miércoles, 1 de mayo de 2013

Entre verdades...


Estoy delante de una silla. Mis ojos, aporta una información inconfundible a mi mente. No tengo la menor duda de que es una silla. La reconozco en mi mente. Tengo una imagen, un recuerdo claro que me permite reconocerla, darle nombre e incluso conocer su uso.
La observo, es de madera. Su respaldar está formado por tablas anchas, dispuestas horizontalmente. Su asiento es, igualmente, de madera, y su base está formada por cuatro patas redondas que le permite afianzarse al suelo. Sin duda es una silla. Desde muy pequeño, me enseñaron que ese objeto se llama silla y me enseñaron, igualmente, cuál debe ser su uso.

Si alguien me preguntase, ¿estás seguro de que ese objeto que se encuentra delante de ti es una silla? ¿Podrías decirme, si es verdad o falso, si te confirmo que ese objeto es una silla?
Es verdad… desde pequeño te enseñaron que ese objeto se llama silla y si te preguntara por su uso, estoy seguro que sabrías describírmelo. Por lo tanto, si ambos coincidimos en que ese objeto que está delante de ti es una silla, entonces, ambos tendremos razón y podemos decir que somos dueños de esa verdad.
Pero, quisiera hacerte una pregunta más…, y si te dijera que ese objeto, no es tan sólo una silla ¿qué pensarías? ¿Estarías de acuerdo? Y si admites, que no es tan sólo una silla, entonces, ¿pondríamos en duda la verdad compartida de que ese objeto es una silla?

He preguntado a otros…, les he mostrado ese objeto…, lo he colocado delante de cada uno de ellos y les he preguntado… ¿qué es ese objeto?
  • Es el resultado de una idea, de un diseño que he creado en mi mente…
  • Es el resultado de la semilla que un día alguien sembró, dando lugar a una planta que con el tiempo creció hasta convertirse en un grandioso árbol, cuya madera ahora toma vida en ese objeto…
  • Es un magnífico material que podrá utilizar para calentarme en tiempo de frío…
  • Es un recuerdo, de aquel maravilloso día en el que te compartí…
  • Es una oportunidad para divertirnos jugando a su alrededor…
  • Es una buena herramienta para elevarme cuando no logro alcanzar una zona elevada…
  • No es nada, simplemente un objeto…
¿A quién debo creer? Mis ojos no me engañan, estoy viendo una silla. Sin embargo, esa realidad adquiere otros matices, otro sentido, si le aportamos un valor, es decir, si le aportamos un juicio. Cuando así lo hacemos, la “verdad” que con tanta certeza ocupaba nuestra mente, adquiere un significado añadido que, verdaderamente, viene a confundirnos impidiéndonos alcanzar la verdad.

Esto mismo ocurre, cuando en nuestra vida decidimos mirar de frente nuestra propia existencia, nuestra propia identidad. Desde pequeño, nos han enseñado a darle un valor especial al “juicio”. “Esto es bueno”, “Esto otro es malo”. Si no actuamos según las reglas, entonces, probaremos el correctivo del castigo…, y para conseguir agradar a los demás, es preciso comportarse de una manera determinada… Todos hemos crecido con la disciplina de la culpa, el miedo y el juicio condenatorio.  Todos estos valores, nos han alejado de la visión real de quienes somos. Hemos crecido con la percepción errónea de que nos encontramos separados unos de otros. Hemos olvidado el origen de nuestra creación como Hijos de Dios y no nos sentimos herederos legítimos de sus Poderes Creadores, a pesar de que ha sido escrito, de que hemos sido creados a su imagen y semejanza.
Cuando nos miramos, no vemos quienes realmente somos, sino que nos identificamos con los ropajes pasajeros  en los que nos encontramos, transitoriamente, encarnados… Pero ese ropaje no es nuestra verdadera identidad… Nuestra verdadera identidad no es diferente a la de los demás… Todos formamos parte de una misma Oleada de Vida, la Humana. Cuando ponemos en uso el poder creador heredado de Dios, somos capaces de crearnos una personalidad separada, y nuestros sentimientos se identifican con la conquista de la individualidad.

Tenemos un ejemplo claro en el desarrollo de una vida que nace de la acción generadora de unos padres. Esa criatura, al nacer y durante los primeros años de su existencia no tiene una conciencia propia e individualizada y se alimenta de la conciencia que le aportan sus padres. Tan sólo cuando alcanza la edad de la adolescencia, cuando adquiere el Cuerpo de Deseos, se produce en él, el despertar de las emociones, que le induce a conquistar su propia individualidad. Esa es la razón por la que el adolescente da muestra de su rebeldía y se siente “separado” de sus padres.

Si trasladamos esta dinámica al razonamiento que planteábamos a la hora de encontrar el verdadero sentido de nuestra identidad, debemos decir, que nos encontramos identificados con la fase de la adolescencia, en la cual damos muestras de nuestra “rebeldía”, alejándonos cada vez más de nuestro origen.

Tan sólo cuando ese adolescente alcanza la madurez necesaria y afronta los trabajos de ser padres, se alcanza la plena comprensión de las virtudes y poderes de la que es portador. De igual modo, la humanidad, en la medida que vayamos tomando conciencia de las cualidades heredadas por nuestro “Padre”, el poder Creador de nuestro Pensamiento, aprenderá a utilizar las energías para hacer un uso creativo basado en el Amor.
Mientras que no consigamos ese estado de Conciencia de Unidad, seguiremos mirando al frente y percibiendo la separación con nuestros “compañeros de ruta”. Proyectaremos sobre ellos, nuestros propios valores internos, tanto los positivos, como los negativos. Trasladaremos nuestro propios juicios internos hacia los demás y nos descubriremos en ellos, pues ellos, actuarán como un espejo donde nos veremos plenamente reflejados.
  • ¿Quién eres?
  • Yo soy Hijo de Dios.