miedo no puede pertenecer al Creador, pues Él no tiene opuestos, lo que nos lleva a pensar que el miedo es una fabricación de la mente del Hijo de Dios, surgiendo como una proyección de su mente dual, lo que dio lugar a los opuestos amor-miedo, o lo que es lo mismo, la materialización de la separación y el surgimiento del ego.

Tenemos pues, que el miedo es la fabricación del Hijo de Dios, el cual cometió el error de creer que podía usurpar el poder de Dios. Todo miedo se reduce, en última instancia, a esa básica percep­ción errónea.

Sólo nuestra mente puede producir miedo y sólo nuestra mente puede llevarnos a comprender que el miedo no es real, es una ilusión.

Como hemos adelantado, Dios no es el autor del miedo. El autor del miedo somos nosotros que hemos elegido crear en forma diferente a como crea Él. Esa elección, nos hace tener miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado la mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando creemos que no somos libres.

En esa falsa creencia se encuentran los mayores conflictos que alberga la mente humana. Dichos conflictos, traducidos en miedos, se dan cita en el inconsciente, donde se ocultan celosamente y desde donde se proyectan dando lugar a todo tipo de comportamientos dementes y condenatorios.

De hecho, los que creen en la separación tienen un miedo básico a las represalias y al abandono. Creen en el ataque y en el rechazo, de modo que eso es lo que perciben, lo que enseñan y lo que apren­den. Estas ideas descabelladas son claramente el resultado de la disociación y la proyección.

Podemos decir que el origen del miedo es una elección errónea y esta creencia ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo de la humanidad. Cada vez que tenemos miedo es porque hemos tomado una decisión equivo­cada y esa es la razón por la que nos sentimos responsable de ello.

Si la causa del miedo es mental, es obvio que para superarlo tendremos que cambiar de mentalidad, no de comportamiento, y eso es cuestión de que estemos dispuestos a hacerlo. La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en que es posible el cambio. El cambio no tiene ningún sentido en el nivel de las formas en los que se manifiesta el miedo,  donde no puede producir resultados.

El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseamos y lo que hacemos. Asimismo, la presencia del miedo indica que hemos elevado pensa­mientos corporales al nivel de la mente.

Como hemos dicho, anteriormente, el uso incorrecto de la mente nos ha llevado a tener miedo de la Voluntad de Dios. Ese uso erróneo de la mente se ha traducido en los Textos Sagrados como un acto pecaminoso, el cual puso fin al estado de unicidad compartido por el Hijo de Dios y su Creador. Lo que se ha interpretado como “pecado”, como la violación de las Leyes de Dios, tuvo como consecuencia la creencia en la expulsión del Edén, de la Tierra Paradisiaca dispuesta por Dios para su Hijo, y lo que es lo más importante, nace el temor hacia el Creador, al creernos merecedores de su justicia vengativa.

Tener miedo de la Voluntad de Dios es una de las creencias más extrañas que la mente humana jamás haya podido concebir. Esto no habría podido ocurrir no ser que la mente hubiese estado ya tan profundamente dividida que le hubiese sido posible tener miedo de lo que ella misma es. La realidad sólo puede ser una "amenaza" para lo ilusorio, ya que lo único que la realidad puede defender es la verdad. El hecho mismo de que percibas la Volun­tad de Dios -que es lo que tú eres- como algo temible, demues­tra que tienes miedo de lo que eres. Por lo tanto, no es de la Voluntad de Dios de lo que tienes miedo, sino de la tuya”. (T-9.I.1:5)

Si advertimos la falsa creencia a la que dio lugar la elección del Hijo de Dios, descubriremos la identidad del ego, el representante de la mente dual, de la mente errónea. El ego pasó a ocupar el lugar de Dios y se erigió en  nuestra nueva identidad. Es del ego y no de Dios del que verdaderamente tenemos miedo.

Debemos reconocer que lo que menos quiere el ego es que nos demos cuenta de que le tenemos miedo. Pues si el ego pudiese producir miedo, menoscabaría nuestra independencia y debilitaría nuestro poder. Sin embargo, su único argumento para que le seamos leales es que él puede darnos poder. Si no fuera por esta creencia no le escucharíamos en absoluto. ¿Cómo iba a poder, entonces, seguir existiendo si nos diésemos cuenta de que al aceptarlo nos estamos empequeñeciendo y privándonos de poder?

El ego puede permitirnos, y de hecho lo hace, que nos consideremos altanero, incrédulo, frívolo, distante, superficial, insensible, des­pegado e incluso desesperado, pero no permite que nos demos cuenta de que realmente tenemos miedo. Minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño constante del ego, y es una capacidad para la cual demuestra ciertamente gran ingenio. ¿Cómo iba a poder predicar separación a menos que la reforzase con miedo?, y, ¿seguiríamos escuchándole si reconociésemos que eso es lo que está haciendo?

La más seria amenaza para el ego es, pues, que nos demos cuenta de que cualquier cosa que parezca separarnos de Dios es única­mente miedo, sea cual sea la forma en que se manifieste e inde­pendientemente de cómo el ego desee que lo experimentemos. Su sueño de autonomía se estremece hasta su raíz cuando cobramos conciencia de esto. Pues si bien podemos tolerar una falsa idea de independencia, no aceptaríamos el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconociésemos. Pero ése es su costo, y el ego no puede reducirlo. Si pasamos por alto el amor estamos pasándonos por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado nosotros mismo. Al creer que nuestro ataque contra la verdad ha tenido éxito, creeremos que el ataque tiene poder. Dicho llanamente, pues, nos hemos vuelto temerosos de nosotros mismos. Y nadie quiere encontrar lo que cree que le destruiría.
Si se pudiese lograr el objetivo de autonomía del ego, el propó­sito de Dios podría ser truncado, y eso es imposible. Solamente aprendiendo lo que es el miedo podemos por fin aprender a distin­guir lo posible de lo imposible y lo falso de lo verdadero.

Sí, hemos mencionado que la elección del Hijo de Dios, fue interpretado, erróneamente, como un ataque contra la verdad. La cuestión que cabe plantearse es, ¿cómo corregir ese error?

Como nos indica el Curso, reconocer el miedo no es suficiente para poder escaparse de él, aunque sí es necesario para demostrar la necesidad de escapar.

Desde la mente errónea no podremos conseguir esa corrección. Debemos recurrir a la Voz que habla por Dios, el Espíritu Santo para que transforme el miedo en verdad.

“Si se te dejase con el miedo, una vez que lo hubieses reconocido, habrías dado un paso que te alejaría de la realidad en vez de acercarte a ella. No obstante, hemos señalado repetidamente la necesidad de reconocer el miedo y de confrontarlo cara a cara como un paso crucial en el proceso de desvanecer al ego. Considera entonces lo mucho que te va a servir la interpretación que hace el Espíritu Santo de los motivos de los demás. Al haberte enseñado a aceptar únicamente los pensamientos de amor de otros y a con­siderar todo lo demás como una petición de ayuda, te ha ense­ñado que el miedo en sí es una petición de ayuda. Esto es lo que realmente quiere decir reconocer el miedo. Si tú no lo proteges, el Espíritu Santo lo reinterpretará. En esto radica el valor prin­cipal de Aprender a percibir el ataque como una petición de amor. Ya hemos aprendido que el miedo y el ataque están inevitable­mente interrelacionados. Si el ataque es lo único que da miedo, y consideras al ataque como la petición de ayuda que real­mente es, te darás cuenta de la irrealidad del miedo. Pues el miedo, es una súplica de amor, en la que se reconoce inconsciente­mente lo que ha sido negado.

El miedo es un síntoma de tu profunda sensación de pérdida. Si al percibirlo en  otros aprendes a subsanar esa sensación de pérdida, se elimina la causa básica del miedo. De esa manera, te enseñas a ti mismo que no hay miedo en ti. Los medios para erradicarlo se encuentran en ti, y has demostrado esto al dárselos a otros. El miedo y el amor son las únicas emociones que eres capaz de experimentar. Una es falsa, pues procede de la nega­ción, y la negación depende, para poder existir, de que se crea en lo que se ha negado. Al interpretar correctamente el miedo como una afirmación categórica de la creencia subyacente que enmascara, estás socavando la utilidad que le has atribuido al hacer que sea inútil. Las defensas que son inservibles se abandonan auto­máticamente. Si haces que lo que el miedo oculta pase a ocupar una posición inequívocamente preeminente, el miedo deja de ser relevante. Habrás negado que puede ocultar al amor, lo cual era su único propósito. El velo que habías puesto sobre la faz del amor habrá desaparecido”. (T-12.I.8:9)

Tenemos más miedo de Dios que del ego, y el amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida. Pero el odio sí que puede, pues entra por su propia voluntad sin que le importe la nuestra.

Hemos hecho referencia a una cuestión que no nos puede pasar inadvertida. Decíamos que nadie toleraría el miedo si lo reconociese. Sobre este particular, el Curso añade: Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo. No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta. Tu hostilidad no te perturba seriamente. La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre. Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de ti algo de lo que todavía tienes más miedo. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tienes miedo. Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar donde te corresponde estar, del cual te has querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor. Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios, si pensases que eso te podría salvar del amor. Pues éste deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quie­res que ésta cese. Te das cuenta de que al despejar la tenebrosa nube que lo oculta el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto. Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra. Pues subya­cente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que éste jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti. Esto es lo que realmente quieres ocultar.
Honestamente, ¿no te es más difícil decir "te quiero” que "te odio"? Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad. Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construido desaparecería. El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios. Mas Su Voluntad no es ser excluido”. (T-13.III.1:3)

El temor del ego a la Voluntad de Dios, viene acompañado de un sentimiento corrosivo para la mente recta, me estoy refiriendo a la culpabilidad.
La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.

El Curso dedica el Capítulo 28 al “Des-hacimiento del miedo” y nos refiere sobre este particular:

Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuen­cias, pues se quedaron sin causa. ¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos? Recordar es un proceso tan selectivo como percibir, al ser su tiempo pasado. Es percibir el pasado como si estuviese ocurriendo ahora y aún se pudiese ver. La memoria, al igual que la percepción, es una facultad que tú inventaste para que ocupase el lugar de lo que Dios te dio en tu creación. Y al igual que todas las cosas que inventaste, se puede emplear para otros fines y como un medio para obtener algo distinto. Se puede utilizar para sanar y no para herir, si ése es tu deseo”.

Tenerle miedo a Dios es tenerle miedo a la vida, no a la muerte.


¿Qué verías si no tuvieses miedo de la muerte? ¿Qué sentirías y pensarías si la muerte no te atrajese? Simplemente recordarías a tu Padre. Recordarías al Creador de la vida, la Fuente de todo lo que vive, al Padre del universo y del universo de los universos, así como de todo lo que se encuentra más allá de ellos. con­forme esta memoria surja en tu mente, la paz tendrá todavía que superar el obstáculo final, tras el cual se consuma la salvación y al Hijo de Dios se le restituye completamente la cordura. Pues ahí acaba tu mundo. (T-19.IV.D)


Con relación a la curación y el miedo, el Curso nos refiere: “Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, tú mismo debes estar libre de todo miedo. No entiendes lo que es la curación debido a tu propio miedo”.

La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor.

¿Qué es la curación sino el acto de despejar todo lo que obstacu­liza el conocimiento? ¿Y de qué otra manera puede uno disipar las ilusiones, excepto examinándolas directamente sin proteger­las? No tengas miedo, por lo tanto, pues lo que estarás viendo es la fuente del miedo, y estás comenzando a darte cuenta de que el miedo no es real. Te das cuenta también de que sus efectos se pueden desvanecer sólo con que niegues su realidad. El siguiente paso es, obviamente, reconocer que lo que no tiene efectos no existe. Ninguna ley opera en el vacío, y lo que no lleva a ninguna parte no ha ocurrido. Si la realidad se reconoce por su extensión, lo que no conduce a ninguna parte no puede ser real. No tengas miedo de mirar al miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión, y cuando se mira a la oscuridad a través de la luz, ésta no puede por menos que disiparla.

Iniciamos este análisis describiendo que el miedo tiene como única causa la elección errónea de la mente. Bien, para poner punto y final, al mismo, diremos que el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo.  Debemos decirnos a nosotros mismo que de alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.

En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.



martes, 28 de febrero de 2017

Cuento para Piscis: "Una hazaña de Amor-Final"

Desde que un día se despidiera de su familia, habían pasado tres largos duros años. Durante todo este largo tiempo, Juan había recorrido muchos valles y montañas, pero aún no había encontrado nada que le ayudase a superar la maldición de su tierra.

A pesar de no haber perdido nunca la fe, la verdad era que el sueño de aquella noche le había traído un nuevo entusiasmo. No podía dejar de pensar en su padre, en aquella imagen de tristeza y en las lamentaciones de su pueblo, que sufría como víctima de su ignorancia.
Sumido en esos pensamientos, Juan había coronado una montaña alcanzando su cima. Desde allí, posó su mirada en el horizonte y no supo encontrar lo que buscaba. ¿Dónde debía dirigir sus pasos? En verdad, ¿sabía lo que quería?
Buscaba una solución para poner fin a la basura de su tierra. Necesitaba limpiarla de impurezas, pero era tan inmensa la cantidad, que él sólo no podría, y sintió una profunda decepción. Hasta ahora no se había dado cuenta de que la única posibilidad de que aquella basura desaparecida no estaba únicamente en sus manos. Todo dependía de su pueblo. Él estaba limpio. Aquella suciedad no le había afectado lo más mínimo, sin embargo, su familia y hermanos, sí eran víctimas de aquella tragedia.
Todo dependía del esfuerzo que cada uno pusiera en esa tarea. Enfrentarse a su propia suciedad, a sus errores, a sus temores y debilidades, no les resultaría fácil pero, al menos debían intentarlo.
Una singular alegría, se apoderó de él. Había conseguido comprender dónde se encontraba la solución.
Durante tres años había caminado mucho, buscando en el exterior la solución, pero no supo encontrarla, pues tan sólo podría descubrirla si miraba el interior de cada hombre.
Comprendió que cada hombre debe hacer frente a las circunstancias que haya generado a lo largo de sus vidas y que nunca debe sentir miedo ante aquello que ha creado.
No pudo evitar Juan, el más pequeño de los hermanos de una humilde familia, que su corazón sintiese una extraña compasión, y fue tan intenso el dolor que sintió todo su cuerpo, que no pudo evitar doblegarse y gemir suplicante al cielo, que le otorgarse su perdón.
El amor de Juan era tan sincero y puro, que había ganado como recompensa a su labor, recibir todo el sufrimiento de su pueblo, para que de este modo poder abnegadamente solicitar su redención.
Si alguien hubiese sido testigo de lo que allí ocurrió, hubiera podido contar, como una sombra densa y poderosa se apoderó del cuerpo de Juan, y cuando esto ocurrió, el generoso Juan no pudo evitar expresar su dolor, dolor que casi pone fin a su vida.
Doblegando el cuerpo, apoyó ambas rodillas en el suelo. Apenas si podía respirar, se asfixiaba. Aquellas impurezas, habían obstruido sus pulmones y a duras penas conseguía tomar un poco de aire. Su corazón estaba destrozado. Un profundo vacío luchaba con el ardor que habitualmente anidaba en él.
Todo parecía que iba a acabar este modo, y sin embargo, no se sentía disgustado, ni arrepentido. Ahora sabía que su fe, su esperanza, se realizaría. Nunca pensó que el precio a  pagar fuese su propia vida, pero el único modo de ganar el arrepentimiento de su pueblo, era integrando sus debilidades y errores en si mismo.
Aceptando aquella prueba, Juan recibió todo el mal generado por Zaim, su pueblo, y ese mal le ahogaba y estaba punto de destrozarle. Sintió cómo llegaba la última hora, ya apenas podía respirar y su corazón latía con mucha dificultad. Era humano, tan humano como sus hermanos y por ello no pudo evitar, que sus ojos se inundaran de lágrimas.
En verdad sentía abandonar la vida. No temía a la muerte, pero su obra culminada con aquel sacrificio.
Su rostro fue a golpear el suelo con dureza y ello permitió que las lágrimas de sus ojos se vertieran libremente la tierra, y cuando esto ocurrió, nunca nadie podría imaginar, lo que allí sucedió.
De repente, la tierra se agitó y aquella enorme montaña se movió, como si de un ser vivo se tratase, dejando paso al brote de dos fluidos manantiales, que se convirtieron en hermosos ríos.
El cauce de aquellas aguas, llegó al lugar donde se encontraba Juan, acariciándole plácidamente en el rostro, y aquel encuentro tuvo un resultado mágico.
Los ojos de Juan se abrieron de nuevo y su corazón comenzó a latir de un modo especial.
Ya nada le impedía respirar y la presión de aquella sombra había desaparecido por completo.
Juan no pudo evitar manifestar su alegría y su entusiasmo. No sabría explicar lo que allí había ocurrido, pero la verdad es que tampoco le importaba mucho, lo único que le preocupaba en estos momentos era volver a su tierra, y guiado por ese deseo, siguió el cauce de aquellos ríos.
Sin saber cuántos días anduvo, apenas si descansada y, sin embargo, no parecía desfallecer. Aquel esfuerzo tuvo su recompensa, ya que al final de aquella jornada, cuando el ocaso del sol se dejaba despuntar, alcanzó la cima de una de tantas montañas y desde allí, pudo contemplar una escena que jamás podría olvidar.
A la altura de una profunda garganta aquellos ríos se juntaron en un amistoso encuentro, formando un solo brazo.  Continuaron con más brío el camino, hasta que de repente penetró en Zaim, la tierra de la alegría, y como llamado por una sabia misión, las aguas de aquel río arrastraron la basura y arrancaron la suciedad de cuantos rincones existían en aquellas tierras.
Fue una ardua tarea, pero al final, cuando la furia de aquellas aguas se calmaron y su caudal se apaciguó, Juan pudo dar gracias a la providencial ayuda de aquel río, pues Zaim volvía a ser la tierra que en un pasado conoció.
Pero Juan tendría que hacer frente a mayores sorpresas, pues serían muchas las leyendas que se contarían desde aquellos días, que asombrarían a cuantos viajeros visitasen Zaim, mas todas ellas tenían fundamento, pues cuentan, después de muchos años, que aquellos que habían perecidos víctimas de la enfermedad, del hambre, de la tristeza, incluso cuantos se quitaron la vida, volvieron a ella, y de esto, el propio Juan fue testigo, ya que cuando llegó a su hogar, encontró a su familia vistiendo ropas de luto, pero no tuvo que preguntar el motivo pues, a su espalda una voz le llamó por su nombre..., y aquella voz le recordó cierto sueño.
Era su padre que le llamaba, pues había vuelto. Le llamaba, como lo había hecho en aquel extraño sueño.
Juan y sus padres, al igual que otras muchas familias, se encontraron en un fuerte abrazo, y cuando las lágrimas se confundieron con la alegría del corazón, el tronar de una trompeta abrazó el cielo.
Pero ya nadie tendría miedo, pues sabían que se trataba de Jabamiah, el verbo que produce todas las cosas, que daba las gracias a su pueblo.

Fin

lunes, 27 de febrero de 2017

Cuento para Piscis: "Una hazaña de Amor-2ª parte"


Y pasó el tiempo desde aquel entonces. Los días habían transcurrido, pero lo había hecho con tanta lentitud -al menos así se lo parecería a los habitantes de Zaim-, que apenas había cambiado la situación.
El llanto aumentaba cada día que pasaba. Los lamentos se habían instituido como el único clamor inteligible. Ya nadie hablaba, tan sólo sufrían.
Los campos, diezmados por aquella tragedia, ya no daban alimentos. Los animales se alimentaban devorándose unos a otros y, muy pronto –temían-, se les acabaría su festín habitual, con lo cual harían peligrar la vida de ellos.
La enfermedad había penetrado en todos los hogares. Nadie estaba salvo ante aquella epidemia. La muerte se fue apoderando poco a poco de los más débiles y amenazaba con poner fin a aquella maldición.
Nadie enterraba a los muertos. No era necesario, pues, curiosamente, aquellos cuerpos sin vida no se descomponían.
Muchos aclamaban el perdón de Jabamiah, sin entender, que aquella dramática situación era el fruto de su obra, les pertenecía.
Ya nadie reía, ni sentían la necesidad de gratificar sus instintos de placer. Ahora la soledad era real, nadie la escondía con superfluos hábitos.
Era tanta la desesperación, que en muchos hogares, los padres de familia al ver cómo su hogar se desvanecía presa del dolor y de la muerte, decidieron acortar sus sufrimientos y abandonar la vida antes de tiempo, y la única solución que encontraron fue el suicidio.
Esto sucedió en el hogar de Juan. Muchos de sus hermanos habían perecido víctimas de la enfermedad, una enfermedad extraña que los sumía en un sueño profundo y letárgico.
El padre de Juan había sido siempre débil de espíritu y no supo soportar por más tiempo aquella situación, por lo que, en un momento de profunda soledad, puso fin a su vida, pensando que aquello era la mejor solución, lo que le permitiría no sufrir más.
Pero se equivocó de nuevo, pues una vez que se creyó muerto, descubrió con sorpresa, que lo que en verdad había muerto era su cuerpo físico, su atuendo material pero él, desdichadamente, aún estaba allí, vivo, consciente, y aunque su cuerpo yacía inerte y sin vida, continuaba sintiendo igual que antes, incluso percibía las mismas necesidades. Pero cuanto horror sintió al descubrir que ahora no podría satisfacerlas, pues ya no tenía cuerpo.
Aquella dolorosa impresión, junto al sufrimiento que veía reflejado en los corazones de su esposa e hijos, lamentando aquella muerte, hizo que aquel desdichado e infeliz hombre, descubriera la insensatez que había cometido.
Había querido escapar y evadirse de una situación opresiva, y lo único que había conseguido era perder la única arma disponible, su cuerpo, ya que sus sentimientos y pensamientos seguían vivos.
El padre de Juan observaba expectante, sin comprenderlo muy bien, cómo su familia cuidaba su cuerpo inerte.
El llanto de sus seres queridos desgarraba su corazón. Quiso hablarles con la intención de advertirles, de que no se preocupasen por él, pues no estaba muerto, todo lo contrario se sentía más vivo que nunca. Pero todo su afán resultó vano, pues nadie de los allí presentes podía oírle.
Casi cayó en el desespero cuando, hasta sus oídos llegó un rumor lejano, que se le antojó como familiar. Buscó con su mirada a su alrededor, pero en aquella inmensidad no pudo encontrar lo que buscaba. Sin embargo, aquel rumor parecía acercarse, sí, a cada momento que pasaba, se le hacía más conocido, pero nunca pudo imaginar que aquella experiencia le iba a producir tanto dolor.
Su rostro quedó crispado, apenas si podía salir de su asombro. Ante sus ojos se mostraba una escena aterradora. Cientos de espíritus, erraban sin rumbo alguno, sumidos en la más inimaginable soledad. Sus cuerpos, poco a poco se desvanecían y muchos aclamaban suplicantes para que les llegase su turno y aquel terrible tormento acabase.
El padre de Juan, confuso por aquella visión, se acercó hasta ellos y les preguntó:
  • ¿Podéis ayudarme?, Necesito saber dónde me encuentro, no comprendo...
Sin dejarle terminar, una voz apagada y vacía le dijo:
  • No te atormentes más. Acabas de integrarte a nuestro pelotón, y vagarás en este valle de lágrimas hasta que tu ciclo de vida llegue a su fin. Debes rezar para que esto sea pronto, puesto que padecerás mientras tanto, hambre y sed, calor y frío. Sufrirás y te contagiarás del dolor ajeno, y todo porque así, tú mismo lo decidiste. Podrás llorar, gritar, pero de nada te valdrá, y ahora incorpórate al grupo pues, otros como nosotros nos esperan en esta ruta endiablada.
  • Esperad, no podéis obligarme. Os lo suplico, esperad, aún no me he despedido de uno de mis hijos, es Juan, el más pequeño. Hace años que no se él. No sé, si habrá muerto. Partió un día de casa, en busca de una esperanza, pero aún no ha regresado.
  • Vamos, no insistas. Tiempo tuviste, cuando terrenalmente vivías para poder amar a tus hijos, ahora el tiempo es cruel con nosotros y cada segundo se nos hacen horas y las horas años.
  • Os prometo que me reuniré con vosotros. Siempre he sido un hombre de palabra, podéis creerme. Tan sólo quiero saber de mi hijo Juan -dijo suplicante aquel padre infeliz-.
  • Está bien, pero no olvides tu promesa. Acércate a la Morada de Eyael, él te revelará la verdad que buscas.
Y diciendo esto, aquel pelotón continuó lentamente su camino. No tenían prisa. Todos esperaban la liberación de aquella pesadilla que los mantenía cautivos de sus deseos, deseos que no podían satisfacer.
El padre de Juan buscó la morada de Eyael, y no tardó en llegar hasta sus puertas. Se acercó hasta la entrada y cuando aún no la había alcanzado, esta se abría ante él, invitándole una voz desde su interior a pasar.
  • Adelante, no tengas miedo. Te encuentras en la Morada de Eyael. Supongo, que querrás saber qué ha sido de tu hijo Juan, ¿no es cierto?
  • En efecto, así es. No tengo mucho tiempo, pues un largo recorrido me aguarda. He violado un principio capital atentando contra mi vida, pero antes quisiera despedirme de Juan. ¿Vive aún? -preguntó angustiadamente el desdichado espíritu, al que le aguardaba vagar errante por muchos años-.
  • Míralo por ti mismo.
Y diciendo esto, todo el paisaje se transfiguró, trasladándole a un lugar desconocido. Era un lugar diferente al que había conocido los últimos años. Le recordaba el pasado, cuando aún los preceptos de la Diosa Venus no habían sido violados.
Entre aquel hermoso paraje y confundiéndose con tanta belleza, pudo descubrir a Juan, su hijo pequeño. Estaba sumido en un profundo sueño. Le notó más envejecido y cansado, sus ropas hacían presumir que había caminado durante mucho tiempo y sufrido muchas penalidades. El padre de Juan se preguntó, cómo podría comunicarse con su hijo y fue Eyael, el que le dio la solución.
  • Puedes manifestarte aunque sea por una sola vez, en sus sueños, pero no lo olvides, tan sólo tienes una oportunidad.
Y siguiendo aquellas instrucciones, el padre de Juan penetró en los sueños de su hijo, y desde allí, le inspiró que tuviera fe, invitándole a no abandonar su empresa. Le habló de su familia y de su pueblo. Le explicó cuanto daño se había hecho así mismo acortando su vida, pero aún tenía la esperanza, de que algún día, todos volverían a encontrarse de nuevo en Zaim, la tierra de la alegría.
Con ese grato recuerdo, Juan saboreaba y recibía aquel nuevo día, y tuvo la sensación extraña, de que aquel sería un día muy especial.

...continuará

domingo, 26 de febrero de 2017

Cuento para Piscis: "Una hazaña de Amor-1ª parte"


Coincidiendo con el ocaso del Sol, Zaim, la tierra de la alegría, resucitaba de su letargo abriendo sus puertas al espíritu ardiente y a los corazones deseosos de saciar sus apetencias y sus sentidos, con el dulce sabor del placer.

El jubiloso compás de la música, acompañaba melodiosamente a los cantos y risas que se confundían -sin que ello pareciera preocupar a nadie-, entre el alboroto de la gran multitud.
Todo un derroche de energía dibujaba el paisaje de aquella tierra. A cada atardecer y como sonámbulos de un sueño, cada uno hacía lo que le venía en gana, sin que, entre toda aquella confusión y caos, alguien pusiera orden.

El alcohol amenazaba con inundar las calles, y aquello parecía ser la mayor de las delicias de cuantos allí se encontraban.
Apenas si se podía respirar sin dificultad, el aire, enrarecido por el hedor nauseabundo de la basura y desechos, contaminaba con pesadez toda la atmósfera.
Pero aquello no impedía que los habitantes de Zaim continuaran con sus desmanes. Satisfacer sus deseos, era su única preocupación y por ello se encontraban entregados, en cuerpo y alma, en la conquista de la gratificación de sus placeres.
Nada les importaba, querían ignorar si cuanto hacían, estaba bien o mal. La única verdad que entendían, era conseguir cuantas cosas deseasen.
Zaim, la tierra de la alegría, protegida por la diosa de la belleza, Venus, había dejado de serlo. La alegría hacía ya tiempo que fue confundida, su trono fue ocupado por el espíritu del goce, y desde entonces la gran mayoría de cuantos habitaban en aquellas tierras, vivían tan sólo para gratificar sus apetencias de placer.
Aquella tierra, fecunda de miel y leche, se convirtió en una tierra estéril, donde su único alimento era la soledad.
Todos tenían un profundo y secreto pánico a la soledad, y es por ello, que uno uno se fueron cobijando en un mundo de ilusión, irreal, pero que, a cambio de vivir en él, les permitía olvidar su temor ante la soledad.
De este modo, ocupaban todo su tiempo en celebrar grandes fiestas y seductores bacanales, y todo ello se convirtió en su único afán de conquista.
Muchos pensaron que el alcohol, las drogas y una vida entregada al placer, era la solución que les permitiría alejarse de esa sombra de tinieblas.
Pero aquel error no podía perdurar y perpetuarse por más tiempo, ya que Zaim se había convertido en una tierra de basura y desperdicio, donde los únicos que se sentían a gusto eran las alimañas y los depredadores.
Viendo la Diosa Venus, que la tierra que un día bendijo se había adulterado y corrompido, decidió mandar a un enviado.
Se trataba de un ángel mensajero, cuya misión era comunicar a aquel pueblo el mensaje de la Diosa.
Y así ocurrió, que cierto día, cuando aún muchos dormían, aquel ángel descendió a la tierra de Zaim y no pudo evitar el sentir una profunda pena.
De muchos rincones a la vez, le llegaba el desgarrador llanto del sufrimiento.
En su pecho sintió un profundo dolor, y la compasión le llevó hasta aquellos seres afligidos.
Haciendo uso de su poder, aquel ángel tomó su trompeta y elevándola hasta la inmensidad del cielo, la hizo coronar, y de ese quejido celestial nació una extraña melodía, que sin duda era digna de una presencia angelical.
Fueron sorprendentes los resultados y efectividad de aquella llamada. De inmediato, el ángel se encontró rodeado de una gran multitud y mirándolos compasivamente, se dirigió a ellos diciéndoles:
·     Mi nombre es Jabamiah, Verbo que produce todas las cosas. He sido enviado por Venus, la Diosa que bendice desde su trono esta tierra de belleza y alegría. La tristeza ha penetrado en su corazón, al ver que la dicha con la que os rodeó ha sido motivo de desgracia, y ahora debéis reconocer vuestro error.
Habéis caído en las más bajas de las acciones. Habéis adulterado el alimento que se os entregó y vuestra irresponsabilidad a envenenado esta tierra. Es por ello que permanecerá estéril hasta que la basura que habéis sembrado desaparezca.
En mi habéis encontrado siempre a un aliado, y sin que lo hayáis sabido, os he ofrecido el aliento de la regeneración y he estado a vuestro lado inspirando el espíritu de la resurrección.
Mi trompeta ha sonado y su tono ha sido siempre elevado, pero ahora os digo que vagaréis en la confusión y un pesado mal caerá sobre esta tierra.
No penséis que esa maldición es obra mía. Sabed que es la sombra que habéis tejido y que ahora retorna a su dueño.
Muchos deberéis gritar para hacer que vuestro verbo llegué hasta mi, pues espesa es la red que cubrirá.
Y diciendo estas últimas palabras, el ángel Jabamiah desapareció entre los átomos del éter.
Todos parecían haber enmudecido. Tan sólo se atrevió a interrumpir aquel frío silencio, el acostumbrado rumor de las ratas devorando su festín diario.
Alguien gritó desesperado...
  • Matad a estas ratas, os lo ruego matadlas...
Pero todos estaban muy ocupados, pensando en lo que acababan de conocer por el ángel.
A pesar de que muchos dudaron, otros más prudentes, sintieron una sincera fe en las palabras de aquel enviado.
Pasaron tres días desde que aquel incidente tuviera lugar. Muchos dicen que el tiempo lo hace olvidar todo, y esta apreciación fue una gran verdad para la gran mayoría de cuantos habitaban en Zaim.
Tan sólo tres días bastaron para alejar aquel miedo, que en un principio atemorizó todos. Estaban convencidos de que nada ocurriría, y la certeza de sus apreciaciones era palpable, nada había ocurrido.
Autoconvencidos de que nada iba a pasar, volvieron a las andadas, y una vez más, coincidiendo con el atardecer, las bebidas, las drogas y el placer, violaron de nuevo la paz de aquella tierra.
Pero no lo harían por mucho tiempo más, pues en ese mismo instante, todos pudieron oír un grito escalofriante.
  • Acudid, acudid todos, es el espíritu de la muerte que se acerca a nosotros. Venid, salid de vuestras infernales cuevas, la maldición de Jabamiah, se ciñe sobre esta tierra.
El pánico no tardó en apoderarse de aquel gentío. Todos corrían despavoridos y asustados. En aquella confusión, muchos perecieron pisoteados por sus propios compañeros, pero la verdad es que nadie se quería perder aquel espectáculo.
Entre las montañas, una sombra oscura y pesada parecía dibujarse. Poco a poco, como una sombra con vida, se iba extendiendo cada vez más. No tardaría en ganar el espacio que la separaba de aquella tierra, y este pensamiento obsesionó las mentes de todos cuantos allí se encontraban expectantes.
No tardó en hacer su aparición de nuevo el pánico. Todos querían huir de aquel lugar, pues temían que aquella sombra, pondría fin a sus vidas.
Lo cierto era, que en la más profunda confusión, muchos quisieron abandonar aquellas tierras, pero no pudieron ni tan siquiera llegar hasta sus casas, pues aquella sombra cubrió, con un manto de espesa niebla, todo el lugar.
Zaim se encontraba totalmente cubierta y la noche se ciñó en su contorno, y cuando esto ocurría, una voz llegada del cielo exclamó:
  • Así permanecerás Zaim, sin luz, hasta que tu pueblo abra de nuevo las puertas de la verdadera vida.
Y muchos quedaron paralizados por el miedo, y el llanto acompañó al lamento,  y juntos visitarían casa por casa, hogar por hogar.
Pero entre tantos, no todos se sentían culpables de aquella maldición. Sí se lamentaban, pero no era por la situación actual, sino porque debieron haber abandonado aquellas tierras hacía ya mucho tiempo.
En uno de los hogares, situado más al norte de Zaim, vivía una familia respetable y humilde.
Muchos decían que se distinguían de las demás familias, porque el más pequeño de los hijos de aquel matrimonio, Juan, jamás nadie lo había visto gratificando las ansias del placer, lo que sí en cambio, era algo común en el resto de las familias.
Juan, gracias a sus sentimientos de haber de abnegación, había adquirido un corazón sincero, y sus deseos no eran otros hacer de servir a cuantos necesitaban de su ayuda.
Por esta razón era odiado por sus siete hermanos, los cuales en el fondo lo que querían era ser igual que él, imitarle, pero estaban tan influenciados por los demás, que no dejaban tiempo para actuar, al igual que su hermano menor.
En aquella trágica situación, Juan trataba de tranquilizar a sus hermanos y padres, pues sintiéndose víctimas de aquella maldición, lloraban desesperadamente sin saber qué hacer.
Aquella situación de tanta aflicción le parecía irresistible. No podía ver sufrir a los demás y menos aún a su familia.
  • Por favor padre, hermanos, no lloréis, debéis tener fe. La Diosa Venus, no nos abandonará -le dijo Juan a su familia, intentando fortalecerles-.
Pero sus hermanos no estaban dispuestos a aceptar su aire de compasión y por ello, el mayor le contestó:
  • Cállate, infeliz, ¿acaso no tienes ojos en la cara para ver que todos vamos a morir?
El miedo les impedía razonar. Todos creían que iban a perecer, pero Juan quiso ayudarles a comprender aquella situación.
  • Estás en un error, hermano. Nadie va a morir por esta espesa niebla. Recordad lo que dijo el ángel Jabamiah. Todo desaparecerá cuando seamos capaces de poner fin a esta tierra de basura que hemos generado.
  • Ya que todo lo sabes, dinos, ¿quién es capaz de limpiar tanta miseria y desolación? Nadie se aventurará en esa empresa.
  • Te equivocas de nuevo, hermano. Yo mismo, si quisiereis, me atrevería.
Inspirado por una fe inalterable, Juan quería demostrar a sus hermanos que todo aquello no era más que una ilusión, un espejismo, y armado con la única fuerza que conociera, el amor, estaba dispuesto a poner fin a esta situación.
En cambio, el ofrecimiento de Juan sería utilizado por sus hermanos, que desde hacía ya tiempo venían tramando deshacerse de él.
Ahora veían que la oportunidad les favorecería para llevar a cabo su traición y fue por ello, por lo que todos cambiaron de actitud, pensando que si convencían a Juan para que emprendiera aquella empresa, ya no lo volverían a ver nunca más.
  • Quizás tengas razón, hermano -le dijo el mayor de ellos-, tu siempre has demostrado un especial interés por el necesitado. Ahora puedes ayudarnos a todos, necesitamos de tu ayuda, pues ya ves cómo sufrimos. Es una buena idea. Debes ir y encontrar la solución. No dejes que el tiempo transcurra. Cada momento que pasa, nos sentimos más angustiado.
Aquella cruel estrategia, no serviría para convencer a Juan, el pequeño de los hermanos. Él no necesitaba el estímulo de ellos, pues nunca lo había encontrado, pero a pesar de esto, la compasión que sentía por tanto sufrimiento, fue motivo suficiente para que decidiera emprender el camino hacia un lugar que le era aún desconocido.
La fe era su única guía y sabía que le llevaría hasta el lugar adecuado. Y así, de este modo, Juan, se despidió de su familia, a la que antes de irse prometió que volvería.

...continuará