sábado, 27 de mayo de 2017

Cuento para Géminis: "Un Sendero hacia la Luz - Final"

Pero no pudo seguir hablando pues, en esta ocasión fue interrumpido por sus alumnos. Alguien a quien apreciaba desde muy pequeño, pues ya desde entonces, su rostro, junto a sus actos, hablaba muy  satisfactoriamente a su favor. Era Mario, el hermano gemelo de Martin.


Qué extraña era la vida -pensaba Don Javier-, a pesar de haber nacido del mismo vientre, a pesar del asombroso parecido físico, y cuánta diferencia de carácter había entre ambos hermanos.


Mario era prudente, risueño, optimista, generoso, humilde y pacífico. Mientras que Martin era impaciente, irritable, nervioso, envidioso y vanidoso.
  • Perdóneme, Señor Maestro, pero quisiera que supiese usted algo, -expresó respetuosamente Mario-.
  • Dime, Mario, ¿qué deseas? -le contestó Don Javier dando viva muestra de preocupación-.
  • Quisiera decirle que yo estoy dispuesto a descifrar el acertijo. Me agradaría tanto acompañarle a la excursión. 
Los ojos de Don Javier sintieron un calor conocido. Estaban a punto de brotar, involuntariamente, de ellos lágrimas que no pudo reprimir. Aquellas palabras sinceras le habían llegado al corazón, conmoviéndole profundamente. Temió por unos segundos, que su garganta no le respondiese pues un nudo le impedía casi respirar, por lo que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse llevar por aquel brote de alegría. Y así lo hizo. 

  • Gracias, Mario, si ese es tu deseo, te complaceré, -le contestó sin poder ocultar su satisfacción-. 
Pero Martin al ver que su hermano menor, al que no tenía en gran estima, pues lo juzgaba un mal estudiante, se interponía en su camino, casi estalló en cólera. Poseído por un nerviosismo que no conseguía controlar, se levantó como por impulso de su asiento, interrumpiendo aquel dialogo.
  • ¡Basta!, hermanito. No te conformas con las malas notas que sacas, que ahora quieres hacer el ridículo. Acertijos, estoy seguro que todos los aquí presentes piensan que el único que puede solucionarlo soy yo. 
En un arrebato de vanidad intelectual, Martin se dirigió a todos los presentes y les preguntó con voz efusiva y casi amenazante. 
  • ¿Estáis de acuerdo todos, de que soy el único que puede descifrar el enigma? 
Un profundo silencio se adueñó de toda el aula, pues nadie quiso hablar. Pero, sin embargo, muchos asintieron con un gesto, y los demás lo hicieron con su silencio, ya lo dice el refrán, el que caya otorga.

Aprovechando aquella confusión, Don Javier vio la oportunidad que esperaba y lo puso un poco más difícil. 
  • Martin, tú que tanto hablas de respetar las normas, ¿cómo te atreves a interrumpir un diálogo entre dos personas? ¿Acaso no sido enseñado, que cuando dos personas hablan, los demás deben callar? –expresó Don Javier con la intención de demostrar al joven que no se deben juzgar las acciones de los demás-.
  • Bueno, es que yo…, -balbuceó Martin, tartamudeando-. Está bien, perdone, pero debo decirle algo, yo participaré en la prueba.
  • De acuerdo, toma asiento y escuchad todos, pues el acertijo es este… 
Lo había conseguido. No le había resultado fácil, pero al final sus esfuerzos se veían recompensados por el interés que había despertado con aquella prueba.

Todos quedaron en silencio. Nadie se atrevían ni tan siquiera a alterar el ritmo respiratorio, que en aquellos minutos de tención, difícilmente, podía pasar desapercibido.
  • Existió una vez un Rey, que al ver que la muerte le rondaba, quiso hacer testamento. Era tan justo, que se encontró ante un dilema, pues a la hora de decidir cuál de sus dos hijos debería heredar su corona, no sabía qué decisión tomar, ya que eran gemelos. Así pues, pensó en consultar al sabio de palacio, y este le dijo...
  • Es muy fácil, mi queridísimo Rey, cededle a ambos un trozo de tierra y decidle que aquel que obtenga los mejores frutos en un año, de aquel será el reino.
  • La idea pareció ser del agrado del Rey, el cual hizo llamar inmediatamente a sus dos hijos, de los cuales uno era pastor –el más pequeño-, mientras que el mayor, dirigía los ejércitos. Una vez en presencia de su Padre, el Rey, fueron informados  por este de las condiciones de la prueba, y no tardaron en seguir el mandato real, dirigiéndose cada uno a sus respectivas tierras.
  • El tiempo pasó, y al tercer mes, fue el hijo mayor el que acudiendo a su padre, el Rey, le ofreció sus primero s frutos. Mientras tanto, su hermano aún se encontraba sembrando.
  • Trascurrieron tres meses más, y de nuevo fue el mayor de los hermanos, quién ofreció al Rey su cosecha. En cambio, el menor recibía con agrado las aguas que providencialmente caían del cielo.
  • Hallándose en el noveno mes, el Rey, recibió por tercera vez los frutos del mayor de sus hijos. Sin embargo, el más pequeño se preocupaba por separar la cizaña que dificultaba el crecimiento de la cosecha.
  • En los tres últimos meses, el Rey reunió de nuevo a sus dos hijos, recibiendo del mayor, nuevos frutos, pero en esta ocasión, también los recibió de su hijo menor.
Una larga pausa, indicó a los oyentes que la historia había terminado. No podían, ni encontraban palabras para explicar sus sentimientos. Era tan extraño toco aquello. Se preguntaban qué podría significar aquella narración. No sabían cuál sería el acertijo, y mirándose unos a otros se interrogaban con la Intención de aclarar su curiosidad.
  • ¿Quién de ustedes se atrevería a decirme, cuál debe ser la sentencia del Rey? ¿A cuál de los dos hijos, cederá su trono? ¿Al mayor, que ha ofrecido cuatro veces frutos o al más pequeño de los hermanos, que tan sólo ha ofrecido una cosecha? –en un tono enigmático, Don Javier, dejó flotar en el aire aquella misteriosa pregunta-. 
Un sentimiento de inquietud pareció apropiarse de la mayoría de los alumnos.

Con destreza y rapidez formaron pequeños grupos. Estaban acostumbrados a hacerlo. Fuera de clases se compinchaban para sentirse más seguros y fuertes. Sin embargo, habían dado la espalda una vez más a Mario, quien no pareció ofenderle aquel gesto de rechazo, sin pensárselo mucho, quedó sumergido en los detalles de la historia llegando a identificarse con los protagonistas del relato.

Para Martin, aquella historia no le planteaba ninguna duda. Veía la solución muy evidente y desde el principio quiso hacerlo saber. 
  • Estoy seguro, Señor Maestro, que no será necesario que dé mucho tiempo para contestar esta simple cuestión. La respuesta es bien sencilla, y hasta un niño pequeño la encontraría sin dificultad -dijo en voz alta el arrogante Martin-.
  • Me agrada pensar que no te resulte difícil responder  el acertijo, pero te advierto que no es tan fácil como aparenta. Si te parece… -Quiso Don Javier ayudarle, pero una vez más, Martin podría de manifiesto su vanidad intelectual anteponiendo su interés al del profesor-.
  • Estaréis todos de acuerdo en que el Rey debe ceder su trono al mayor de los hermanos, pues está claro que ha ofrecido tres veces más frutos que su hermano. 
Todos quedaron en silencio. Miraban fijamente los gestos de Dos Javier, el cual quedaba inmóvil, sin apenas dar señales de vida. Sus ojos, a pesar de estar entreabiertos, parecían mirar la nada.

Cuando todos esperaban una reacción del Maestro, no seria éste quien pusiera fin a aquel profundo y largo silencio, sino que fue, una vez más, Mario, el que sacó a todos de aquella tensión.
  • Yo tengo otra respuesta Señor Maestro –dijo Mario, dirigiéndose a Don Javier-.
  • Está bien, Mario, exponla, todos te oiremos.
  • Si yo fuera el Rey, llamaría al menor de mis hijos y le diría, tuyo es el reino.
  • ¡Cómo!, ¿estás loco hermanito?, ¿te has olvidado? El mayor le ofrece cuatro veces frutos, en cambio, el menor una sola vez ¿Cómo te explicas eso, dínoslo? –gritó Martin a su hermano-. 
Pero esta vez no seria Mario el que contentaría, sino que fue Don Javier, quien levantándose de su asiento, se colocó de modo que todos le pudieran ver y oír bien. 
  • Yo contestaré a tu pregunta Martin, si no te importa. Tienes razón, el mayor de los hermanos ofreció por cuatro veces frutos a su padre, pero, ¿te has preguntado cómo consiguió en tan corto plazo de tiempo, 3 meses, los mismos frutos que ofreció su hermano en un año. ¿Acaso ignoras que un árbol no da frutos de la noche a la mañana? Al mayor de los hermanos no le resultó difícil conseguir esos frutos, pues siendo capitán de los ejércitos, no dudó en diezmar, avasallar y robar en los campos vecinos. De este modo podía ofrecer cada tres meses frutos a su padre. En cambio se olvidó de sembrar, y cuando sembró se olvidó de regar. Y así cuando hubo regado, no supo cortar la cizaña, la cual puso fin a su cosecha. De este modo tuvo que seguir robando para poder alimentar a su padre. Sin embargo, el menor de los hermanos supo preparar la tierra,  escogió las mejores semillas, esperó las fértiles aguas del cielo y se esmeró en cortar la mala hierba. Así, tras un largo y paciente esfuerzo, pudo ofrecer a su padre los mejores frutos, quien dijo…
  • Durante cuatro veces consecutivas, he sido alimentado de los frutos del mayor de mis hijos, sin embargo mi apetito no ha sido saciado.  En cambio, una sola vez, he recibido el alimento del menor de mis hijos y ha sido tal mi satisfacción, que he quedado saciado para siempre. Tuyo es el reino, -dijo señalando al menor de los hermanos-, pues tus frutos han colmado mi hambre, mientras que los de tu hermano, han estimulado aún más mi apetito.
Como guiado por un impulso desenfrenado todos al unísono -excepto Martin-, vitorearon el nombre de Mario, quien no se había librado de la sorpresa, ni de las palabras que había pronunciado Don Javier.

Tuvo que hacer grandes esfuerzos Mario, para no caer al suelo cuando sus compañeros le felicitaban efusivamente. Todos querían felicitarle por el ingenio y la intuición demostrada, sin embargo, los pensamientos de Mario no participaban con aquella eufórica desbandada. Toda su preocupación se centraba en su hermano mayor, pues creía conocerle bien y sabía que aquella prueba supondría para él una dura derrota, de la que no estaba seguro, si podría superar. 

Buscó con su mirada la presencia de Martín, temiendo que se hubiese marchado, pero se alegró al comprobar que aún se encontraba allí, aunque con la cabeza cabizbaja y sin que pudiera mirar a nadie.

Mario comprendió el dolor que debía sentir su hermano y se sintió indefenso, pues no sabía cómo ayudarle.

A lo largo de todos aquellos años y  desde que juntos fueron inscritos en la escuela, Martin siempre buscó diferenciarse de Mario y si para ello, era necesario humillarle, no tendría en consideración tal hecho.

Martín era muy reconocido por sus compañeros, pero en el fondo sus relaciones superficiales. En cambio, Mario siempre frecuentaba reuniones donde se preocupaba por hacer compañía a aquellos que se sentían solos y marginados. Les contaba historias, leyendas, y de este modo nacía una sana y duradera  relación.

Pero jamás supo Mario ganar la confianza y el respeto de su hermano, a penas unos minutos mayor que él. 
  • Está bien, chicos -dijo en voz alta Don Javier intentando poner un poco de orden en aquella algarabía-. Como ya todos sabéis, Mario ha acertado el acertijo y por lo tanto iremos de excursión. Espero que tú, Martin, también irás -expresó Don Javier dirigiéndose al joven derrotado por su propio orgullo-. 
Nadie sabría explicar cómo ocurrió, pero lo cierto es que estaba ocurriendo. De repente, Don Javier sintió que sus ojos se nublaban y que sus rodillas se doblaban negándose a sostener su cuerpo desplomado y sin fuerza. Apenas pudo llegar a apoyar sus manos sobre la mesa, evitando un golpe que de haberse producido le hubiera destrozado la cabeza. 

A pesar del esfuerzo que seguía haciendo por mantener su cuerpo erguido, no pudo evitar que éste se deslizase hasta caer abatido en el suelo.
  • ¿Qué hacer? –se preguntaban todos sin que nadie se atreviese a reaccionar-. 
Mientras tanto, el rostro de Don Javier fue adoptando un color azulado. Sus labios fueron tiñéndose hasta adquirir un tono morado, y sus ojos parecían mirar sin vida. 

Fue entonces, cuando Martin, reaccionando ágilmente, salió veloz como una saeta en busca de ayuda.

Sus pies parecían volar, apenas si tocaban el suelo. Su corazón le bombeaba con fuerza, cada vez con mayor rapidez, y su rostro dibujaba una expresión de rabia, al tiempo que en su mente se repetía una y otra vez… 
  • No, no puede morir…, no, no puede morir. 
Habían pasado 15 segundos, cuando llegó sin aliento a la casa del doctor. Sin demoras, éste se puso en camino acompañado por el joven Martin, que apenas si podía respirar, pues sentía un profundo ahogo en su pecho que aclamaba salir al exterior. 

Pronto llegaron a la escuela  y con la misma rapidez, el doctor atendía al desafortunado Don Javier.

Al ver su rostro crispado y el colorido de su piel, el médico pidió que alguien llamase a una ambulancia urgentemente, al tiempo que le administraba masaje cardiaco al infeliz maestro.

Sin duda, su corazón, cansado por los años le había jugado una mala faena.

Todos los alumnos fueron desalojados, pero aún permanecía allí Mario y Martin. Miraban y observaban cada gesto del Doctor. Hacía tiempo que sus manos no se unían, sin embargo, en esos momentos se encontraban entrelazadas, pues ambos sentían que los últimos acontecimientos, les había unido de un modo especial. Pero lamentaban, angustiados,  que el precio de ello pudiera ser la muerte de Don Javier.


El médico luchaba enérgicamente por devolver la vida al moribundo Don Javier, pero sus esfuerzos parecieron nulos pues sus brazos dejaron de forcejear su pecho.

Había hecho cuanto estaba en sus manos, pero pensó que la ayuda le había llegado demasiado tarde.

Con un gesto de impotencia, el médico abandonó el cuerpo del maestro, que más que muerto, parecía dormido. 

Mario y Martin se sorprendieron al ver que el médico se alejaba de la sala y le preguntaron...
  • Doctor, ¿por qué abandona usted su cuerpo?
  • Niños, no deberíais estar aquí - contestó sorprendido el médico-, marcharos a casa, Don Javier ha pasado a mejor vida.
  • No lo entiende, doctor, Don Javier no ha podido morir. Hoy precisamente acababa de nacer. Hoy ha dejado atrás un lejano pasado. Nosotros, le debemos mucho y creemos en él. Hoy nos ha enseñado una gran lección. Nos ha enseñado que el Hombre posee un poder que es mágico. Dígaselo usted mismo Don Javier.
  • En efecto, tenéis razón -exclamó Don Javier con voz celestial-. 
No pudo evitar el doctor, que la pluma que sostenía en sus manos se deslizase entre sus dedos, cayendo al suelo. Había quedado de piedra, su sangre no circulaba y sus extremidades se negaban a obedecerle. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo pudo dirigir su cabeza en la dirección donde había dejado sin vida el cuerpo de Dos Javier. Pero su sorpresa aumentó, pues en aquel lugar ya no se encontraba ningún cuerpo, ni tan siquiera, la señal de haberlo habido. 

Buscó, buscó hacia un lado y a otro, pero no pudo encontrar a Dos Javier, ni tampoco a los dos hermanos, Martin y Mario. Pero sí pudo oír el rumor de unas voces que se alejaban en dirección a las afueras del pueblo, donde la montaña parecía aguardarles con los brazos abiertos. 

Corrió veloz hacía una de las dos ventanas y pudo tranquilizar sus nervios, cuando sus ojos pudieron ver, cómo Don Javier caminaba como era habitual en él, con paso firme y seguro, rodeado de alumnos. A su izquierda le acompañaba Martin y a su derecha Mario. Ambos se miraron y se guiñaron el ojo, sonriendo felizmente. 

Mientras tanto, Don Javier, seguía narrando… 
  • Y el hijo menor compartió su reino con el mayor de los hermanos, y juntos formaron una gran nación, donde la paz y la armonía serían el anuncio de un nuevo mundo, de un Nuevo Universo.

FIN

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 147

CUARTO REPASO

Introducción

1. Damos comienzo ahora a un nuevo repaso, conscientes esta vez de que nos estamos preparando para la segunda parte del aprendizaje en la que se nos enseña cómo aplicar la verdad. 2Hoy empezaremos a prepararnos para lo que sigue más adelante. 3Tal es nuestro propósito para este repaso y para las lecciones que siguen. 4Así pues, repasaremos las lecciones más recientes y sus pensamientos centrales de forma que faciliten el estado de prepa­ración que ahora queremos alcanzar.

2. Hay un tema central que unifica cada paso del repaso que ahora emprendemos, el cual puede enunciarse de manera muy simple con estas palabras:

2Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.

3Esto es un hecho, y representa la verdad de lo que eres y de lo que tu Padre es. 4Éste fue el pensamiento mediante el cual el Padre creó a Su Hijo, estableciéndolo así como co-creador con Él. 5Éste es el pensamiento que garantiza plenamente la salvación del Hijo. 6Pues en su mente no puede haber otros pensamientos, salvo los que su Padre comparte con él. 7La falta de perdón es lo que impide que este pensamiento llegue a su conciencia. 8No obstante, es verdad eternamente.

3. Comencemos nuestra preparación tratando de entender las múltiples formas tras las que se puede ocultar muy cuidadosa­mente la falta de verdadero perdón. 2Puesto que son ilusiones, no se perciben simplemente como lo que son: defensas que te impi­den ver y reconocer tus pensamientos rencorosos. 3Su propósito es mostrarte otra cosa y demorar la corrección mediante auto­engaños diseñados para que ocupen su lugar.

4. Tu mente, sin embargo, alberga sólo lo que piensas con Dios. 2Tus auto-engaños no pueden ocupar el lugar de la verdad, 3de la misma manera en que un niño que arroja un palo al mar no puede cambiar el ir y venir de las olas, evitar que el sol caliente las aguas o impedir que el plateado reflejo de luna se vea por la noche en ellas. 4Así es como daremos comienzo a cada período de práctica de este repaso, preparando nuestras mentes para que comprendan las lecciones que nos corresponde leer y comprendan el significado que tienen para nosotros.

5. Comienza cada día dedicando cierto tiempo a preparar tu mente para que aprenda la libertad y la paz que cada idea que repases ese día puede ofrecerte. 2Haz que tu mente tenga una acti­tud receptiva, despéjala de todo pensamiento engañoso y deja que sólo éste la ocupe completamente y elimine los demás:

3Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.

4Cinco minutos que le dediques a este pensamiento serán sufi­ciente para encauzar el día según las pautas que Dios ha fijado y para poner Su Mente a cargo de todos los pensamientos que has de recibir ese día.

6. Éstos no procederán únicamente de ti, pues los compartirás con Él. 2Y así, cada uno de ellos te traerá mensajes de Su Amor, devolviéndole a Él mensajes del tuyo. 3De esta forma es como estarás en comunión con el Señor de las Multitudes, tal como Él Mismo lo ha dispuesto. 4Y así como Su compleción se une a Él, del mismo modo Él se unirá a ti que te completas al unirte a Él y al Él unirse a ti.

7. Después de haberte preparado, lee simplemente cada una las dos ideas que se han asignado para el repaso de ese día. 2Luego cierra los ojos y repítelas lentamente para tus adentros. 3No hay prisa ahora, pues estás utilizando el tiempo para el propósito que se le dio. 4Deja que cada palabra refulja con el significado que Dios le ha dado, tal como se te ha dado a ti a través de Su Voz. 5Deja que cada idea que repases ese día te conceda el regalo que Él ha depositado en ella para que tú lo recibas de parte de Él. 6Y no utilizaremos en nuestra práctica otro formato que éste.

8. Cada vez que el reloj marque la hora, trae a la mente el pensa­miento con el que comenzó el día y pasa un momento de recogi­miento con él. 2Luego repite las dos ideas correspondientes a ese día sin ninguna sensación de premura, con tiempo suficiente para que puedas ver los regalos que encierran para ti, y deja que se reciban allí donde se dispuso que fuesen recibidos.

9. No vamos a añadir otros pensamientos, sino que dejamos que estos mensajes sean lo que realmente son. 2No necesitamos otra cosa que esto para que se nos dé felicidad y descanso, eterna quie­tud, perfecta certeza y todo lo que nuestro Padre dispone que recibamos como nuestra herencia de parte de Él. 3Y concluiremos cada día de práctica a lo largo de este repaso tal como lo comenza­mos, repitiendo en primer lugar el pensamiento que hizo de ese día una ocasión especial de bendición y felicidad para nosotros, y que, mediante nuestra fe, sustituyó en el mundo la luz por la oscuridad, el gozo por los pesares, la paz por el sufrimiento y la santidad por el pecado.

10. Dios te da las gracias a ti que practicas de esta manera el cum­plimiento de Su Palabra. 2Y cuando expongas tu mente de nuevo a las ideas del día antes de irte a dormir, Su gratitud te envolverá en la paz en la que Su Voluntad dispone que estés para siempre, y que ahora estás aprendiendo a reivindicar como tu herencia.


LECCIÓN 147
Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.

(133) No le daré ningún valor a lo que no lo tiene.
(134) Permítaseme poder percibir el perdón tal como es.


¿Qué me enseña esta lección?

(133) No le daré ningún valor a lo que no lo tiene.

Donde tengas tus tesoros, allí pondrás tu corazón.

Si deseas ver con los ojos del cuerpo, quedarás embelesado con los placeres que te ofrece el mundo material y quedarás apegado al mundo de la ilusión.

Buscarás encontrar, incansablemente, el recuerdo de esa etapa paradisíaca en la que tu verdadero Ser formaba una Unidad con Todo lo Creado. Añorarás ese Estado de Gracia y de Plenitud.

Pero por mucho que busques, no lograrás encontrar en el mundo material, la paz, la alegría, la dicha, la felicidad. Ese mundo material es temporal y está sujeto a las leyes tenebrosas de la muerte. Te identificarás con lo que posees, con lo que tienes y tu identidad será tan transitoria como aquello que crees poseer.

Le das valor a lo efímero; proteges la escuela de tu pensamiento que ha forjado la creencia de que eres tan sólo un cuerpo. Todo cuanto acometes, lleva el sello del miedo, de la pérdida de la inocencia, de la culpa y del castigo. Sustituiste el Amor por el temor; sustituiste la Gracia por la Culpa; sustituiste la Salvación por la pérdida y el castigo.

No le daré ningún valor a lo que no lo tiene.

¿A qué le das valor?


 (134) Permítaseme poder percibir el perdón tal como es.

Tienes necesidad del perdón porque crees que has pecado. Te sientes culpable de haber violado las Leyes de Dios y reclamas la fuerza del perdón para que te libere de tus cargas.

Sin embargo, tu Padre, tu Creador, no ve las cosas como tú las ves. Él no te contempla como un ser pecador, pues Él te hizo perfecto como Él es Perfecto.

Para tu Padre, no es necesario el perdón, pues Él no ve tu pecado. Si no ve el pecado, no es necesario el perdón.

Si en tu interpretación del mundo, en tus juicios, contemplas el pecado en el mundo, es necesario que sepas, que ese rostro es tu propio rostro. Si has percibido el pecado busca en tu interior la creencia que te ha llevado a verlo. Necesitarás perdonarlo en tu interior.

¿Dónde ves el pecado?

viernes, 26 de mayo de 2017

Cuento para Géminis: "Un Sendero hacia la Luz - 1ª Parte"

  • … Tan,… Tan,…Tan,… Tan,…
Nueve veces repicaron rítmicamente las campanas de la iglesia, y como era habitual en las frescas mañanas de Junio, aquel estruendo melodioso hizo que las palomas de la Plaza Mayor elevaran estrepitosamente el vuelo, dibujando en el cielo, una espesa nube blanca que se deslizaba nerviosamente de un lado a otro buscando de nuevo la paz.


No muy lejos de allí, Don Javier o el señor maestro, como le llaman sus alumnos, aprovechaba para comprobar con orgullo la exactitud de su flamante reloj.
Era bien conocido en los corrillos y en las tertulias, la especial dedicación que Don Javier prestaba a todas sus cosas, y entre éstas, se encontraba su reloj de oro, que para su estima no atrasaba, ni adelantaba un solo segundo.
Con una mueca de  satisfacción, aquel rostro envejecido por el paso rápido de los años y que, sin embargo, no podía ocultar la presencia de un espíritu sabio, anunciaba a todos cuantos le observaban, que una vez más el reloj de la Plaza Mayor y su prestigioso tesoro, coincidían con total sincronismo.
Don Javier, no necesitaba más para sentirse feliz. Para él, aquel hecho le indicaba que el día que acababa de afrontar sería, como otros tantos, un día que por su ritmo natural debería continuar su camino sin que en su trayecto ocurriera nada singular que contar.
Pensaba Don Javier, al tiempo que reanudaba sus pasos hacia las cercanías del colegio, que tal vez debería hacer algo diferente en sus monótonas clases de Geografía, de Historia y de Lengua.
A mi edad…, -se dijo-, ¿qué puedo ofrecer que no sea seguir la lectura de los textos? Pero que monótonas y aburridas se hacen las horas de clase…

Y así, de este modo, el señor maestro, apenas sin darse cuenta de ello, guiado tan sólo por su instinto, educado a lo largo de los años,  alcanzó la puerta principal de la escuela.

Sus preocupaciones le habían sumido en un profundo estado de reflexión y, sin percatarse de este hecho, Don Javier seguía su camino olvidando por completo prestar sus saludos habituales a la portera, la cual casi se ofende ante tan insospechada reacción. Pero eran muchos los años que conocía a Dos Javier, lo que la llevó a pensar que algo grave debía ocurrirle.

Pero no sería ella la única sorprendida, de forma espontanea se fue formando un corrillo, donde se dieron cita profesores, limpiadoras, incluso el joven encargado del mantenimiento. Todos deseaban participar en aquella tertulia, en la que el único tema de conversación era ¿qué le pasaba a Don Javier?.

Pero Don Javier estaba ausente de todo lo que pasaba a su alrededor. Era cierto que no había saludado a nadie desde su llegada, pero esta actitud respondía a una razón muy sencilla de explicar. Don Javier no se encontraba en esos momentos en situación de ganar la admiración de sus  compañeros por sus saludos, lo que más le importaba en aquellos instantes era dar un sentido a la labor que estaba impartiendo.

Realmente contaba con un historial inmejorable. Durante 40 años había estado entregado a la educación, pero durante todo ese tiempo jamás había conseguido sentirse plenamente satisfecho con lo que enseñaba. Sí, era cierto que todos lo consideraban un buen maestro, porque cuanto enseñaba, difícilmente lo olvidaban. Pero en ese día en el que tanto valor había dado a la exactitud de su reloj, se había dado cuenta de que el tiempo se le acababa, que no era eterno, y ese pensamiento que en un principio le había producido miedo, había -sin embargo- despertado en él una nueva visión de la vida.

Se sentía como un niño profundamente entusiasmado. Para Don Javier, la vida había adquirido un nuevo sentido. No podía dejar escapar el tiempo, debía vivir cada minuto, intensamente, y debía comunicar a todos su reciente descubrimiento.

Y fue de este modo que, guiado por su intuición y su pensamiento, llegó hasta la puerta del aula donde solía impartir sus clases.
Elevó su rostro y leyó -como si de algo nuevo se tratara, cuando aquel rotulo llevaba allí años-…
  • Don Javier Moncada…, profesor….
Aquellas últimas palabras… profesor, le hicieron sonreír levemente.

Buenos días señor maestro, -al unísono, como si hubiese sido ensayado durante años, aquel recibimiento consiguió despertar a Don Javier de su profundo estado-.
  • ¡Qué…! ¡Ah...!, buenos días..., buenos días…
Diciendo esto, quedó por unos segundos inmóvil. Su mirada fija en la nada, se fue posando  en cada uno de sus alumnos. Aquella actitud extraña casi les llegó a preocupar pero, de repente, Don Javier les sorprendió de tal modo,  que ninguno de ellos se atrevió a murmurar.
  • Rápido, coged vuestras maletas y macutos, nos vamos de excursión.
Ahora los paralizados eran sus alumnos. Se habían quedado de piedra, sin habla. Sabían que jamás ningún profesor se había atrevido a salir con sus alumnos de excursión, desde que diez años atrás, ocurriera un desagradable accidente, en el que se puso en peligro las vidas de setenta y dos niños. Desde aquellos días la dirección del centro había dado una implacable orden, ¡no a las excursiones!

Aquellos alumnos no entendían a Dos Javier, pues siempre había respetado las normas y ahora...
Pero sin que nadie lo esperara, una voz puso fin a aquel silencio.
  • Bien,  -gritó con entusiasmo Mario, el más pequeño de los hermanos García, que por ser gemelos resultaba muy difícil distinguirlos.
Pero esta dificultad no sería tal para Don Javier, pues conocía perfectamente los temperamentos de ambos hermanos, lo que le permitía saber, que si externamente apenas si se distinguían sus diferencias, no era así internamente, y dirigiéndose a Mario le dijo:
  • Gracias Mario te agradezco tu apoyo, ¿supongo que tu hermano Martin no estará de acuerdo? –le preguntó Don Javier amablemente-
  •  No, no estoy de acuerdo, -exclamó una nueva voz, procedente en esta ocasión del otro extremo de la sala-.  ¿Cómo podemos desobedecer las órdenes impuestas por la dirección?
Era Martín, el hermano mayor, que con su espíritu de líder y su alta estima, ganada a pulso entre sus compañeros, quería imponerse una vez más para dejar muy claro quién era el que tomaba las decisiones en la clase.

Su reputación era elogiada por todos en la escuela. De algún modo había implantado sus normas en los  demás, y lo había hecho siempre respaldando a los más fuertes y dando la espalda a los más débiles.

Martin era alto y atlético, su cuerpo se movía con nerviosismo. Su agilidad y habilidades, le habían llevado a conseguir triunfos en el más valorado de los deportes de la escuela, el atletismo.

Don Javier conocía la fama de Martin. Sabía, igualmente, que si convencía a los demás compañeros le resultaría muy difícil llevar a cabo su plan. Quería dejar de ser el profesor que tan sólo enseñaba lo que ya viene descrito en los libros. Quería educar, cosa que hasta ahora había interpretado mal. Tenía que advertir a aquellos niños y niñas que el mundo es algo más que una fórmula donde se inscriben tan sólo normas, leyes, reglamentos. Quería contagiarlos con una visión más sencilla de la vida, donde el hombre se sintiera libre y pudiera hacer uso de su poder creador. Y en ese propósito no podía perder más tiempo, pues sabía que le quedaba mucho camino por recorrer.
  • Está bien Martin. Ya veo que ere fiel a tu obediencia y eso está muy bien. Pero, ¿qué te parece un trato?
Don Javier conocía las debilidades de sus alumnos, así como sus cualidades. Sabía que Martin, detrás de su arrogancia, ocultaba una profunda inestabilidad que lo llevaba a veces a traicionar sus propias palabras. Estaba seguro de que si lograba ganar el interés y la curiosidad del muchacho, éste no podría evitar el caer seducido ante la tentación de decir lo que pensaba.


De este modo, fue como tendría lugar un inesperado juego donde los acontecimientos se sucederían unos tras otros sin que se supiese cuál de ellos era el más sorprendente.
  • ¿Qué clase de trato? -le contestó Martin tras unos segundos de reflexión, que indicaron a  Don Javier la desconfianza que se había ganado entre sus alumnos, excepto en uno, Mario, que continuaba respaldando su propuesta-.
  • Se trata de un acertijo.
  • ¿De una adivinanza? -exclamó, replicante Martin-. Venga Señor maestro, que ya somos mayorcitos.
  • Creo que no me has oído bien. No he dicho una adivinanza, he dicho un acertijo, y sabes lo que   pienso, pues te lo diré. Creo que tienes miedo de no saber encontrar la respuesta tienes miedo de dejar de ser el preferido entre tus compañeros.
Eran muchos los años que Don Javier había dedicado a la enseñanza y ello le permitía conocer bien a sus  alumnos. Es por ello, que pensó en el modo de ayuda a Martin, un chico acostumbrado a salirse con la suya, a imponer sus ideas a los demás.
  • No crea que va a asustarnos con tanta palabrería. Durante muchos años nos ha enseñado a respetar las normas del colegio. Hoy nos pide que no las respetemos. Pero, ¿qué clase de maestro es usted?
En verdad, Martin era astuto e inteligente. Él también conocía las debilidades de Don Javier y no sintió piedad por él. Estaba dispuesto a defender la verdad, lo justo, y ningún profesor, por viejo que fuese, lo convencería de lo contrario.
  • Tienes razón, Martin. Yo siempre he respetado las normas. He sido el primero en exigir su  cumplimiento,  pero hoy, mientras me dirigía a la escuela, me ha sucedido algo maravilloso. Por primera vez en mi vida he sentido, cómo una venda se desprendía de mis ojos permitiéndome ver con mayor claridad. He presenciado el vuelo de las palomas que libremente, revoleteaban en el cielo. He contemplado cómo mi reloj de oro sigue siendo fiel, perfecto en su empeño de dar la hora con exactitud, y me he visto a mi mismo haciendo las mismas cosas de siempre. Y me he preguntado, ¿dónde está la verdad de la vida? ¿Qué hace que las palomas vuelen con libertad? ¿Qué fuerza invisible da vida al tiempo? ¿Qué misterio mueve mis pasos para hacer esto o aquello? Todo es extraño, y es por este motivo que quiero invitaros a compartir este día en contacto con la naturaleza, pues estoy seguro de que ella nos enseñará a respetar las verdaderas leyes de la vida. Nos hará un poco más libre cuando conozcamos que esas leyes han sido hechas para el hombre y no el hombre para las leyes.
  • No siga, Señor Maestro, no nos convencerá.
Fríamente, Martin puso fin a aquellas palabras llenas de entusiasmo y que, sin embargo, no acababan de ganar las simpatías de sus alumnos.
  • Está bien, como queráis. He hecho cuanto he podido. Es una lástima pero, qué vamos a hacerle. Bien, podéis abrir el libro de Lengua por la página…

... continuará

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 146

CUARTO REPASO

Introducción

1. Damos comienzo ahora a un nuevo repaso, conscientes esta vez de que nos estamos preparando para la segunda parte del aprendizaje en la que se nos enseña cómo aplicar la verdad. 2Hoy empezaremos a prepararnos para lo que sigue más adelante. 3Tal es nuestro propósito para este repaso y para las lecciones que siguen. 4Así pues, repasaremos las lecciones más recientes y sus pensamientos centrales de forma que faciliten el estado de prepa­ración que ahora queremos alcanzar.

2. Hay un tema central que unifica cada paso del repaso que ahora emprendemos, el cual puede enunciarse de manera muy simple con estas palabras:

2Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.

3Esto es un hecho, y representa la verdad de lo que eres y de lo que tu Padre es. 4Éste fue el pensamiento mediante el cual el Padre creó a Su Hijo, estableciéndolo así como co-creador con Él. 5Éste es el pensamiento que garantiza plenamente la salvación del Hijo. 6Pues en su mente no puede haber otros pensamientos, salvo los que su Padre comparte con él. 7La falta de perdón es lo que impide que este pensamiento llegue a su conciencia. 8No obstante, es verdad eternamente.

3. Comencemos nuestra preparación tratando de entender las múltiples formas tras las que se puede ocultar muy cuidadosa­mente la falta de verdadero perdón. 2Puesto que son ilusiones, no se perciben simplemente como lo que son: defensas que te impi­den ver y reconocer tus pensamientos rencorosos. 3Su propósito es mostrarte otra cosa y demorar la corrección mediante auto­engaños diseñados para que ocupen su lugar.

4. Tu mente, sin embargo, alberga sólo lo que piensas con Dios. 2Tus auto-engaños no pueden ocupar el lugar de la verdad, 3de la misma manera en que un niño que arroja un palo al mar no puede cambiar el ir y venir de las olas, evitar que el sol caliente las aguas o impedir que el plateado reflejo de luna se vea por la noche en ellas. 4Así es como daremos comienzo a cada período de práctica de este repaso, preparando nuestras mentes para que comprendan las lecciones que nos corresponde leer y comprendan el significado que tienen para nosotros.

5. Comienza cada día dedicando cierto tiempo a preparar tu mente para que aprenda la libertad y la paz que cada idea que repases ese día puede ofrecerte. 2Haz que tu mente tenga una acti­tud receptiva, despéjala de todo pensamiento engañoso y deja que sólo éste la ocupe completamente y elimine los demás:

3Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.

4Cinco minutos que le dediques a este pensamiento serán sufi­ciente para encauzar el día según las pautas que Dios ha fijado y para poner Su Mente a cargo de todos los pensamientos que has de recibir ese día.

6. Éstos no procederán únicamente de ti, pues los compartirás con Él. 2Y así, cada uno de ellos te traerá mensajes de Su Amor, devolviéndole a Él mensajes del tuyo. 3De esta forma es como estarás en comunión con el Señor de las Multitudes, tal como Él Mismo lo ha dispuesto. 4Y así como Su compleción se une a Él, del mismo modo Él se unirá a ti que te completas al unirte a Él y al Él unirse a ti.

7. Después de haberte preparado, lee simplemente cada una las dos ideas que se han asignado para el repaso de ese día. 2Luego cierra los ojos y repítelas lentamente para tus adentros. 3No hay prisa ahora, pues estás utilizando el tiempo para el propósito que se le dio. 4Deja que cada palabra refulja con el significado que Dios le ha dado, tal como se te ha dado a ti a través de Su Voz. 5Deja que cada idea que repases ese día te conceda el regalo que Él ha depositado en ella para que tú lo recibas de parte de Él. 6Y no utilizaremos en nuestra práctica otro formato que éste.

8. Cada vez que el reloj marque la hora, trae a la mente el pensa­miento con el que comenzó el día y pasa un momento de recogi­miento con él. 2Luego repite las dos ideas correspondientes a ese día sin ninguna sensación de premura, con tiempo suficiente para que puedas ver los regalos que encierran para ti, y deja que se reciban allí donde se dispuso que fuesen recibidos.

9. No vamos a añadir otros pensamientos, sino que dejamos que estos mensajes sean lo que realmente son. 2No necesitamos otra cosa que esto para que se nos dé felicidad y descanso, eterna quie­tud, perfecta certeza y todo lo que nuestro Padre dispone que recibamos como nuestra herencia de parte de Él. 3Y concluiremos cada día de práctica a lo largo de este repaso tal como lo comenza­mos, repitiendo en primer lugar el pensamiento que hizo de ese día una ocasión especial de bendición y felicidad para nosotros, y que, mediante nuestra fe, sustituyó en el mundo la luz por la oscuridad, el gozo por los pesares, la paz por el sufrimiento y la santidad por el pecado.

10. Dios te da las gracias a ti que practicas de esta manera el cum­plimiento de Su Palabra. 2Y cuando expongas tu mente de nuevo a las ideas del día antes de irte a dormir, Su gratitud te envolverá en la paz en la que Su Voluntad dispone que estés para siempre, y que ahora estás aprendiendo a reivindicar como tu herencia.


LECCIÓN 146

Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.

(131) Nadie que realmente se proponga alcanzar la verdad puede fracasar.
(132) Libero al mundo de todo lo que jamás pensé que era.


¿Qué me enseña esta lección?

(131) Nadie que realmente se proponga alcanzar la verdad puede fracasar.


Si tienes la certeza de que eres el Hijo de Dios, también tendrás la certeza de que eres la Verdad.


Pero la mente, a proyectarse en el mundo físico se identificó con el cuerpo que le aportaba información a través de la percepción. Se identificó con esa visión y se dijo que ese cuerpo era su verdadera identidad, perdiendo toda conexión con la fuente de la Verdad.

Desde entonces, el ego añora el reencuentro con esa Verdad y en un vano intento de conquistarla analiza y desmenuza el mundo ilusorio, sin que su propósito se vea satisfecho. Nunca podrá encontrar la verdad en aquello que es temporal y transitorio.

El Hijo de Dios, debe despertar de su aletargado sueño y recordar que la Verdad se encuentra en Si Mismo. 

¿Acaso Hijo y Padre no son una misma esencia? ¿Acaso el Padre iba a privar a su Hijo de su Gracia Divina?


(132) Libero al mundo de todo lo que jamás pensé que era.

La mente al proyectarse sobre el mundo físico, fue adquiriendo conocimiento de ese Plano de Manifestación, lo que le llevó a establecer Leyes y Principios que le permitiese comprender la dinámica que percibía a través de la experiencia.

Adquirió la creencia de que su identidad le hacía propietario y poseedor de un cuerpo físico, con el cual era capaz de expresar todo lo que su mente le dictaba. Esa relación mente-cuerpo le llevó a pensar que toda su existencia consistía en lo que era capaz de experimentar a través de él. La vida se inicia con el nacimiento del cuerpo y culmina con la muerte del mismo.

Ese vehículo, el cuerpo, le permite expresar sus estados emocionales y mentales, los cuales se traducen, en última instancia, en acciones. Busca la perfección y la felicidad, en un mundo que es ilusorio, que es temporal y transitorio, en un mundo que no es real, salvo para la percepción del ego.  

Es preciso liberar al mundo de esa creencia limitadora y para ello, es preciso que la mente se libere de su identificación con la personalidad egoica y restituya su convicción certera de que la puerta de la Salvación  se encuentra en manos de nuestro Verdadero Ser Espiritual.

¿Qué vas a hacer hoy para liberarte de tus falsas creencias?