lunes, 19 de febrero de 2024

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 50

LECCIÓN 50

El Amor de Dios es mi sustento.

1. He aquí la respuesta a cualquier problema que se te presente, hoy, mañana o a lo largo del tiempo. 2Crees que lo que te sustenta en este mundo es todo menos Dios. 3Has depositado tu fe en los símbolos más triviales y absurdos: en píldoras, dinero, ropa "protectora", influencia, prestigio, caer bien, estar "bien" relacionado y en una lista interminable de cosas huecas y sin fundamento a las que dotas de poderes mágicos.

2. Todas esas cosas son tus sustitutos del Amor de Dios. 2Todas esas cosas se atesoran para asegurar la identificación con el cuerpo. 3Son himnos de alabanza al ego. 4No deposites tu fe en lo que no tiene valor. 5No te sustentará.

3. Sólo el Amor de Dios te protegerá en toda circunstancia. 2Te rescatará de toda tribulación y te elevará por encima de todos los peligros que percibes en este mundo a un ambiente de paz y seguridad perfectas. 3Te llevará a un estado mental que no puede verse amenazado ni perturbado por nada, y en el que nada puede interrumpir la eterna calma del Hijo de Dios.

4. No deposites tu fe en ilusiones. 2Te fallarán. 3Deposita toda tu fe en el Amor de Dios en ti: eterno, inmutable y por siempre indefectible. 4Ésta es la respuesta a todo problema que se te presente hoy. 5Por medio del Amor de Dios en ti puedes resolver toda aparente dificultad sin esfuerzo alguno y con absoluta confianza. 6Dite esto a ti mismo con frecuencia hoy. 7Es una declaración de que te has liberado de la creencia en ídolos. 8Es tu reconocimiento de la verdad acerca de ti.

5. Durante diez minutos dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche, deja que la idea de hoy se adentre muy hondo en tu conciencia. 2Repítela, reflexiona sobre ella, deja que pensamientos afines vengan a ayudarte a reconocer su verdad, y per­mite que la paz se extienda sobre ti como un manto de protección y seguridad. 3No permitas que ningún pensamiento vano o necio venga a perturbar la santa mente del Hijo de Dios. 4Tal es el Reino de los Cielos. 5Tal es el lugar de descanso donde tu Padre te ubicó eternamente.

¿Qué me enseña esta lección? 

Preguntémonos, ¿sentimos amor o temor por Dios? 

Tal vez, si nos surge la duda, la siguiente reflexión nos ayude a encontrar una respuesta: “cuán grande tiene que ser el Amor de Dios por nosotros, para que Él nos haya dado una parte de Sí Mismo a fin de evitarnos dolor y brindarnos dicha” (T-24.VI.10:5). 

Debemos saber que, “El temor a Dios es el resultado ineludible de la lección que afirma que Su Hijo es culpable, de la misma manera en que el Amor de Dios no puede sino recordarse cuando el Hijo reconoce su inocencia” (T-31.I.10:1). 

“Dios no juzga a Su inocente Hijo. Habiéndose dado a Sí Mismo a él, ¿cómo iba a poder juzgarlo?” (T-11.VI.7:6-7). 

“¿Qué podría haber que fuese más grande que el Amor de Dios?” (T-10.In.3:5). 

Tomar consciencia de esta realidad nos llevará a sentir una profunda paz interior. Ese reconocimiento nos indica que hemos alcanzado un punto importante de comprensión de lo que somos en verdad. 

Significa tener la certeza de que somos Hijos de Dios, y que, como tal, somos merecedores de su heredad. La Eternidad y su Abundancia Plena, nos colmará de la máxima satisfacción a la que podemos aspirar. 

El Amor de Dios, aunque a un nivel superior, inspira el amor que sentimos por nuestros hijos a nivel microcósmico. Sabemos que cuando tengamos miedo, Él, a través de su Voz, nos socorrerá, nos calmará, alejando de nuestro sueño las trágicas pesadillas. Cuando estemos identificados con los malos momentos, con la tribulación, Él, nos cobijará y aportará consuelo.

Si conseguimos albergar en nuestro corazón el sentimiento de Amor hacia nuestro Padre, nuestra vida será una experiencia enriquecedora. 

Os invito a participar en un acto de honestidad individual. Preguntémonos, ¿realmente encontramos la paz que añoramos en las cosas que nos ofrece el mundo material? Difícilmente podremos encontrar la paz en lo efímero, en la ilusión. Tal vez, como yo, puedas traer a tu presente, el recuerdo de alguna vivencia que, temporalmente, te haya podido aportar paz. Si te tomas unos minutos y recreas fielmente lo ocurrido en ese instante, tal vez puedas captar que la experiencia externa no es realmente la que te permite sentirte en paz. Eres tú, el que le da ese "poder" a tu mente, es decir, te permites juzgar que lo que estás viviendo es motivo para sentirte en paz. 

Ya lo hemos dicho, en alguna otra ocasión, no es en el nivel de los efectos donde debemos corregir, sino en el nivel de las causas, o lo que es lo mismo, no es en lo percibido, sino en el pensamiento que nos lleva a percibirlo. Si en tu código mental encuentras la creencia de que, para gozar de paz, debes experimentar unas vivencias determinadas, entonces estarás poniendo en manos de lo externo, las condiciones para que puedas sentir o no esa paz. 

Pero si en nuestra mente, albergamos la creencia de que tan solo Dios es nuestro sustento y nuestra única realidad, entonces estamos reclamando que la paz es nuestra elección, independientemente de lo que experimentemos externamente. 

Así lo expresa UCDM: 

“Un Hijo de Dios es feliz únicamente cuando sabe que está, con Dios. Ése es el único medio ambiente en el que no sufre tensión porque ahí es donde le corresponde estar. Es también el único medio ambiente que es digno de él porque su valía está más allá de cualquier cosa que él pueda inventar” (T-7.XI.2:6-8). 

“Examina el reino que fabricaste y juzga su valor imparcialmente. ¿Es acaso digno de ser la morada de una criatura de Dios? ¿Protege tal mundo su paz e irradia amor sobre ella? ¿Evita acaso que su corazón se vea afectado por el miedo, y le permite dar siempre sin experimentar ninguna sensación de pérdida? ¿Le enseña que esa forma de dar es su dicha, y que Dios Mismo le agradece lo que da? Ése es el único ambiente en el que puedes ser feliz. Tú no lo puedes "crear", como tampoco puedes "crearte" a ti mismo. Fue creado para ti, tal como tú fuiste creado para él. Dios vela por Sus Hijos y no les niega nada. Mas cuando ellos lo niegan a Él, dejan de ser conscientes de eso porque se niegan todo a sí mismos. Tú, que podrías estar dando el Amor de Dios a todo lo que ves, a todo lo que tocas y a todo lo que recuerdas, estás literalmente negándote el Cielo a ti mismo” (T-7.XI.3:1-11). 

Ejemplo-Guía: ¿Por qué si somos "abundantes", en nuestras vivencias experimentamos la escasez? 

Algunos, interpretareis esta pregunta como inapropiada desde el punto de vista de las enseñanzas que nos aporta Un Curso de Milagros. Y estoy de acuerdo en esa apreciación. No obstante, son muchos los estudiantes que se plantean, en sus inicios, esta preocupación.

Es evidente, que la pregunta tan solo puede proceder de una mente identificada con el mundo de la percepción, la que fundamenta a las creencias que dan credibilidad a la naturaleza del ego. Todas las preguntas planteadas por el ego, tratará de menospreciar la verdad espiritual. De hecho, su "existencia" depende del despertar de la conciencia a la verdad, que nos revelará nuestra propia realidad. 

Si la cuestión que hemos planteado en nuestro ejemplo no la hacemos desde el corazón, si verdaderamente, no deseamos oír la respuesta, difícilmente podremos aceptar lo que la verdad tiene que aportar sobre ella. “Nadie aprende a menos que quiera aprender y crea que de alguna manera lo necesita” (T-1.VI.1:2). 

“Si bien en la creación de Dios no hay carencia, en lo que tú has fabricado es muy evidente. De hecho, ésa es la diferencia fundamental entre lo uno y lo otro. La idea de carencia implica que crees que estarías mejor en un estado que de alguna manera fuese diferente de aquel en el que ahora te encuentras” (T-1.VI.1:3-5). 

La cuestión es que antes de la "separación", que es lo que significa la "caída", no se carecía de nada. No había necesidades de ninguna clase. Las necesidades surgen debido únicamente a que nos privamos a nosotros mismos. Actuamos de acuerdo con el orden particular de necesidades que establecemos, y esto, a su vez, depende de la percepción que tenemos de lo que creemos ser. 

Podemos darle todas las vueltas que queramos. Pero la verdad es muy simple. Si creemos que estamos separados de Dios, estaremos proclamando nuestra carencia. Estaremos creyendo en el mandato condenatorio, procedente de nuestro Creador, que resuena en nuestro inconsciente colectivo con gran fuerza y determinación: "ganarás el pan con el sudor de tu frente". 

Pero estamos tergiversando ese mensaje, y lo hacemos porque hemos elegido sentirnos pecadores al utilizar los atributos divinos con los que Él nos creó. ¿Qué contradicción? Dios nos crea a Su Imagen y Semejanza, pero con una condición, "no actúes como Dios". Es como si a nuestros hijos, lo castigásemos por hacer uso de su capacidad creadora. Nuestro hijo, tendría todos los argumentos a su favor para preguntar a su padre, ¿cómo me pides que no haga lo que tú has hecho? 

El Curso nos dice a este respecto: "La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensación de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesitado" (T-1.VI.2:1-2). 

 ¿Te identificas entre los que te crees separado de Dios? ¿Te identificas entre los que tienen dudas y no se deciden en confiar tan sólo en Dios? ¿Te identificas entre los que necesitan ver para creer? 

Fijaros lo que el Curso nos recomienda en este sentido: 

“Sólo el Espíritu Santo sabe lo que necesitas. Pues Él te proveerá de todas las cosas que no obstaculizan el camino hacia la luz. ¿Qué otra cosa podrías necesitar? Mientras estés en el tiempo, Él te proveerá de todo cuanto necesites, y lo renovará siempre que tengas necesidad de ello. No te privará de nada mientras lo necesites. Mas Él sabe que todo cuanto necesitas es temporal, y que sólo durará hasta que dejes a un lado todas tus necesidades y te des cuenta de que todas ellas han sido satisfechas. El Espíritu Santo no tiene, por lo tanto, ningún interés en las cosas que te proporciona. Lo único que le interesa es asegurarse de que no te valgas de ellas para prolongar tu estadía en el tiempo. Sabe que ahí no estás en casa, y no es Su Voluntad que demores tu jubiloso regreso a tu hogar” (T-13.VIII.12:1-8). 

“Deja, por lo tanto, todas tus necesidades en Sus manos. Él las colmará sin darles ninguna importancia. Lo que Él te provee no conlleva ningún riesgo, pues Él se asegurará de que no pueda convertirse, en un punto tenebroso, oculto en tu mente y que se conserva para hacerte daño. Bajo Su dirección viajarás ligero de equipaje y sin contratiempos, pues Él siempre tiene puestas Sus miras en el final de la jornada, que es Su objetivo. El Hijo de Dios no es un viajero por mundos externos. No importa cuán santa pueda volverse su percepción, ningún mundo externo a él contiene su herencia. Dentro de sí mismo no tiene necesidades de ninguna clase, pues la luz sólo necesita brillar en paz para dejar que desde sí misma sus rayos se extiendan quedamente hasta el infinito” (T-13.VII.13:1-7). 

“Siempre que te sientas tentado de emprender un viaje inútil que no haría sino alejarte de la luz, recuerda lo que realmente quieres, y di:  

 El Espíritu Santo me conduce hasta Cristo, pues, ¿a qué otro sitio querría ir? ¿Qué otra necesidad tengo, salvo la de despertar en Él?” (T-13.VII.14:1-3) 

Reflexión: ¿Pones tus problemas en manos de Dios o le exiges cómo debe responder?

2 comentarios: