sábado, 22 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 296

LECCIÓN 296

El Espíritu Santo habla hoy a través de mí.

1. El Espíritu Santo necesita hoy mi voz para que todo el mundo pueda escuchar Tu Voz y oír Tu Palabra a través de mí. 2Estoy resuelto a dejar que hables a través de mí, pues no quiero usar otras palabras que las Tuyas, ni tener pensamientos aparte de los Tuyos, pues sólo los Tuyos son verdaderos. 3Quiero ser el salvador del mundo que fabriqué. 4Pues ya que lo condené, quiero liberarlo, de manera que pueda escapar y oír la Palabra que Tu santa Voz ha de comunicarme hoy.

2. Hoy sólo enseñaremos lo que queremos aprender, y nada más. 2De este modo, nuestro objetivo de aprendizaje queda libre de conflictos, lo cual nos permite alcanzarlo con facilidad y rapidez. 3¡Cuán gustosamente viene el Espíritu Santo a rescatarnos del infierno cuando permitimos que a través de nosotros Sus ense­ñanzas persuadan al mundo para que busque y halle el fácil sen­dero que conduce a Dios!

¿Qué me enseña esta lección?


Dentro del sueño que vivimos, la palabra tiene un papel estelar, pues a través de ella, comunicamos y compartimos con el resto del mundo, el contenido de nuestros pensamientos y sentimientos.

Nuestras creencias, encuentran en la palabra un canal de comunicación que define nuestra identidad, nuestros valores y principios, en definitiva, expresa el ser que creemos ser.

Si a través de nuestra palabra, expresamos juicios condenatorios, en verdad, lo que estamos haciendo es proyectar el nivel de exigencia y condena que nos aplicamos internamente.

Podemos utilizar nuestra palabra, para expresar nuestro miedo o nuestro amor. Cuando apostamos por el miedo, aquello que expresamos se tiñe con los tintes de la culpabilidad. Nos hemos juzgados y nos hemos condenado. Tan sólo nos cabe esperar el castigo como la única vía de purificación que creemos eficaz.
En cambio, cuando nuestra voz emite palabras de amor, estamos contagiando al receptor o receptores, con el Espíritu de la Paz, de la Dicha, de la Felicidad. Estamos, verdaderamente, creando.

La palabra transmite un tono vibratorio, que al igual que la música, puede fabricar o crear. Cuando fabricamos, estamos generando ilusión, y todo lo ilusorio, como todo lo temporal, acaba muriendo. Mientras que, cuando creamos, estamos generando vida, estamos creando eternidad y vida.

Nos dicen, los textos sagrados, que el Verbo es creador. Ese verbo es nuestra palabra. ¡Cuidémosla! Cuando hablemos, recordemos, que el contenido de nuestra palabra va dirigido hacia nosotros mismos, pues nuestros hermanos y nosotros, somos Uno.

Ejemplo-Guía: "Sobre  la enseñanza"

Comparto la idea que transmite el Curso, cuando nos revela que Dios no enseña, pues enseñar implica un insuficiencia que Dios sabe que no existe. Dios no está en conflicto y el propósito de enseñar es producir cambios, pero Dios sólo creó lo inmutable. En este sentido, la separación no fue una pérdida de la perfección, sino una interrupción de la comunicación. 

Dejamos de gozar de la comunicación directa con nuestro Creador y en su lugar, elegimos oír la voz del ego, la cual irrumpió en nuestra mente de forma estridente. Tal vez te surja la pregunta, ¿por que Dios no impidió tal hecho?, pero el Curso nos aclara este punto diciéndonos que Dios no la acalló porque erradicarla habría sido atacarla. Habiendo sido cuestionado, Él no cuestionó. Él simplemente dio la Respuesta. Su Respuesta es tu Maestro, el Espíritu Santo.

Enseñar, se puede hacer de muchas maneras, pero como bien nos revela el Curso, el mejor modo de hacerlo es a través del ejemplo. Si bien esto es cierto, no podemos olvidar el uso de la palabra, y en este sentido debemos saber que podemos hablar desde el espíritu o desde el ego. Hay una manera de distinguir, cual es la fuente que nos motiva. Si hablamos desde el espíritu es que hemos decidido acatar las palabras "Detente y reconoce que yo soy Dios". Son palabras inspiradas porque reflejan conocimiento y las expresamos desde el ánimo, desde el alma. En cambio, si hablamos desde el ego, lo que hacemos es renegar del conocimiento en vez de ratificarlo, y ello se expresa en un estado de des-ánimo. Con relación a esto que digo, puedo verificar por mis propias experiencias, que cuando nos ponemos al servicio del Espíritu Santo y servimos como canales a su mensaje, es como si no hablásemos nosotros. En ocasiones, llegamos a pronunciar mensajes de los que no eramos conscientes que lo sabíamos. Os puedo asegurar, que la mayor ratificación de que hablamos sostenidos por el "ánimo" la reconoceremos por la opinión de aquellos que ha sido los receptores del mensaje, los cuales, te confirman que el mensaje les ha llegado al alma.

Como bien nos indica el Texto, enseñar debe ser curativo, ya que consiste en compartir ideas y en el reconocimiento de que compartir ideas es reforzarlas. Jesús nos exhorta a que enseñemos lo que hemos aprendido porque al hacer podremos contar con ello.

Me encanta la siguiente frase: "Eres lo que enseñas, pero es evidente que puedes enseñar incorrectamente, y, por consiguiente, te pue­des enseñar mal a ti mismo."

Nos hemos enseñado a creer que no somos lo que realmente somos. Con lo cual no nos conocemos en absoluto y vamos por el mundo intentando conocernos a través del juicio que hacemos de los demás. En este sentido, cada lección que enseñamos es una lección que estamos aprendiendo.

¿Qué lección debemos enseñar y aprender?

Un Curso de Milagros, nos lo pone fácil, pues nos dice que debemos enseñar tan sólo una lección: Enseña solamente amor, pues eso es lo que eres. La única manera de aprenderla es enseñándola, pues lo que enseñemos es lo que aprendemos y no podemos olvidar, que lo que enseñamos, nos lo enseñamos a nosotros mismos.

Vamos a extendernos un poco más en el tema de la enseñanza y, para ello, bucearemos en el contenido del Texto:
"La enseñanza y el aprendizaje correctos

Un buen maestro clarifica sus propias ideas y las refuerza al enseñarlas. En el proceso de aprendizaje tanto el maestro como el alumno están a la par. Ambos se encuentran en el mismo nivel de aprendizaje, y a menos que compartan sus lecciones les faltará convicción. Un buen maestro debe tener fe en las ideas que enseña, pero tiene que satisfacer además otra condición: debe tener fe en los estudiantes a quienes ofrece sus ideas.

Muchos montan guardia en torno a sus ideas porque quieren conservar sus sistemas de pensamiento intactos, y aprender signi­fica cambiar. Los que creen estar separados siempre temen cam­biar porque no pueden concebir que los cambios sean un paso hacia adelante en el proceso de subsanar la separación. Siempre los perciben como un paso hacia una mayor separación, debido a que la separación fue su primera experiencia de cambio. Crees que si no permites ningún cambio en tu ego alcanzarás la paz. Esta marcada confusión sólo puede tener lugar si sostienes que un mismo sistema de pensamiento puede erigirse sobre dos cimientos distintos. Nada puede llegar al espíritu desde el ego, ni nada puede llegar al ego desde el espíritu. El espíritu no puede ni reforzar al ego, ni aminorar el conflicto interno de éste. El ego en sí es una contradicción. Tu falso ser y el Ser de Dios están en oposición. Y lo están con respecto a sus orígenes, rumbos y de­senlaces. Son fundamentalmente irreconciliables porque el espí­ritu no puede percibir y el ego no puede gozar de conocimiento. No están, por lo tanto, en comunicación, ni jamás lo podrán estar. El ego, sin embargo, puede aprender, aún cuando su hace­dor esté desencaminado. Este, no obstante, no puede hacer que lo que fue infundido con vida sea completamente exánime.

El espíritu no tiene necesidad de que se le enseñe nada, pero el ego sí. El proceso de aprender se percibe, en última instancia, como algo aterrador porque conduce, no a la destrucción del ego, sino al abandono de éste a la luz del espíritu. Éste es el cambio que el ego no puede sino temer, puesto que no comparte mi cari­dad. La lección que yo tuve que aprender es la misma que tú tienes que aprender ahora, y puesto que la aprendí, puedo ense­ñártela. Nunca atacaré a tu ego, si bien estoy tratando de enseñar­te cómo surgió su sistema de pensamiento. Cuando te recuerdo tu verdadera creación, tu ego no puede por menos que reaccionar con miedo.

Aprender y enseñar son los mayores recursos de que dispones ahora porque te permiten cambiar de mentalidad y ayudar a otros a hacer lo mismo. Negarte a cambiar de mentalidad no consegui­ría probar que la separación no ocurrió. El soñador que duda de la realidad de su sueño mientras todavía está soñando no está realmente sanando su mente dividida. Tú sueñas con un ego separado y crees en el mundo que se basa en él. Todo ello te parece muy real. No puedes deshacerlo sin cambiar de mentali­dad al respecto. Si estás dispuesto a renunciar al papel de guar­dián de tu sistema de pensamiento y ofrecérmelo a mí, yo lo corregiré con gran delicadeza y te conduciré de regreso a Dios.

Todo buen maestro espera impartir a sus estudiantes tanto de lo que él mismo ha aprendido que algún día dejen de necesitarle. Este es el verdadero y único objetivo del maestro. Es imposible convencer al ego de esto porque va en contra de todas sus leyes. Pero recuerda que las leyes se promulgan para proteger la continuidad del sistema en que cree el que las promulga. Es natural que el ego trate de protegerse a sí mismo una vez que lo inven­taste, pero no es natural que desees obedecer sus leyes a menos que tú creas en ellas. El ego no puede tomar esta decisión debido a la naturaleza de su origen. Pero tú puedes tomarla debido a la naturaleza del tuyo.

Los egos pueden chocar en cualquier situación, pero es imposi­ble que el espíritu choque en absoluto. Si percibes a un maestro simplemente como "un ego más grande" sentirás miedo, ya que agrandar un ego es aumentar la ansiedad que produce la separa­ción. Enseñaré contigo y viviré contigo si estás dispuesto a pensar conmigo, pero mi objetivo será siempre eximirte finalmente de la necesidad de un maestro. Esto es lo opuesto al objetivo del maestro que se deja guiar por el ego. A ése sólo le interesa el efecto que su ego pueda tener sobre otros egos, y, por consi­guiente, interpreta la interacción entre ellos como un medio de conservar su propio ego. Yo no podría dedicarme a enseñar si creyese eso, y tú no serás un maestro dedicado mientras lo creas. Se me percibe constantemente como un maestro al que hay que exaltar o rechazar, pero yo no acepto ninguna de esas dos percep­ciones de mí mismo.

El que enseñes o aprendas no es lo que establece tu valía. Tu valía la estableció Dios. Mientras sigas oponiéndote a esto, todo lo que hagas te dará miedo, especialmente aquellas situaciones que tiendan a apoyar la creencia en la superioridad o en la infe­rioridad. Los maestros tienen que tener paciencia y repetir las lecciones que enseñan hasta que éstas se aprendan. Yo estoy dispuesto a hacer eso porque no tengo derecho a fijar los límites de tu aprendizaje por ti. Una vez más: nada de lo que haces, piensas o deseas es necesario para establecer tu valía. Este punto no es debatible excepto en fantasías. Tu ego no está nunca en entredi­cho porque Dios no lo creó. Tu espíritu no está nunca en entre­dicho porque Él lo creó. Cualquier confusión al respecto es ilusoria, y, mientras perdure esa ilusión, no es posible tener dedi­cación alguna." (T.4.I.1:7)

viernes, 21 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 295

LECCIÓN 295

El Espíritu Santo ve hoy a través de mí.

1. Hoy Cristo pide valerse de mis ojos para así redimir al mundo. 2Me pide este regalo para poder ofrecerme paz mental y eliminar todo terror y pesar. 3Y a medida que se me libra de éstos, los sueños que parecían envolver al mundo desaparecen. 4La redención es una. 5Al salvarme yo, el mundo se salva conmigo. 6Pues todos tenemos que ser redimidos juntos. 7El miedo se presenta en múltiples formas, pero el amor es uno.

2. Padre mío, Cristo me ha pedido un regalo, regalo éste que doy para que se me dé a mí. Ayúdame a usar los ojos de Cristo hoy, y permitir así que el Amor del Espíritu Santo bendiga todo cuanto contemple, de modo que la compasión de Su Amor pueda descender sobre mí.

¿Qué me enseña esta lección?


Ver con los ojos del cuerpo, nos lleva a percibir la separación y, como consecuencia de ello, a identificarnos con un mundo ilusorio y no real.

Los argumentos que fortalecen la creencia del ego, se fundamenta en las experiencias que extrae de su proyección en el mundo físico, donde su identidad queda supeditada a la imagen de un cuerpo.

El proceso de individualización de la conciencia nos ha llevado a negar la Unidad y a sustituirla por la convicción de que nos encontramos separados unos de otros, así como de la Fuente que nos ha Creado, de Dios.

Ver con los ojos del Espíritu, es regalar al Cristo, nuestra visión, de modo, que la percepción errónea ceda su hegemonía a la percepción verdadera, lo que permitirá que dejemos de identificarnos con lo ilusorio y conozcamos nuestra verdadera Realidad, nuestra Esencia Divina. Desde esa visión, Todo es Uno, y nuestra única meta, será hacer consciente esa Unidad a través de nuestras relaciones con los demás.

Ver con los ojos del cuerpo, nos lleva a la contemplación del miedo, del pecado, de la culpa, del castigo, del sufrimiento, del sacrificio, del conflicto, de la enfermedad, de la muerte.

Ver con los ojos del Espíritu Crístico, nos lleva a la contemplación del Amor, de la Inocencia, del Perdón; de la Salvación; de la Dicha; de la Bondad; de la Curación, de la Paz y de la Armonía, de la Eternidad, de la Verdadera Vida.


Ejemplo-Guía: "Ver con los ojos del cuerpo es estar ciego"

No es una afirmación drástica, ni tan siquiera rigurosa, pues, ¿acaso el que goza de la visión puede crear un mundo demente y caótico? ¿cómo es posible que viendo el sufrimiento que causan nuestros actos, podamos continuar infligiéndolos? 

No estamos aludiendo a una limitación de uno de los sentidos físico, de la vista, estamos refiriéndonos a una percepción errónea de la verdadera vida, la que tiene como base esencial, el Amor.

Los ojos del cuerpo pueden estar abiertos y percibir las múltiples formas que le ofrece el mundo material, pero el cuerpo es neutral, ya lo hemos estudiado, y tan sólo es el mensajero, pero no el mensaje. Si nuestra mente ve división, nuestro cuerpo verá diferencias y percibirá separación. Si nuestra mente ve unidad, a pesar de que nuestros cuerpos expresen rasgos distintos, sabremos apreciar los lazos de amor que nos unen.

Recorramos el contenido del Texto y recordemos lo que nos aporta sobre el aspecto que estamos analizando:
"Al contemplar con claridad el mundo que te rodea, no puedes sino darte cuenta de que estás sumergido en la demencia. Ves lo que no está ahí, y oyes lo que no emite sonido. Las emociones que expresas reflejan lo opuesto de lo que sientes. No te comunicas con nadie, y te encuentras tan aislado de la realidad como si tú fueses lo único que existe en todo el universo. En tu demencia pasas por alto la realidad completamente, y dondequiera que tu mirada se posa no ves más que tu mente dividida. Dios te llama, mas tú no le oyes, pues estás embebido en tu propia voz. Y no puedes ver la visión de Cristo, pues sólo te ves a ti mismo.

Criatura de Dios, ¿es eso lo que le quieres ofrecer a tu Padre? Pues si te lo ofreces a ti mismo, se lo ofreces a Él. Mas Él no te lo devolverá, pues no es digno de ti porque no es digno de Él. Aun así, Él quiere librarte de ello y ponerte en libertad. Su Respuesta cuerda te dice que lo que te has ofrecido a ti mismo no es verdad, pero que el ofrecimiento que Él te hizo sigue en pie. Tú que no sabes lo que haces puedes aprender lo que es la demencia y mirar más allá de ella. Se te ha concedido poder aprender a negarla y a escapar de tu mundo privado en paz. Verás todo lo que negaste en tus hermanos al haberlo negado en ti mismo. Pues los amarás y, al acercarte a ellos, los atraerás a ti al percibirlos como los testi­gos de la realidad que compartes con Dios. Yo estoy con ellos tal como estoy contigo, y juntos los extraeremos de sus mundos privados, pues tal como nosotros estamos unidos, así nos uniremos a ellos. El Padre nos da la bienvenida a todos con alegría, y alegría es lo que le debemos ofrecer. Pues se te ha encomendado cada Hijo de Dios a quien Dios se dio a Sí Mismo. Y es Dios lo que les debes ofrecer, para que puedas reconocer el regalo que Él te hizo.
La visión depende de la luz. En la oscuridad no puedes ver. Mas en la oscuridad -el mundo privado que habitas cuando duermes- ves en sueños a pesar de que tus ojos están cerrados. Ahí es donde lo que ves es obra tuya. Con todo, si abandonas la oscuridad dejarás de ver todo lo que hiciste, pues verlo depende de negar la visión. Sin embargo, negar la visión no quiere decir que no puedas ver. Mas eso es lo que hace la negación, pues mediante ella aceptas la demencia, al creer que puedes construir un mundo privado y gobernar tu propia percepción. Mas para esto, la luz tiene que ser excluida. Cuando ésta llega, no ­obstante, los sueños se desvanecen y entonces puedes ver.
No intentes alcanzar la visión valiéndote de los ojos, pues tú mismo inventaste tu manera de ver para así poder ver en la oscuridad, y en eso te engañas. Más allá de esta oscuridad, pero todavía dentro de ti, se encuentra la visión de Cristo, Quien contempla todo en la luz. Tu "visión" emana del miedo, tal como la Suya emana del amor. Él ve por ti, al ser tu testigo del mundo real. Él es la manifestación del Espíritu Santo, y lo único que hace es contemplar el mundo real, invocar a sus testigos y acercártelos. Cristo ama lo que ve en ti, y Su deseo es extenderlo. Y no retornará al Padre hasta que haya extendido tu percepción de forma que incluya al Padre. Y allí acaba la percepción, pues Él te habrá llevado consigo de vuelta al Padre.
Solo puedes experimentar dos emociones. Una la inventaste tú y la otra se te dio. Cada una de ellas representa una manera diferente de ver las cosas, y de sus correspondientes perspectivas emanan dos mundos distintos. Ve a través de la visión que se te ha dado, pues a través de la visión de Cristo Él se contempla a Sí Mismo. Y al ver lo que Él es, conoce a Su Padre. Más allá de tus sueños más tenebrosos Él ve en ti al inocente Hijo de Dios, res­plandeciendo con un fulgor perfecto que tus sueños no pueden atenuar. Y esto es lo que verás a medida que veas todo a través de Su visión, pues Su visión es el regalo de amor que Él te hace, y que el Padre le dio para ti.
El Espíritu Santo es la luz en la que Cristo se alza revelado. Y todos los que desean contemplarlo lo pueden ver, pues han pedido luz. No lo verán a Él solo, pues tal como ellos no están solos, Él tampoco lo está. Al ver al Hijo, ascendieron con Él hasta el Padre. Y todo esto lo entenderán porque miraron en su interior, más allá de la oscuridad, y al ver el Cristo en ellos lo reconocie­ron. En la cordura de Su visión se contemplaron a sí mismos con amor, y se vieron tal como el Espíritu Santo los ve. Y con esta visión de la verdad que mora en ellos, toda la belleza del mundo vino a resplandecer sobre ellos." (T.13.V.6:11)

jueves, 20 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 294

LECCIÓN 294

Mi cuerpo es algo completamente neutro.

1. Soy un Hijo de Dios. 2¿Cómo iba a poder ser también otra cosa? 3¿Acaso creó Dios lo mortal y lo corruptible? 4¿De qué le sirve al bienamado Hijo de Dios lo que ha de morir? 5Sin embargo, lo que es neutro no puede ver la muerte, pues allí no se han depositado pensamientos de miedo, ni se ha hecho de ello una parodia del amor. 6La neutralidad del cuerpo lo protege mientras siga siendo útil. 7Una vez que no tenga ningún propósito, se dejará a un lado. 8No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado. 9Es que simple­mente no tiene ninguna función, es innecesario, y, por consi­guiente, se le desecha. 10Haz que hoy no vea en él más que esto: algo que es útil por un tiempo y apto para servir, que se conserva mientras pueda ser de provecho, y luego es reemplazado por algo mejor.

2. Mi cuerpo, Padre, no puede ser Tu Hijo. 2Y lo que no ha sido creado no puede ser ni pecaminoso ni inocente; ni bueno ni malo. 3Déjame, pues, valerme de este sueño para poder ser de ayuda en Tu plan de que despertemos de todos los sueños que urdimos.


¿Qué me enseña esta lección?


Cuando actuamos, percibimos que es el cuerpo el que actúa y que lo hace por iniciativa propia. Esta percepción errónea está basada en la creencia de que somos un cuerpo.

Pero si observamos detenidamente el proceso de nuestros actos, no tardaremos en descubrir, que el cuerpo está al servicio de la mente, de los pensamientos y de los sentimientos.
Si pensamos en cosas alegres, nuestro cuerpo se fortalece y expresa un nivel de respuesta asertivo. En cambio, si pensamos en cosas que nos hagan sentir tristes, el cuerpo se debilita y presenta desgana y desinterés.

Esta aseveración es aplicable a la creencia de que el cuerpo es capaz de enfermar por sí sólo, independientemente de su relación con los pensamientos y emociones. Pero esto no es posible. Realmente, la enfermedad relacionada con el cuerpo no existe. El origen de lo que llamamos enfermedad, se encuentra en la mente, de modo que cuando pensamos y sentimos, erróneamente, nuestro cuerpo refleja ese error, dando lugar a estados de desorden físico.

Es importante conocer, que el cuerpo es neutral. Tiene una importante misión, la cual nos permite comunicarnos y compartir nuestros valores internos. Cuando sirve al Amor, tendrán lugar actos de Amor; cuando sirve al miedo, el cuerpo experimentará sufrimiento y ataques.

El cuerpo no es nuestra verdadera realidad, pero no por ello, debemos verlo como algo pecaminoso. En muchas fases de las religiones, el cuerpo ha sido juzgado como un instrumento al servicio del pecado. A veces, el sentimiento de culpa ha alcanzado dimensiones tan disparatadas, que nos han llevado a sacrificar una parte del cuerpo para así, calmar nuestras necesidades de redención y purificación. Si es mi ojo el que me hace sentir sucio, me saco el ojo. Si es mi mano, la que roba, me corto la mano.

Hoy vemos las cosas de otra manera. Hoy somos capaces de ver que el error se encuentra en la mente y no en el cuerpo. Es a nivel mental, donde debemos corregir el error y no a niveles físicos.

Ejemplo-Guía: "Por qué creemos necesaria la enfermedad?

¿Cómo podemos desear la enfermedad? ¿Cómo podemos desear la muerte?

En efecto, no son deseos conscientes. No es que nos digamos: "cuerpo, enferma, que he obrado mal". Es precisamente la visión pecaminosa, la que nos lleva a expresar culpa y a proyectarla externamente, sobre los demás y sobre nuestro cuerpo, al que hemos dado el papel principal de nuestra existencia, desde el punto de vista del ego.

Cuando no queremos ver nuestra propia oscuridad, decidimos verla fuera. Cuando nos sentimos culpables, de forma inmediata desatamos la dinámica redentora del castigo y que mejor forma de padecer los efectos de nuestros pecados, que nuestra identidad, nuestro cuerpo, sufra las consecuencias de los mismos.

Dentro del sueño, hemos establecidos leyes que gobiernen nuestros actos. Unas son más visibles para la conciencia que otras. Por ejemplo, el peso de la ley caerá sobre nosotros si hemos cometido un delito, como robar o asesinar. La función de la ley es correctiva. Siempre pretende serlo, aunque no siempre lo consiga. Pero en otras ocasiones, esas leyes son más sutiles, se encuentran arraigadas, profundamente, en nuestras creencias. Por ejemplo, la creencia en el pecado, en que hemos desobedecido a nuestro Creador, nos tiene "sentenciados" al sufrimiento como vía de redención y purgatorio. El infierno, encuentra su origen en la necesidad de encontrar un escenario donde podamos purificarnos de nuestros actos pecaminosos.

Tenemos creencias, avaladas por la ciencia médica, en la que establecemos una relación causa-efecto entre el comportamiento humano y las enfermedades. Estas creencias se han basado especialmente en el estudio del comportamiento del cuerpo humano, lo que ha dado lugar a los postulados de la medicina oficial.
En los últimos años, estamos siendo testigo del nacimiento de nuevos paradigmas, no centrados tanto en el cuerpo como en la mente, así como en ciertos aspectos del ser que están cercanos a lo esotérico.
En ambas disciplinas, se establece una relación estrecha entre las causas y los efectos, aunque con marcadas diferencias entre unas y otras. 
Si la analizamos desde el punto de vista de las enseñanzas de Un Curso de Milagros, ambas, tratan la enfermedad, con lo cual, están tratando algo que no es real.

La enfermedad es visible para el ego, debido a que cuando mira, lo hace desde el pecado, el cual se lo atribuye a las funciones del cuerpo. 

Os dejo algunas consideraciones aportadas por el Curso, relacionadas con lo que estamos analizando:
4. Es imposible ver a tu hermano libre de pecado y al mismo tiempo verlo como si fuese un cuerpo. 2¿No es esto perfectamente consistente con el objetivo de la santidad? 3Pues la santidad es simplemente el resultado de dejar que se nos libere de todos los efectos del pecado, de modo que podamos reconocer lo que siem­pre ha sido verdad. 4Es imposible ver un cuerpo libre de pecado, pues la santidad es algo positivo y el cuerpo es simplemente neu­tral. 5No es pecaminoso, pero tampoco es impecable *. 6Y como realmente no es nada, no se le puede revestir significativamente con los atributos de Cristo o del ego. 7Tanto una cosa como la otra sería un error, pues en, ambos casos se le estarían adjudicando atributos a algo que no los puede poseer. 8Y ambos errores ten­drían que ser corregidos en aras de la verdad.
5. El cuerpo es el medio a través del cual el ego trata de hacer que la relación no santa parezca real. 2El instante no santo es el tiempo de los cuerpos. 3Y su propósito aquí es el pecado. 4Mas éste no se puede alcanzar salvo en fantasías, y, por lo tanto, la ilusión de que un hermano es un cuerpo está en perfecta consonancia con el propósito de lo que no es santo. 5Debido a esta correspon­dencia, los medios no se ponen en duda mientras se siga atribuyendo valor a la finalidad. 6La visión se amolda a lo que se desea, pues la visión siempre sigue al deseo. 7Y si lo que ves es el cuerpo, es que has optado por los juicios en vez de por la visión. 8Pues la visión, al igual que las relaciones, no admite grados. 9O ves o no, ves.
6. Todo aquel que ve el cuerpo de un hermano ha juzgado a su hermano y no lo ve. 2No es que realmente lo vea como un peca­dor, es que sencillamente no lo ve. 3En la penumbra del pecado su hermano es invisible. 4Ahí sólo puede ser imaginado, y es ahí donde las fantasías que tienes acerca de él no se comparan con su realidad. 5Ahí es donde las ilusiones se mantienen separadas de la realidad. 6Ahí las ilusiones nunca se llevan ante la verdad y siempre se mantienen ocultas de ella. 7Y ahí, en la oscuridad, es donde te imaginas que la realidad de tu hermano es un cuerpo, el cual ha entablado relaciones no santas con otros cuerpos y sirve a la causa del pecado por un instante antes de morir. 
7. Existe ciertamente una clara diferencia entre este vano imagi­nar y la visión. 2La diferencia no estriba en ellos, sino en su pro­pósito. 3Ambos son únicamente medios, y cada uno de ellos es adecuado para el fin para el que se emplea. 4Ninguno de los dos puede servir para el propósito del otro, pues cada uno de ellos es en sí la elección de un propósito, empleado para propiciarlo. 5Cada uno de ellos carece de sentido, sin el fin para el que fue concebido, y, aparte de su propósito, no tiene valor propio. 6Los medios parecen reales debido al valor que se le adjudica al obje­tivo. 7Y los juicios carecen de valor a menos que el objetivo sea el pecado.
8. El cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios. 2Ver el cuerpo es señal de que te falta visión y de que has negado los medios que el Espíritu Santo te ofrece para que sirvas a Su pro­pósito. 3¿Cómo podría lograr su objetivo una relación santa si se vale de los medios del pecado? 4Tú te enseñaste a ti mismo a juzgar; mas tener visión es algo que se aprende de Aquel que quiere anular lo que has aprendido. 5Su visión no puede ver el cuerpo porque no puede ver el pecado. 6Y de esta manera, te conduce a la realidad. 7Tu santo hermano -a quien verlo de este modo supone tu liberación- no es una ilusión. 8No intentes verlo en la oscuridad, pues lo que te imagines acerca de él parecerá real en ella. 9Cerraste los ojos para excluirlo. 10Tal fue tu propó­sito, y mientras ese propósito parezca tener sentido, los medios para su consecución se considerarán dignos de ser vistos, y, por lo tanto, no verás.
9. Tu pregunta no debería ser: "¿Cómo puedo ver a mi hermano sin su cuerpo?" 2sino, "¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?" 3Y al preguntar esto, no te olvides de que en el hecho de que él es incapaz de pecar radica tu liberación del miedo. 4La salvación es la meta del Espíritu Santo. 5El medio es la visión. 6Pues lo que contemplan los que ven está libre de pecado. 7Nadie que ama puede juzgar, y, por lo tanto, lo que ve está libre de toda condena. 8Y lo que él ve no es obra suya, sino que le fue dado para que lo viese, tal como se le dio la visión que le permi­tió ver. (T.20.VII.4:9)

miércoles, 19 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 293

LECCIÓN 293

El miedo ya se acabó y lo único que hay aquí es amor.

1. El miedo ya se acabó porque su fuente ha desaparecido, y con ella, todos sus pensamientos desaparecieron también. 2El amor sigue siendo el único estado presente, cuya Fuente está aquí para siempre. 3¿Cómo iba a parecerme el mundo claro y diáfano, segu­ro y acogedor; cuando todos mis errores pasados lo oprimen y me muestran manifestaciones distorsionadas de miedo? 4Mas en el presente el amor es obvio y sus efectos evidentes. 5El mundo entero resplandece en el reflejo de su santa luz, y por fin percibo un mundo perdonado.

2. Padre no permitas que Tu santo mundo me pase desapercibido hoy, 2ni que mis oídos sean sordos a todos los himnos de gratitud que el mundo entona bajo los sonidos del miedo. 3Hay un mundo real que el presente mantiene a salvo de todos los errores del pasado. 4Y éste es el único mundo que quiero tener ante mis ojos hoy.


¿Qué me enseña esta lección?

Hemos de cerrar los ojos del cuerpo y abrir los ojos del alma, para ver la única realidad que nos ha de permitir gozar de la Felicidad y de la Dicha del Amor.

Si seguimos eligiendo la proyección sobre el mundo físico, caeremos en la tentación de oír las voces que nos invitan a mantener un mundo ilusorio, donde únicamente experimentaremos el miedo en sus múltiples manifestaciones: ataques; problemas; conflictos; enfermedad; necesidad y escasez; accidentes y por último, la muerte.

Permanecer y pertenecer a este mundo caótico y demente, nos supone penetrar en un círculo vicioso, del que es necesario salir. La identificación de lo que somos con lo que poseemos, nos lleva a potenciar la fuerza del deseo por encima de todas las cosas. En la medida, en que mis deseos no se ven satisfechos o se ven contrariados, lo vivo como un ataque que me suscita el deseo de venganza y de castigo.

Ese canto de sirena, cuando nos encontramos en plena travesía de nuestra existencia, nos invita a caer seducidos y a ponernos al servicio de nuestra naturaleza instintiva. Tan sólo el aspecto de “superhombre” personificado por el héroe Ulises, nos aporta la pista que debemos tener en cuenta si pretendemos salir airoso de ese trance. El héroe, para no caer presa de los cánticos de las sirenas, mandó que lo amarrasen al mástil, hasta que aquellos cánticos cesasen.

Esta prueba debemos recapitularlas todos, pues, todos, nos encontramos en la travesía que ha de conducirnos al control y dominio de nuestras pasiones.

Hoy he oído esos cánticos. Han llegado a aturdir mi mente, hasta tal punto, que una densa niebla ha enturbiado mi capacidad para discernir y ha puesto a prueba mi certeza, sobre el camino a elegir.

He cerrado los ojos del cuerpo y he abierto los ojos del Espíritu. He llamado al Espíritu Santo y he elevado hasta Él, la súplica de que me liberará de ese momento de oscuridad. He sentido la necesidad de respirar profundamente, al tiempo, que con cada inhalación me he llenado de Amor. Al exhalar, me liberaba de la presión que trataba de paralizarme. A cada respiración, he sentido que mi cuerpo me indicaba, una elevación vibratoria.
He repetido este ejercicio durante unos minutos, hasta que ido encontrando un estado de paz que me indicaba que la tormenta había amainado y que el canto de las sirenas, se había disipado.

Ejemplo-Guía: "Una reflexión sobre el miedo"

Considero el tema del miedo, uno de los pilares principales que desarrolla el Curso de una manera maravillosa. En los 50 Principios de los Milagros desarrollados en el Capítulo I del Texto, el Principio 26, entre otros, trata el tema del miedo y nos explica cómo deshacerlo es un aspecto esencial del poder expiatorio de los milagros. Os dejo con el desarrollo que tengo realizada sobre este Principio:

PRINCIPIO 26
Los milagros representan tu liberación del miedo. "Expiar" significa "des-hacer." Deshacer el miedo es un aspecto esencial del poder expiatorio de los milagros.

Cuando analizamos el Principio 22, adelantábamos que dedicaríamos un capítulo al estudio del miedo, y lo prometido es deuda.

En la entrega anterior, en el análisis del Principio 25, decíamos que cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación.

Pasemos a desmenuzar el significado del miedo, lo que nos llevará a comprender su origen y los efectos a los que da lugar en nuestras vidas. El párrafo anterior nos aporta una primera pista, al indicarnos que el miedo es la consecuencia de una elección. Es muy importante tomar consciencia de este matiz, pues nos permite reconocer, que el miedo no es algo que nos viene de afuera, no es algo que nos ataca y del cual debamos defendernos, tan solo es una elección. Yo añadiría que es una libre elección.

En la Introducción del Curso, podemos leer: Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”. Esta afirmación nos hace una primera presentación de lo que es el miedo, indicándonos que el miedo no puede pertenecer al Creador, pues Él no tiene opuestos, lo que nos lleva a pensar que el miedo es una fabricación de la mente del Hijo de Dios, surgiendo como una proyección de su mente dual, lo que dio lugar a los opuestos amor-miedo, o lo que es lo mismo, la materialización de la separación y el surgimiento del ego.

Tenemos pues, que el miedo es la fabricación del Hijo de Dios, el cual cometió el error de creer que podía usurpar el poder de Dios. Todo miedo se reduce, en última instancia, a esa básica percep­ción errónea.

Sólo nuestra mente puede producir miedo y sólo nuestra mente puede llevarnos a comprender que el miedo no es real, es una ilusión.

Como hemos adelantado, Dios no es el autor del miedo. El autor del miedo somos nosotros que hemos elegido crear en forma diferente a como crea Él. Esa elección, nos hace tener miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado la mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando creemos que no somos libres.

En esa falsa creencia se encuentran los mayores conflictos que alberga la mente humana. Dichos conflictos, traducidos en miedos, se dan cita en el inconsciente, donde se ocultan celosamente y desde donde se proyectan dando lugar a todo tipo de comportamientos dementes y condenatorios.

De hecho, los que creen en la separación tienen un miedo básico a las represalias y al abandono. Creen en el ataque y en el rechazo, de modo que eso es lo que perciben, lo que enseñan y lo que apren­den. Estas ideas descabelladas son claramente el resultado de la disociación y la proyección.

Podemos decir que el origen del miedo es una elección errónea y esta creencia ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo de la humanidad. Cada vez que tenemos miedo es porque hemos tomado una decisión equivo­cada y esa es la razón por la que nos sentimos responsable de ello.

Si la causa del miedo es mental, es obvio que para superarlo tendremos que cambiar de mentalidad, no de comportamiento, y eso es cuestión de que estemos dispuestos a hacerlo. La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en que es posible el cambio. El cambio no tiene ningún sentido en el nivel de las formas en los que se manifiesta el miedo,  donde no puede producir resultados.

El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseamos y lo que hacemos. Asimismo, la presencia del miedo indica que hemos elevado pensa­mientos corporales al nivel de la mente.

Como hemos dicho, anteriormente, el uso incorrecto de la mente nos ha llevado a tener miedo de la Voluntad de Dios. Ese uso erróneo de la mente se ha traducido en los Textos Sagrados como un acto pecaminoso, el cual puso fin al estado de unicidad compartido por el Hijo de Dios y su Creador. Lo que se ha interpretado como “pecado”, como la violación de las Leyes de Dios, tuvo como consecuencia la creencia en la expulsión del Edén, de la Tierra Paradisiaca dispuesta por Dios para su Hijo, y lo que es lo más importante, nace el temor hacia el Creador, al creernos merecedores de su justicia vengativa.

Tener miedo de la Voluntad de Dios es una de las creencias más extrañas que la mente humana jamás haya podido concebir. Esto no habría podido ocurrir no ser que la mente hubiese estado ya tan profundamente dividida que le hubiese sido posible tener miedo de lo que ella misma es. La realidad sólo puede ser una "amenaza" para lo ilusorio, ya que lo único que la realidad puede defender es la verdad. El hecho mismo de que percibas la Volun­tad de Dios -que es lo que tú eres- como algo temible, demues­tra que tienes miedo de lo que eres. Por lo tanto, no es de la Voluntad de Dios de lo que tienes miedo, sino de la tuya”. (T-9.I.1:5)

Si advertimos la falsa creencia a la que dio lugar la elección del Hijo de Dios, descubriremos la identidad del ego, el representante de la mente dual, de la mente errónea. El ego pasó a ocupar el lugar de Dios y se erigió en  nuestra nueva identidad. Es del ego y no de Dios del que verdaderamente tenemos miedo.

Debemos reconocer que lo que menos quiere el ego es que nos demos cuenta de que le tenemos miedo. Pues si el ego pudiese producir miedo, menoscabaría nuestra independencia y debilitaría nuestro poder. Sin embargo, su único argumento para que le seamos leales es que él puede darnos poder. Si no fuera por esta creencia no le escucharíamos en absoluto. ¿Cómo iba a poder, entonces, seguir existiendo si nos diésemos cuenta de que al aceptarlo nos estamos empequeñeciendo y privándonos de poder?

El ego puede permitirnos, y de hecho lo hace, que nos consideremos altanero, incrédulo, frívolo, distante, superficial, insensible, des­pegado e incluso desesperado, pero no permite que nos demos cuenta de que realmente tenemos miedo. Minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño constante del ego, y es una capacidad para la cual demuestra ciertamente gran ingenio. ¿Cómo iba a poder predicar separación a menos que la reforzase con miedo?, y, ¿seguiríamos escuchándole si reconociésemos que eso es lo que está haciendo?

La más seria amenaza para el ego es, pues, que nos demos cuenta de que cualquier cosa que parezca separarnos de Dios es única­mente miedo, sea cual sea la forma en que se manifieste e inde­pendientemente de cómo el ego desee que lo experimentemos. Su sueño de autonomía se estremece hasta su raíz cuando cobramos conciencia de esto. Pues si bien podemos tolerar una falsa idea de independencia, no aceptaríamos el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconociésemos. Pero ése es su costo, y el ego no puede reducirlo. Si pasamos por alto el amor estamos pasándonos por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado nosotros mismo. Al creer que nuestro ataque contra la verdad ha tenido éxito, creeremos que el ataque tiene poder. Dicho llanamente, pues, nos hemos vuelto temerosos de nosotros mismos. Y nadie quiere encontrar lo que cree que le destruiría.
Si se pudiese lograr el objetivo de autonomía del ego, el propó­sito de Dios podría ser truncado, y eso es imposible. Solamente aprendiendo lo que es el miedo podemos por fin aprender a distin­guir lo posible de lo imposible y lo falso de lo verdadero.

Sí, hemos mencionado que la elección del Hijo de Dios, fue interpretado, erróneamente, como un ataque contra la verdad. La cuestión que cabe plantearse es, ¿cómo corregir ese error?

Como nos indica el Curso, reconocer el miedo no es suficiente para poder escaparse de él, aunque sí es necesario para demostrar la necesidad de escapar.

Desde la mente errónea no podremos conseguir esa corrección. Debemos recurrir a la Voz que habla por Dios, el Espíritu Santo para que transforme el miedo en verdad.

“Si se te dejase con el miedo, una vez que lo hubieses reconocido, habrías dado un paso que te alejaría de la realidad en vez de acercarte a ella. No obstante, hemos señalado repetidamente la necesidad de reconocer el miedo y de confrontarlo cara a cara como un paso crucial en el proceso de desvanecer al ego. Considera entonces lo mucho que te va a servir la interpretación que hace el Espíritu Santo de los motivos de los demás. Al haberte enseñado a aceptar únicamente los pensamientos de amor de otros y a con­siderar todo lo demás como una petición de ayuda, te ha ense­ñado que el miedo en sí es una petición de ayuda. Esto es lo que realmente quiere decir reconocer el miedo. Si tú no lo proteges, el Espíritu Santo lo reinterpretará. En esto radica el valor prin­cipal de Aprender a percibir el ataque como una petición de amor. Ya hemos aprendido que el miedo y el ataque están inevitable­mente interrelacionados. Si el ataque es lo único que da miedo, y consideras al ataque como la petición de ayuda que real­mente es, te darás cuenta de la irrealidad del miedo. Pues el miedo, es una súplica de amor, en la que se reconoce inconsciente­mente lo que ha sido negado.

El miedo es un síntoma de tu profunda sensación de pérdida. Si al percibirlo en  otros aprendes a subsanar esa sensación de pérdida, se elimina la causa básica del miedo. De esa manera, te enseñas a ti mismo que no hay miedo en ti. Los medios para erradicarlo se encuentran en ti, y has demostrado esto al dárselos a otros. El miedo y el amor son las únicas emociones que eres capaz de experimentar. Una es falsa, pues procede de la nega­ción, y la negación depende, para poder existir, de que se crea en lo que se ha negado. Al interpretar correctamente el miedo como una afirmación categórica de la creencia subyacente que enmascara, estás socavando la utilidad que le has atribuido al hacer que sea inútil. Las defensas que son inservibles se abandonan auto­máticamente. Si haces que lo que el miedo oculta pase a ocupar una posición inequívocamente preeminente, el miedo deja de ser relevante. Habrás negado que puede ocultar al amor, lo cual era su único propósito. El velo que habías puesto sobre la faz del amor habrá desaparecido”. (T-12.I.8:9)

Tenemos más miedo de Dios que del ego, y el amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida. Pero el odio sí que puede, pues entra por su propia voluntad sin que le importe la nuestra.

Hemos hecho referencia a una cuestión que no nos puede pasar inadvertida. Decíamos que nadie toleraría el miedo si lo reconociese. Sobre este particular, el Curso añade: Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo. No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta. Tu hostilidad no te perturba seriamente. La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre. Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de ti algo de lo que todavía tienes más miedo. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tienes miedo. Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar donde te corresponde estar, del cual te has querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor. Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios, si pensases que eso te podría salvar del amor. Pues éste deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quie­res que ésta cese. Te das cuenta de que al despejar la tenebrosa nube que lo oculta el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto. Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra. Pues subya­cente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que éste jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti. Esto es lo que realmente quieres ocultar.
Honestamente, ¿no te es más difícil decir "te quiero” que "te odio"? Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad. Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construido desaparecería. El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios. Mas Su Voluntad no es ser excluido”. (T-13.III.1:3)

El temor del ego a la Voluntad de Dios, viene acompañado de un sentimiento corrosivo para la mente recta, me estoy refiriendo a la culpabilidad.
La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.

El Curso dedica el Capítulo 28 al “Des-hacimiento del miedo” y nos refiere sobre este particular:

Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuen­cias, pues se quedaron sin causa. ¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos? Recordar es un proceso tan selectivo como percibir, al ser su tiempo pasado. Es percibir el pasado como si estuviese ocurriendo ahora y aún se pudiese ver. La memoria, al igual que la percepción, es una facultad que tú inventaste para que ocupase el lugar de lo que Dios te dio en tu creación. Y al igual que todas las cosas que inventaste, se puede emplear para otros fines y como un medio para obtener algo distinto. Se puede utilizar para sanar y no para herir, si ése es tu deseo”.

Tenerle miedo a Dios es tenerle miedo a la vida, no a la muerte.

¿Qué verías si no tuvieses miedo de la muerte? ¿Qué sentirías y pensarías si la muerte no te atrajese? Simplemente recordarías a tu Padre. Recordarías al Creador de la vida, la Fuente de todo lo que vive, al Padre del universo y del universo de los universos, así como de todo lo que se encuentra más allá de ellos. con­forme esta memoria surja en tu mente, la paz tendrá todavía que superar el obstáculo final, tras el cual se consuma la salvación y al Hijo de Dios se le restituye completamente la cordura. Pues ahí acaba tu mundo. (T-19.IV.D)

Con relación a la curación y el miedo, el Curso nos refiere: “Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, tú mismo debes estar libre de todo miedo. No entiendes lo que es la curación debido a tu propio miedo”.

La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor.

¿Qué es la curación sino el acto de despejar todo lo que obstacu­liza el conocimiento? ¿Y de qué otra manera puede uno disipar las ilusiones, excepto examinándolas directamente sin proteger­las? No tengas miedo, por lo tanto, pues lo que estarás viendo es la fuente del miedo, y estás comenzando a darte cuenta de que el miedo no es real. Te das cuenta también de que sus efectos se pueden desvanecer sólo con que niegues su realidad. El siguiente paso es, obviamente, reconocer que lo que no tiene efectos no existe. Ninguna ley opera en el vacío, y lo que no lleva a ninguna parte no ha ocurrido. Si la realidad se reconoce por su extensión, lo que no conduce a ninguna parte no puede ser real. No tengas miedo de mirar al miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión, y cuando se mira a la oscuridad a través de la luz, ésta no puede por menos que disiparla.

Iniciamos este análisis describiendo que el miedo tiene como única causa la elección errónea de la mente. Bien, para poner punto y final, al mismo, diremos que el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo.  Debemos decirnos a nosotros mismo que de alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.

En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.



martes, 18 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 292

LECCIÓN 292

Todo tendrá un desenlace feliz.

1. Las promesas de Dios no hacen excepciones. 2Y Él garantiza que la dicha será el desenlace final de todas las cosas. 3De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso: hasta cuándo vamos a permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya. 4Pues mientras pensemos que esa voluntad es real, no halla­remos el final que Él ha dispuesto sea el desenlace de todos los problemas que percibimos, de todas las tribulaciones que vemos y de todas las situaciones a que nos enfrentamos. 5Mas ese final es seguro. 6Pues la Voluntad de Dios se hace en la tierra, así como en el Cielo. 7Lo buscaremos y lo hallaremos, tal como dispone Su Voluntad, la Cual garantiza que nuestra voluntad se hace.

2. Te damos gracias, Padre, por Tu garantía de que al final todo tendrá un desenlace feliz. 2Ayúdanos a no interferir y demorar así el feliz de­senlace que nos has prometido para cada problema que podamos percibir y para cada prueba por la que todavía creemos que tenemos que pasar.


¿Qué me enseña esta lección?


Si hemos sido capaces de impregnar nuestra mente y nuestro corazón, con la certeza de que Dios, nuestro Padre, lo dispone todo para que gocemos de su Paz y de su Dicha, estamos preparados para sustituir el miedo y experimentar la santidad del Amor.

Mientras que nuestra conciencia se encuentre identificada con el mundo físico, estaremos sujetos a sus leyes y a los efectos que generan nuestros pensamientos y sentimientos. Cuando el pensamiento queda prisionero del miedo, nos lleva a tomar iniciativas que desencadenan resultados sombríos y experimenta el temor de perder aquello con lo que se ha identificado, sus posesiones.

Cuando nuestra conciencia despierta a los valores del Espíritu, la llamada del mundo material, se ve como una ilusión y decidimos no prestarle atención. Nos enfocamos plenamente en poner nuestra mente al servicio del Amor y la expansión de ese pensamiento, nos lleva a crear un mundo donde la felicidad y la plenitud forman parte de cada uno de nuestros actos.

Cuando actuamos de acuerdo a la Voluntad de nuestro Creador, todo en nuestra vida lleva el sello de la felicidad.

Ejemplo-Guía: "¿Confías en Dios?

Cuando depositamos nuestra confianza en alguien, estamos revelando que depositamos en ella, nuestra total lealtad y fe. Es una manera de reconocer en los atributos de esa persona que es poseedora de elevadas cualidades y de que es portadora de lo que consideramos la verdad.

En nuestras relaciones con el mundo, podemos encontrar que no todas las personas con las que habitualmente nos relacionamos, son dignas de nuestra confianza. La razón de ello, lo argumentamos cuando nos sentimos víctimas de su actos de deslealtad y engaños.

Podemos decir pues, que la confianza hay que demostrarla a través de actos de lealtad y fidelidad. Cuando elevamos esta reflexión al terreno de lo espiritual y lo aplicamos a la entidad de Dios, la confianza debe pasar por ese mismo filtro, y cuando la vida nos presenta su rostro menos amable, dado que pensamos que todo cuanto nos pasa proviene de Dios, obtenemos como resultado, la nefasta creencia de que nuestro Creador nos ha fallado, es decir, acabamos de anunciar que hemos perdido nuestra confianza en Él.

Este tipo de pensamiento es bastante reconocible en el comportamiento humano. Lo cierto, es que este guion forma parte intrínseca del sistema de pensamiento que sustenta la identidad del ego. Al no reconocernos como los únicos autores de nuestras propias fabricaciones y proyecciones, buscamos afuera al culpable de nuestras desgracias y le imponemos el sello de "no confiable", pues no es capaz de evitarnos los efectos, esto es, consecuencias de lo que hemos sembrado. 

En el sistema de pensamiento del ego encontraremos una amplia base de anécdotas basadas todas ellas en la "ineficacia" del Creador, al no responder, como nosotros queremos, a nuestras peticiones. Algunas son tan dementes como increíbles, por ejemplo las guerras santas, las guerras con trasfondos  religiosos. Otras, adquieren tintes disparatados, como las peticiones para que nuestro equipo de fútbol gane un partido. Pero en este interminable arsenal de anécdotas, también encontramos las que mueven nuestras emociones más sensibles: ¿Dios, por qué permites que tus hijos mueran de hambre? ¿Por qué permites que tus hijos mueran de enfermedades o accidentes? ¿Por qué permites que haya guerras, violaciones, atentados, asesinatos? ¿Por qué permites el mal?

¿Cómo le explicamos a esas personas que todo tendrá un final desenlace feliz?

Cuando estamos viviendo la tormenta, es difícil hacer entender a alguien que tenga calma y espere a que amaine el temporal, pues el sol volverá a lucir en todo su esplendor. Cuando estamos sumergidos en una tenebrosa pesadilla, es difícil disipar el miedo en el soñador, pero unas palabras susurradas en el oído inspirándole que todo es un sueño le aportará la confianza necesaria para recuperar de nuevo su paz.

El mundo que hemos fabricado favorece los sueños tenebrosos y los paisajes tormentosos, pues ambos están reflejando la oscuridad que subyace en nuestro mundo interno. La creencia en la separación, nos ha llevado a perder la conexión directa con nuestro Creador. Esa separación da lugar al miedo y a una total desconfianza hacia el mundo que le rodea, donde ve proyectado sus pensamientos dementes. Hemos elegido el miedo y el odio, para sustituir al amor y la bondad. Si somos sembradores de miedo y de odio, esa semilla crecerá y dará sus frutos, de tal manera que tendremos que recolectar nuestra cosecha. Es la vía que hemos elegido para despertar la conciencia de la calidad de nuestros pensamientos y actos.

Me gusta utilizar la lógica a la hora de reflexionar temas tan trascendentes como el que estamos tratando. Si adopto el papel de padre y no soy un padre demente, mis hijos disfrutarán de todo cuanto pueda ofrecerle. Pero como padre, soy portador del Principio más elevado, el de la libertad. Si no tuviese libertad, no podría crear, pues estaría condicionado por las influencias externas. Así, dotado de ese Atributo Creador, doy vida a mi descendencia, la cual hereda por genética espiritual mis mismos Atributos. Yo amo a mi descendencia y le prestaré mi mano para ayudarle a caminar, pero no interferiré en su voluntad. Lo único que puedo hacer, es dotarlo con un mecanismo de seguridad que le ayude a recordar lo que por iniciativa propia puede olvidar. Ese "mecanismo de seguridad" es El Espíritu Santo, la Voz procedente del padre que guiará al hijo si éste decide conectar con Él.

Tengo la creencia de que no hay experiencias buenas, ni experiencias malas. Tan solo hay experiencias. Las experiencias son efectos que responden a causas, esto es, no hay experiencia si no hay un pensamiento que lo haya causado. La rectificación, una vez percibido el efecto, debemos dirigirla a la causa, pues de este modo, se obtendrán nuevos efectos, nuevas experiencias. Si la causa que origina el sufrimiento es creer que estamos separados, tendremos que rectificar ese pensamiento erróneo y modificarlo por otro que nos lleve a la creencia verdadera de la Unidad.

Podemos tomar consciencia de la verdad por la vía directa, recordando lo que realmente somos, Hijos de Dios, unidos a todo lo creado, o bien, podemos hacerlo por la vía del rigor, la cual utiliza el espacio temporal para perpetuar la enseñanza a través del aprendizaje, causa-efecto, siembro-cosecho, culpa-dolor

¿Has reflexionado sobre el estado de paz que se alcanza cuando depositamos nuestra total confianza en Dios?